10/08/2026
No basta con cambiar por fuera, es necesario nacer de nuevo.
Cierto día, un granjero lavó cuidadosamente a su cerdo hasta dejarlo limpio y reluciente. Sin embargo, apenas lo soltó, el animal corrió de nuevo al barro y se revolcó en él.
¿Por qué? Porque había cambiado su apariencia, pero no su naturaleza.
Lo mismo sucede con muchas personas cuando intentan caminar en la fe sin renunciar a la vieja naturaleza: pueden modificar algunos hábitos, conductas o aparentar una vida diferente por un tiempo; pero si el corazón no es transformado, tarde o temprano vuelven a los mismos errores, cayendo en aquello de lo que intentaban escapar.
No se trata de limpiar el exterior mientras seguimos abrazando el barro por dentro. Se trata de permitir que Dios cambie nuestra naturaleza para que podamos permanecer en Su camino. Por eso el Señor Jesús habló del nuevo nacimiento:
“Jesús respondió: ‘En verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios’.” (Juan 3:5)
Cuando permitimos que Dios transforme nuestro interior, Su Espíritu obra en nosotros dándonos arrepentimiento, pues comprendemos que la manera en la que estábamos viviendo —junto con los deseos, pensamientos e intenciones— era contraria a Él.
Solo así valoramos la gracia de Su perdón y salvación, perder el gusto por aquello que antes nos alejaba de Su presencia y desarrollamos el deseo de vivir conforme a Su voluntad.
La transformación verdadera no es superficial, sucede en el interior.