22/03/2025
Esta es la historia de la familia de Jacob: Israel quería a José más que a sus otros hijos.
Sus hermanos, viendo que su padre le prefería, le tomaron rencor y hasta le negaban el saludo.
Sus hermanos se pusieron envidiosos con él.
Génesis 37, 3-4.11
Muy pronto, en la aurora misma de la humanidad esa primitiva fraternidad la encontramos ensangrentada.
Desde ese momento hasta el fin del mundo, el egoísmo levantará sus altas murallas entre hermano y hermano.
Si los hermanos están llenos de intereses personales, chocarán los intereses de los unos con los intereses de los otros y la fraternidad saltará hecha pedazos.
Cuando el hermano se sienta amenazado en su ambición o en su prestigio personal, saltará la pelea en defensa de sus ambiciones y de la defensiva saltará a la ofensiva y se harán presentes las “armas” que defienden esas propiedades: rivalidades, envidias, intrigas … en una palabra, la “violencia “ que desgarrará la túnica inconsútil de la unidad fraterna.
Si los hermanos se hallan dominados por estas actitudes será un sarcasmo llamarlos hermanos; en medio de ellos la fraternidad será una bandera desgarrada, ensangrentada y pisoteada.
He ahí el programa: Controlar todos los ímpetus agresivos que se levantan desde el egoísmo, suavizarlos y transformarlos en energías de amor, y relacionarnos con los otros en forma de apertura, comprensión y acogida.
Esfuércense por tener benignidad, paciencia, mansedumbre, humildad y verdadera paz de espíritu, mientras van peregrinando por el mundo.
Es evidente que si los hermanos viven impregnados de estas tonalidades, serán hombres prontos a respetar, aceptar, comprender, acoger y amar a todos los demás hermanos.
Legado espiritual
P. Ignacio Larrañaga
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