09/09/2025
El ladrón en la cruz no tenía nada.
Ni bautismo.
ni comunión.
ni confirmación.
ni membresía en la iglesia.
ni obra misionera.
ni plato de ofrendas.
ni diezmos
ni currículum espiritual
ni guardó el sábado
No podía arrodillarse.
los clavos lo sujetaban.
no podía levantar las manos para adorar.
ni susurrar una oración.
ni caminar hacia un altar.
estaba desnudo.
Sin traje ni corbata
sangrando.
condenado.
Jesús no detuvo su dolor.
no sanó su cuerpo.
no silenció a la multitud.
no lo bajó de la cruz.
solo le quedó al ladrón un último aliento.
y lo usó para decir:
"Señor, acuérdate de mí". Y el Salvador ensangrentado, golpeado, burlado, muriendo a su lado, lo miró y dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Sin título de teología.
Sin sermón conmovedor.
Sin música.
Sin luces.
Sin plataforma.
Sin actuación.
Solo un hombre quebrantado,
junto al Hijo de Dios,
susurrando una simple creencia.
Y fue suficiente.
Creyó.
Eso es todo.
Entró al paraíso,
no por lo que hizo,
sino por quién es Jesús.
El criminal vio claramente en su último aliento
lo que la religión a menudo nubla durante toda una vida:
La salvación no se gana.
Se da.
Gratuitamente.
Solo por medio de Jesús.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en él cree,
no se pierda,
mas tenga vida eterna.”
Un ladrón.
Una cruz.
Un Salvador.
Una promesa.
Eso es suficiente.