15/05/2024
¿Cómo fue la muerte de San Isidro?
Seguidor de las consignas del Evangelio, sigue el ejemplo de Jesús: "Nadie pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el Reino de Dios" (Lc 9,62).
Un bien labrador no puede mirar hacia atrás mientras está parando con la yunta, perder de vista el horizonte es torcer el surco y malograr la siembra y más tarde la recogida del grano.
San Isidro siguió este consejo evangélico tanto en su vida profesional como en su compromiso cristiano. Vivió con la perspectiva del futuro, ilusionado con la virtud de la esperanza que vivía desde la fe y lo hacía realidad con la caridad. Así era la vida de este Labrador madrileño, admirado por sus vecinos por estos compromisos que tan seriamente llevó a cabo, pues lo proclamaban ya santo en vida.
Vivió con sencillez evangélica, practicó las virtudes cristianas y fue testigo de Jesucristo en esta vida, hasta el día de su muerte, cuando se acercaba a cumplir los noventa años. Sucedió el 30 de noviembre de 1172.
El relato de su muerte está narrado en el condice de Juan Diácono de esta manera: "Cayó en la cama, y como ya presintiera inminente el último día, tomó el viático, haciendo testamento de sus bienes temporales, aunque eran escasos, amonestando a su familia en el Señor, como convenía, se golpeó el pecho, unió sus manos, cerró los ojos y para hacer suyo a su Redentor, a quien del todo se había Consagrado, hizo la señal de la cruz, multiplicando el don de los talentos, y exhaló su humilde espíritu en Cristo, prestó a recibir de Cristo Nuestro Señor la recompensa de los que viven de sus trabajos en la tierra".
A partir de su muerte, su cuerpo va a sufrir cambios y traslados, motivados sin lugar a dudas por su fama de santidad, que provocaba que todos quisieran darle un puesto preferente para su sepultura y veneración (San Isidro Labrador, Santo del siglo XI... y del siglo XXI, Manuel Crespo, pp. 33-34)