Fiesta Patronal Santo Domingo de Guzmán

Fiesta Patronal Santo Domingo de Guzmán Fiestas Patronales de Santo Domingo de Guzmán, en Santiago Juxtlahuaca, Oaxaca, México. Página administrada por Gerardo JR.

📌𝗖𝗔𝗠𝗕𝗜𝗢𝗦 𝗗𝗘 𝗣𝗔́𝗥𝗥𝗢𝗖𝗢𝗦 𝗬 𝗦𝗘𝗥𝗩𝗜𝗖𝗜𝗢𝗦 𝗗𝗜𝗢𝗖𝗘𝗦𝗔𝗡𝗢𝗦Monseñor Miguel Ángel Castro Muñoz, a través de la Curia Diocesana ha tenido...
14/08/2024

📌𝗖𝗔𝗠𝗕𝗜𝗢𝗦 𝗗𝗘 𝗣𝗔́𝗥𝗥𝗢𝗖𝗢𝗦 𝗬 𝗦𝗘𝗥𝗩𝗜𝗖𝗜𝗢𝗦 𝗗𝗜𝗢𝗖𝗘𝗦𝗔𝗡𝗢𝗦

Monseñor Miguel Ángel Castro Muñoz, a través de la Curia Diocesana ha tenido a bien informar los siguientes nombramientos de párrocos y servicios en la Iglesia que peregrina en esta Diócesis de Huajuapan de León:

𝟭.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗘𝗽𝗶𝗴𝗺𝗲𝗻𝗶𝗼 𝗦𝗼𝗿𝗶𝗮𝗻𝗼 𝗥𝗮𝗺𝗶́𝗿𝗲𝘇. Deja la parroquia de San Bernardo de Claraval y llega al Seminario como Director Espiritual del Seminario Menor.
𝟮.-𝗗𝗶𝗮𝗰. 𝗚𝗶𝗼𝘃𝗮𝗻𝗻𝗶 𝗠𝗲𝗻𝗱𝗼𝘇𝗮 𝗟𝗼́𝗽𝗲𝘇. Responsable de Disciplina del Seminario Menor.
𝟯.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗝𝗼𝘀𝘂𝗲́ 𝗠𝗮𝗿𝗰𝗼𝘀 𝗥𝗮𝗺𝗶́𝗿𝗲𝘇 𝗔𝗴𝘂𝗶𝗹𝗮𝗿. Responsable del Curso Introductorio.
𝟰.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗜𝘀𝗿𝗮𝗲𝗹 𝗛𝗲𝗿𝗻𝗮́𝗻𝗱𝗲𝘇 𝗛𝗲𝗿𝗿𝗲𝗿𝗮. Director Espiritual del Seminario Mayor y Curso Introductorio.
𝟱.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗘𝘂𝗹𝗼𝗴𝗶𝗼 𝗢𝗿𝘁𝗶𝘇 𝗢𝗿𝘁𝗶𝘇. Responsable de la Disciplina del Seminario Mayor.
𝟲.- 𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗝𝘂𝗮𝗻 𝗣𝗮𝗯𝗹𝗼 𝗣𝗮𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗢𝘀𝗼𝗿𝗶𝗼. Prefecto de Estudios del Seminario Mayor y Párroco de San Marcos Arteaga, Oax.
𝟳.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗚𝗲𝗿𝗮𝗿𝗱𝗼 𝗥𝗮𝗺𝗶́𝗿𝗲𝘇 𝗩𝗶𝘃𝗮𝗿. Responsable de la Economía del Seminario Diocesano.
𝟴.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝘂𝗶𝘀 𝗚𝗮𝗯𝗿𝗶𝗲𝗹 𝗥𝗼𝗺𝗲𝗿𝗼 𝗥𝗮𝗺𝗶́𝗿𝗲𝘇. Deja la parroquia de San Marcos Arteaga y llega como párroco a San Juan Bautista Acatlán, Pue.
𝟵.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗙𝗲𝗹𝗶𝗽𝗲 𝗭𝗮𝘆𝗮𝘀 𝗠𝗮𝗿𝘁𝗶́𝗻𝗲𝘇. Deja la parroquia de San Miguel Amatitlán y llega como párroco a San Francisco Huapanapan, Oax.
𝟭𝟬.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗔𝗻𝘁𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗠𝗮𝗻𝘂𝗲𝗹 𝗠𝗲𝗿𝗶𝗻𝗼 𝗙𝗹𝗼𝗿𝗲𝘀. Deja la Cuasiparroquia de Mixquitepec y llega como párroco a San Miguel Amatitlán, Oax.
𝟭𝟭.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗔𝗻𝗱𝗿𝗲́𝘀 𝗥𝗶𝘃𝗲𝗿𝗮 𝗕𝘂𝗿𝗴𝗼𝘀. Deja la parroquia de San Martín Duraznos y llega como Administrador Parroquial a San Jorge Nuchita, Oax.
𝟭𝟮.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗙𝗲𝗹𝗶𝗽𝗲 𝗱𝗲 𝗝𝗲𝘀𝘂́𝘀 𝗦𝗼𝗹𝗮𝗻𝗼. Deja la parroquia de San Francisco Ahuehuetitla y llega como párroco a San Martín Duraznos.
𝟭𝟯.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗙𝗿𝗮𝗻𝗰𝗶𝘀𝗰𝗼 𝗘𝗿𝗮𝘀𝘁𝗼 𝗚𝘂𝘇𝗺𝗮́𝗻 𝗖𝗵𝗮́𝘃𝗲𝘇. Deja la parroquia de San Jorge Nuchita y llega como párroco a Santiago Apostol Juxtlahuaca, Oax.
𝟭𝟰.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗔𝗯𝗲𝗹 𝗜𝘀𝗺𝗮𝗲𝗹 𝗦𝗼𝗿𝗶𝗮𝗻𝗼 𝗛𝗲𝗿𝗿𝗲𝗿𝗮. Es el nuevo Vicario General. Deja la parroquia de Santiago Apóstol Juxtlahuaca y llega como párroco al Sagrario Diocesano, Huajuapan.
𝟭𝟱.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗫𝗮𝘃𝗶𝗲𝗿 𝗛𝗲𝗿𝗻𝗮́𝗻𝗱𝗲𝘇 𝗠𝗮𝗿𝘁𝗶́𝗻𝗲𝘇. Deja la parroquia del Sagrario Diocesano para ser Rector de Ntra. Señora del Perpetuo Socorro.
𝟭𝟲.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗝𝘂𝗮𝗻 𝗖𝗮𝗿𝗹𝗼𝘀 𝗚𝗼́𝗺𝗲𝘇 𝗕𝗿𝗮𝘃𝗼. Director del Instituto Teresita Martín, Vice-Canciller y Sacristán de Catedral.
𝟭𝟳.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗥𝗶𝗰𝗮𝗿𝗱𝗼 𝗦𝗼𝗿𝗶𝗮𝗻𝗼 𝗗𝘂𝗿𝗮́𝗻. Representante de la A. R., Encargado del Despacho Jurídico Diocesano y Párroco de Chila de las Flores, Pue.
𝟭𝟴.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗜𝘀𝗿𝗮𝗲𝗹 𝗔𝗻𝗴𝗲𝗹 𝗥𝗮𝗰𝗶𝗻𝗲 𝗥𝗲𝘆𝗲𝘀. Continúa siendo párroco del Calvario Acatlán, Pue. y es Administrador de la Parroquia de San Bernardo Acatlán, Pue.
𝟭𝟵.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗙𝗶𝗱𝗲𝗹 𝗠𝗶𝗴𝘂𝗲𝗹 𝗗𝗲 𝗝𝗲𝘀𝘂́𝘀 𝗣𝗮𝘇. Continúa siendo párroco de San Juan Bautista Chinantla y es Administrador de San Francisco Ahuehuetitla, Pue.
𝟮𝟬.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗝𝘂𝗮𝗻 𝗙𝗹𝗮𝘃𝗶𝗼 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗶𝗮𝗴𝗼 𝗛𝗲𝗿𝗻𝗮́𝗻𝗱𝗲𝘇. Deja la parroquia de Chila de las Flores, Pue., y es el nuevo párroco de La Divina Providencia, Huajuapan.
𝟮𝟭.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗶𝗮𝗴𝗼 𝗟𝘂𝗷𝗮́𝗻 𝗚𝘂𝘇𝗺𝗮́𝗻. Continúa siendo párroco de Guadalupe Santa Ana, Pue., y es Administrador de la Cuasiparroquia de Mixquitepec, Pue.
𝟮𝟮.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗦𝗲𝗿𝗴𝗶𝗼 𝗥𝗮𝗺𝗼́𝗻 𝗦𝗮́𝗻𝗰𝗵𝗲𝘇. Nuevo Decano del Decanato No.6
𝟮𝟯.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗝𝗼𝗲𝗹 𝗥𝗲𝘆 𝗕𝗹𝗮𝘀 𝗠𝗮𝗿𝘁𝗶́𝗻𝗲𝘇. Nuevo Decano del Decanato No.10.
𝟮𝟰.-𝗣𝗯𝗿𝗼. 𝗟𝗶𝗰. 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗶𝗮𝗴𝗼 𝗥𝗼𝗷𝗮𝘀 𝗥𝗼𝗷𝗮𝘀. Nuevo Coordinador de Decanos.

Dios Nuestro Señor bendiga a nuestros sacerdotes en su nueva encomienda.

29/07/2021
06/05/2021

Oración a la Sagrada Familia

Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.

Amén.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en el Jubileo extraordinario de la Misericordia, el 19 de marzo, Solemnidad de San José, del año 2016, cuarto de mi Pontificado.
Franciscus

-Amoris Laetitia, del santo padre Francisco.

Fuente: http://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html

06/05/2021

Oración por la Vida

Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos mu***os
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.

Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.
IOANNES PAULUS PP. II

Fuente: http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html

06/05/2021

Oración por nuestros Gobernantes

Oh, San Luis, Rey de Francia,
tú que aplicaste toda tu inteligencia y tus energías
a cumplir con el segundo mandamiento:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo",
y que eres modelo de esposo, de padre y de gobernante,

Haz que, quienes tienen responsabilidades
en las comunidades y en la función pública,
tengan piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos,
ayuden y consuelen según sus posibilidades,
que obren con toda rectitud y justicia.

A ti confiamos,
que nuestros gobernantes
tengan vida de oración y de piedad,
que no tengan miedo a la crítica,
que prefieran más la alabanza de Dios,
que por Él vivan,
para Él trabajen,
y de Él esperen todo.

Amén.

Fuente: http://www.arzcorrientes.com.ar/homilias/1633

11/03/2021

MEDITACIÓN CCLII
JESÚS ES PREGUNTADO DE UN ESCRIBA SOBRE EL GRAN PRECEPTO DE LA LEY
(Matth 22, 35-10; Marc 12, 28-34)

1. Cuál es la idea que debemos tener de los tres amores, de Dios, del prójimo, y nosotros mismos
2. Cuál debe ser la regla de estos tres amores
3. Cuál fue el aplauso del escriba o doctor de la ley a la respuesta de Jesucristo.

PUNTO I
La idea que debemos tener de bs tres amores, de Dios, del prójimo, y de nosotros mismos.

«Y uno de ellos, doctor dé la ley... que había oído las preguntas de los otros, y viendo que Jesús les había respondido bien, se acercó... y le preguntó por tentarlo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley... cuál es el primero de todos los mandamientos? Y Jesús le respondió: El primero de todos los mandamientos es: oye, Israel, el Señor tu Dios es un Dios solo. Y adorarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todo tu espíritu, y con todo tu poder. Este es el primero... y el máximo mandamiento... Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo... No hay otro mandamiento mayor que estos... De estos dos mandamientos pende toda la ley y los Profetas...» En estos dos mandamientos se ha hecho mención de tres amores que no se deben confundir, y de que debemos una vez por todas formar una justa idea para evitar toda oscuridad y comprender bien varias maneras de hablar, que sin esto podrían parecer contradictorias. Porque el término amor respecto de Dios, del prójimo y de nosotros mismos, no presenta el mismo sentido.

1º Del amor de Dios... El amor de Dios es un amor de homenaje, de adoración, de religión, de obediencia, de reconocimiento, de consagración, de confianza, de complacencia y de reposo, como lo merece y lo exige el ser sumamente perfecto, bueno, liberal y misericordioso, que es el manantial de todos los bienes, el centro de todas las amabilidades, y el único objeto capaz de hacer sumamente felices los corazones que lo aman. Este es el amor que la criatura debe esencialmente al Criador, el siervo al señor más poderoso, el necesitado al bienhechor más universal, el hijo al padre más tierno. Este amor está fundado sobre toda suerte de títulos, e incluye toda suerte de obligaciones. Este amor obliga todo el hombre, todas sus potencias, toda su actividad. a este amor todo debe estar sujeto, todo debe ceder, todo debe referirse. ¡Ah! ¿por qué no está mi corazón todo encendido de este amor? ¡Insensato! ¡no he observado hasta ahora el más grande, el más esencial, el más dulce de los mandamientos de la ley de mi Dios!

2º Del amor del prójimo... El amor del prójimo es un amor de equidad, de caridad, de socorro, de benevolencia. Yo debo al prójimo lo que tengo derecho de esperar de él; debo tratarlo como querría yo justamente ser tratado. Sobre esta regla debo pensar, hablar, escribir de él, excusarlo, justificarlo, soportarlo, alegrarme de su bien, afligirme de su mal, desearle su provecho, procurárselo, ayudarle, socorrerlo como querría que otro lo hiciese conmigo. ¡Oh y cuán feliz seria la sociedad si observase cada uno este mandamiento! Pero si los otros no lo observan, no por esto estoy yo dispensado de él... Todo esto mira solamente al hombre privado. Hay otras condiciones y empleos en el orden eclesiástico y civil en que se extiende aún mucho más el amor del prójimo, y llega hasta el sacrificio del propio reposo, de la propia fortuna y bienes, de la propia sanidad, de la propia vida, cuando es necesario al servicio del príncipe, al bien de la patria, a la salvación de las almas.

3º Del amor de nosotros mismos... Este amor es todo diferente de los otros dos, y no es otra cosa que un sentimiento natural, esencial é inseparable de nuestro ser, por el cual deseamos ser felices, por el cual buscamos el bien que no tenemos, y gozamos del bien cuando lo poseemos. En un sentido, este no es un amor, sino la basa y el vínculo del amor que nos une al objeto que causa nuestro bien. Nosotros somos el sujeto que recibe el bien y que es feliz, pero no somos el objeto que ocasiona la felicidad. Este objeto, para hablar con propiedad, es lo que nosotros amamos. El amor de nosotros mismos, en el sentido que ahora le hemos dado, no está mandado de suerte alguna, porque no tiene necesidad de serlo, siendo en nosotros esencial; pero tiene grande necesidad de ser bien regulado.

PUNTO II
Regla de estos tres amores

1º Regla del amar de Dios... El amor de Dios es la regla y el último término de todos los amores, es el amor de preferencia a que debe ceder y referirse todo amor... Nosotros debemos amar a Dios más que a todas las criaturas, más que a nosotros mismos. Esto es por la observancia de su ley y por el cumplimiento de su voluntad debemos sacrificar nuestros placeres, nuestros más amados intereses y nuestra misma vida; debemos amar las criaturas y a nosotros mismos solo según la voluntad y querer de Dios, solo en Dios, solo por Dios. Comprendamos con esto qué pecado será el poner la criatura en lugar de Dios, amarla contra el orden de Dios, poner en ella nuestra felicidad, y fijar en ella nuestro amor sin referirlo a Dios. ¿Qué pecado será ensalzarnos a nosotros mismos en vez de Dios, querer ser el término de los respetos, de los homenajes y del amor, sin relación a Dios, como si nosotros pudiésemos ser el centro de la felicidad? Todo esto es un trastorno del orden, una abominación y una idolatría digna de los fuegos eternos.

2º Regla del amor del prójimo... Este segundo precepto es semejante al primero, porque el amor legítimo del prójimo recae en el amor de Dios, y a él se refiere enteramente. El prójimo es el motivo y es el término del amor que le debemos. Sea bueno o sea malo el prójimo, amigo o enemigo, reconocido o ingrato, merezca o no merezca por sí mismo ser amado, nosotros debemos amarlo por Dios, con relación a Dios, porque Dios lo quiere, lo ordena y ha estampado esta ley en nuestros corazones. Se engañaría, pues, grandemente el que se gloriase de amar a Dios, y no amase al prójimo. La regla del amor del prójimo es amarlo como a nosotros mismos, no queriendo decir esto una igualdad de sentimiento, sino una igualdad de deber, esto es, como ya hemos dicho, lo debemos tratar como nosotros tenemos derecho de querer ser tratados. Esta regla no es opuesta al orden de la caridad que comienza por nosotros mismos. En la concurrencia de derechos y necesidades iguales podemos preferirnos si se trata de bienes temporales, y lo debemos también si se trata de bienes espirituales... Así debemos preferir nuestros parientes, nuestros amigos, aquellos de quienes estamos encargados, las personas públicas y constituidas en dignidad, el príncipe, el público y la patria. Examinemos cómo cumplimos nosotros este segundo mandamiento.

3º Del amor de nosotros mismos... Nosotros no estamos aquí en el lugar del término y del gozo, sino en el lugar de pasaje y de prueba. Así como tenemos dos vidas que vivir, una en este mundo, la segunda en el otro; así tenemos, por decirlo así, dos nosotros mismos, el primero en el presente siglo, que debemos aborrecer y sacrificar, por amar y conservar el segundo, que pertenece al siglo futuro. Se presentan a nosotros dos suertes de bienes: el primero, en este mundo, nos viene de las criaturas; este es falso, insuficiente, defectible, y se nos ha presentado solo para probarnos: el segundo, en el otro mundo, es verdadero, sólido, sobreabundante, eterno, y la recompensa de aquellos que han sostenido la prueba, que han renunciado al falso bien por unirse al verdadero, y que han amado a Dios, solo digno de ser amado por sí mismo, y único origen del verdadero bien; y no las criaturas indignas de ser amadas e incapaces de hacer felices. Pero el amor de nosotros mismos es ardiente e inquieto; su impaciencia lo lleva a unirse al primer objeto que se presenta: no hay otra cosa que la fe, el amor de Dios y la gracia que puedan suspender este ímpetu, descubrirnos la verdad, fortificarnos contra la ilusión, sostenernos en el estado de violencia y de fuerza en que debemos perseverar esperando la suma felicidad. Es, pues, en sí un pecado enorme cambiar el objeto y pervertir el orden de estos tres amores: es quebrantar toda la santidad de la ley de Dios, todas las instrucciones de los Profetas, todos los preceptos del Evangelio, y toda la moral de los Apóstoles.

PUNTO III
Aplauso del doctor a la respuesta de Jesucristo

1º Sobre la unidad de Dios... «Y el escriba le dijo: Maestro, has dicho muy bien y con toda verdad que hay un solo Dios, y no hay otro fuera de él...» Los escribas acusaban al Salvador que se dijese Hijo de Dios, igual a Dios, y se hiciese Dios. Sospechaban, por consiguiente, que admitiese muchos dioses, y parece que el doctor quedó sorprendido al oír decir a Jesús que hay un solo Dios, y acaso por esto lo aplaude y halaba... Reconozcamos también nosotros esta primera verdad, que hay solo un Dios. Démosle gracias por habernos revelado que en este ser esencial, infinito e incomprensible hay tres personas, que son Dios y un Dios solo; que la segunda persona se ha hecho hombre, y que este Hombre-Dios es nuestro Salvador Jesucristo, el mismo que habla, Hijo de Dios, igual a Dios, y un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo. Adoremos este precioso misterio, y conservemos la fe preciosa de él.

2º Sobre el amor de Dios y del prójimo... «Que el amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma y con todas las fuerzas, y el amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios...» Parece que el doctor repitiese con afecto estas palabras del Salvador sacadas de la ley... Repitámoslas también nosotros, llamémoslas frecuentemente a nuestro espíritu; nutran ellas en nosotros el fuego del amor divino, y apagarán el del amor profano, desterrarán de nuestro espíritu los pensamientos vanos, impuros e inútiles, nos fortificarán contra los asaltos de nuestros enemigos, y llenarán nuestro corazón de una dulce consolación... En cuanto al amor del prójimo, era el defecto de los escribas omitir este amor, y gloriarse en los sacrificios y en otras prácticas exteriores de una ley que no debía durar siempre, y que debía ser abolida bien presto de la ley de gracia y de amor. Nuestro doctor no seguía este abuso... ¡Ay de mí! ¿no lo seguimos por ventura nosotros? Nos haremos escrúpulo de faltar a una devoción, a una práctica, a una abstinencia, y no nos lo haremos de una murmuración, de una antipatía, de una aversión y de otras culpas semejantes.

3º Buenas disposiciones del doctor... «Viendo Jesús que él había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios...» De hecho, ¿qué le faltaba para creer en Jesucristo y al Evangelio? Con pocos pasos más dados con docilidad venía a ser discípulo de Jesucristo. Pues ¿qué cosa lo detenía? Lo que nos detiene todos los días a nosotros: respeto humano, compañías contagiosas, vileza, debilidad, pereza. Se halla tal vez uno en bellísimas disposiciones, ve el buen camino, y querría entrar en él, conoce el camino malo, y camina por él con dolor y sentimiento; pero no se atreve a salir de él, se espanta del mundo, teme que se sepa, y con todas estas bellas disposiciones se pierde y se condena.

Petición y coloquio

Os doy las gracias, Dios mío, por haberme enseñado tan grandes verdades. No estaré lejos de vuestro reino si yo las gusto; pero no entraré jamás ni en vuestro reino ni en el espíritu de estas verdades, si vuestro amor no domina en mi corazón: él sea, pues, el que en él únicamente para siempre y absolutamente reine.
Amen.

09/03/2021

MEDITACIÓN CXLIX
DE LAS OFENSAS RECIBIDAS
(Matth 18, 15-22)

Consideremos:
1. Cuál es la conducta que se debe tener en las ofensas que se reciben
2. Cuál es la potestad de los pastores para reprimir las ofensas
3. Q é indulgencia se debe tener por las ofensas.

PUNTO I
De la conducta que se debe tener en las ofensas recibidas

La caridad y la prudencia deben en estas ocasiones regular todas nuestras operaciones.

1º Primera regla: es necesario reprender primero a aquel que ha pecado contra nosotros y nos ha ofendido... «Por tanto, si tu hermano pecare contra ti, ve y corrígele entre ti y él solo; si él te escucha, habrás ganado a tu hermano...»
Sea que su culpa consista en cualquier defecto contra vos, en cualquier injuria u ofensa personal, o sea que consista en cualquiera cosa reprensible que habéis observado en su conducta, en sus costumbres o en su fe, y podría causar algún escándalo, o sea por otra parte que seáis un simple privado, como él, o que seáis su superior o su pastor, dos consejos debéis guardar. El primero, de no dejar a vuestro prójimo en este estado, por desprecio, por indiferencia o por defecto de celo en orden a su salvación. El segundo, de no seguir vuestro humor, vuestra pasión, sino la caridad en los medios de que os serviréis para corregirlo, para reconciliarlo con vos, y hacerlo volver a entrar en su deber. La caridad y un celo prudente exigen de vos que, sin esperar a que él se arrepienta o venga a vos, vos mismo vayáis a encontrarlo, que solo a solo lo reprendáis con dulzura, le representéis su culpa, y le hagáis entrar en sí mismo. Si os escucha, habéis ganado un hermano, habéis sacado un hermano del camino de la perdición, os habéis unido a un hermano, le habéis vuelto la paz, y habéis puesto otra vez un hermano en el camino de la salvación... ¿Hay o puede haber motivo más poderoso para empeñaros a obrar de este modo? ¿Cuántos odios, cuántas enemistades, cuántos pleitos, cuántos escándalos se sofocarían al nacer, si se siguiese esta regla que es la primera de la corrección fraterna? Pero ¡ay de mí! la venganza, el orgullo, el amor propio gustan del estrépito y de la publicidad, y se glorían aun algunos de obrar únicamente por celo y por amor de la justicia.

2º Segunda regla: reprender al culpado en presencia de testigos... «Y si no te escucha, coge también contigo uno o dos, para que con el dicho de dos o tres testigos se establezca todo el negocio...»
Es necesario poner cuidado, de una parte, para ganar un hermano, y por otra para evitar la publicidad: si el primer paso no bastó, dad otro. Id otra vez a encontrarlo con una o dos personas capaces, o de hacer impresión en él, o de dar testimonio contra él. Puede ser que este aparato de justicia que se usa atendiendo a su flaqueza, y que conserva su reputación, excite en él un temor saludable, y que no pudiendo ya negar su culpa ni su resistencia, se resuelva finalmente a reparar la primera, y a prevenir las consecuencias que podría tener la segunda.

3º Tercera regla: denúncialo a la Iglesia... «Y si no los oye, dilo a la Iglesia. Y si no escucha a la Iglesia, tenlo como un gentil y por un publicano...»
Si el culpado no escucha vuestros avisos ni las representaciones de aquellos que le habéis conducido; si persiste en su odio, o en sus desórdenes, o en sus errores, no temáis entonces de hacerlo saber a la Iglesia. a esto os obligan igualmente el celo por el bien particular del culpado, y el amor del bien público de la Iglesia... Finalmente, si no escucha a la Iglesia, tenedlo como un gentil y un publicano; no mantengáis ya más algún vínculo con él; prohibid a vuestros hermanos el tener con él algún comercio de religión; abandonadlo a su espíritu intratable, excluidlo de vuestras juntas, a ejemplo de los judíos, que no admitían a la comunicación del culto y de las oraciones a los paganos ni a los publícanos... ¡ Ay, pues, de aquel que no escucha a la Iglesia, o que afecta desconocer su voz! Puede bien contradecir a su autoridad, disputar sobre sus deberes, despreciar sus censuras y sus anatemas; pero la palabra del Señor está firme: este tal ya no es de su rebaño; no tiene otra cosa de cristiano que el nombre, y no debe ser mirado de otro modo que como un gentil y un publicano... ¿Cómo es posible que palabras tan precisas no abran los ojos a todos aquellos que se hallan empeñados en aquellas sectas condenadas por la Iglesia desde su origen? Si el contagio se ha comunicado, si se ha esparcido el error, si el número de los partidarios ha crecido hasta el punto de podérsele dar el nombre de Iglesia, ¿por ventura no se podrán distinguir estas iglesias nuevas, ya desterradas de la de Jesucristo, la cual las ha condenado y no cesa aun de condenarlas? ¡Ah! cuando se trata de la Iglesia, no nos engañemos; porque fuera de la Iglesia de Jesucristo no hay salud, y el que no escucha esta Iglesia no es otra cosa a los ojos de Dios que un gentil y un publicano.

PUNTO II
De la potestad de los pastores para reprimir las ofensas

1º De la potestad concedida al cuerpo de los pastores... Jesucristo, enderezando entonces la palabra a todos los Apóstoles, les dijo: «En verdad os digo, todo aquello que atareis sobre la tierra, será atado también en el cielo; y todo lo que desatareis sobre la tierra, será desalado también en el cielo...»
Demos gracias a nuestro Salvador por haber concedido a los primeros pastores de la Iglesia, y en sus personas a sus sucesores, una potestad tan sublime, tan amplia y tan necesaria al buen orden y a la conservación de las costumbres, de la disciplina y del depósito de la fe. Observemos aquí cuál es nuestra situación bajo de esta potestad: si no estamos en alguna que nos sujete a las ligaduras invisibles de las censuras eclesiásticas, del entredicho, de la suspensión, de la excomunión; si nos abstenemos de todo aquello que la autoridad apostólica nos prohíbe; si desechamos lo que ella desecha y condenamos lo que ella condena. ¡Qué desgracia para nosotros, si en vez de reverenciar y de temer esta potencia emanada de Dios, la despreciamos, le hacemos insultos, y blasfemamos contra ella, porque en esta vida podemos hacerlo impunemente! ¡Ah! Se halla ligado en el cielo lo que ella liga aquí en la tierra. Apresurémonos, pues, a recurrir a ella para hacernos desatar del peso de nuestros pecados; porque lo que ésta desatará sobre la tierra, será también desatado en el cielo, si de nuestra parte llevamos las disposiciones que se requieren.

2º De la potestad concedida a los primeros pastores en particular... «Os digo también, que, si dos de vosotros se convendrán sobre la tierra para pedirme cualquiera cosa, será concedida a ellos por mi Padre que está en los cielos...»
Con estas palabras declara Jesucristo a sus Apóstoles:

1º Que la potestad de juzgar, que se les ha concedido, no es de una naturaleza de no poderse ejercitar, sino cuando estarán todos juntos y unidos como estaban entonces; sino que cada uno de ellos, después de su dispersión, podrá ejercitarla en el lugar donde se hallare, y sus sucesores en el distrito que les será señalado para gobernarlo.

2º Que, juzgando, no deben referirse a su particular sentimiento, sino consultar alguno de sus colegas o alguno de su clero.

3º Que no deben juzgar sino después de haber orado, después de haber invocado el socorro del cielo; porque su sentencia no es propiamente otra cosa que una súplica hecha a Dios. Ahora, pues, ¿se regulan en esta forma y con todos estos preliminares todos los jueces eclesiásticos en nuestros días? La promesa que Jesucristo hace, de que su Padre los oirá y ratificará su juicio, es como otras muchas condicionada, y supone que de su parte no se pondrá algún obstáculo. Ella, pues, los asegura de las disposiciones de Dios, de la eficacia de los méritos del Hijo, y les muestra el principio, el origen y la naturaleza de su potestad, y esto exige de nuestra parte la más pronta sumisión y la más profunda veneración; pero no los asegura absolutamente y sin condiciones de todo error y de todo equívoco. Ella no impide ya el recurso a los superiores mayores y al Sumo Pontífice, según el orden establecido por los Cánones. Jesucristo ha concedido al cuerpo de los pastores, unidos a su cabeza, una infalibilidad absoluta en todo lo que pertenece a la fe y a las costumbres, a la disciplina y al perfecto gobierno de la Iglesia.

3º De la potestad concedida a los simples fieles... «Porque donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos...»
Con estas palabras confirma Jesucristo la promesa hecha a sus Apóstoles, como si les dijese... ¿Cómo no seréis vosotros oídos, cuando os uniréis en vuestros sentimientos para juzgar y gobernar a mi pueblo, cuando yo me hallo en medio de los simples fieles, aunque no sean sino solamente dos o tres los congregados en mi nombre? Con esto nos anima también Jesucristo a unirnos en la asamblea de los fieles para orar; a hallarnos en la iglesia, en nuestra parroquia en los tiempos de orar; a asociarnos en las santas congregaciones o comunidades en que la oración se hace con fervor; a unirnos a las personas piadosas para pedirá Dios ciertas gracias; finalmente, a practicar en nuestras casas la oración común en espíritu de paz, de unión y de concordia. Jesucristo nos asegura que se halla en medio de aquellos que están de esta manera congregados en su nombre... ¡Qué felicidad para nosotros saber que Vos estáis con nosotros, oh, Salvador mío, y poderos aquí tributar nuestros homenajes y enderezaros nuestros votos! ¡Qué bondad quereros hallar en medio de vuestros siervos para escucharlos, consolarlos, santificarlos y atenderlos!... Pero ¡qué confusión y qué vergüenza para mí, si mientras que Vos estáis en medio de nosotros, yo estoy allí presente solo con el cuerpo, si mi espíritu va errando, se disipa mi corazón, y me hallo en todo otro lugar, fuera de aquel en que Vos estáis!... Y ciertamente, ¿dónde podré yo estar mejor que con Vos? Por otra parte, ¿no tendré yo acaso algún interés por donde deba estar unido a Vos? ¿Tengo yo que temer o que esperar algo de Vos? ¿No tengo necesidad alguna, o nada que pediros? ¡Ah funesta separación! Mientras mi alma va errando con sus pensamientos, otras están con Vos , y gozan de vuestra presencia; Vos recompensáis su fidelidad y su fervor, os comunicáis a ellas, y oís todos sus votos: en tal manera la oración es para ellas un tiempo de delicias; salen de ella con pena, y vuelven a ella con toda diligencia; y para mí al contrario, la oración es un tiempo de fastidio; espero el fin con impaciencia, salgo de ella con disipación, y si a ella vuelvo, lo hago con disgusto, justo castigo de mi relajación.

PUNTO III
De la indulgencia y perdón de las ofensas

1º Consejo tomado de san Pedro... «Entonces acercándose Pedro a él, dijo... Señor, ¿hasta cuántas veces pecando mi hermano contra mí le perdonaré?»
O sea que la ofensa del prójimo sea hecha contra Dios, o contra nosotros, o sea que se trate de conceder el perdón a su arrepentimiento de nuestra parte, y como privados, o por parte de Dios, como sus ministros y como jueces, no sigamos nuestras pasiones, ni el movimiento de un celo indiscreto; evitemos las quejas, las maledicencias, la severidad, el rigor y las reprensiones amargas; consultemos a Jesucristo, y preguntémosle, como san Pedro, cuántas veces debemos perdonar, y hasta cuántas veces sufrir la infidelidad y las recaídas.

2º Insinuación de san Pedro... San Pedro insinuó él mismo la respuesta a su pregunta, y añadiendo... «¿Le perdonaré hasta siete veces?...» Muchas veces consultamos al Señor, y sin esperar su respuesta nos respondemos a nosotros mismos; vamos detrás de nuestras tinieblas, lisonjeándonos de obrar siempre según las luces de Dios. Frecuentemente consultamos hombres sabios y piadosos; pero más por inducirlos a nuestro sentimiento, que por seguir el suyo: san Pedro creía decir mucho, y dudaba aun si el perdón de las ofensas pudiese extenderse hasta siete veces. ¡Ay de mí, cuan débiles y cuán limitadas son nuestras ideas! ¡Oh, y qué corazón tan estrecho que tenemos! Escuchemos al celestial Maestro, y observemos su corazón y toda la extensión de su caridad.

3º Respuesta de Jesús... «Jesús le dice: no te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete veces...» Esto es, sin límites y sin medida: tantas veces cuantas tu hermano pecare y se arrepintiere. San Pedro señalaba límites bien estrechos a la caridad cristiana, creyendo darle mucha extensión; pero la caridad de Dios para nosotros es infinita, y debe servir de regla a la que debemos tener los unos para con los otros.

Petición y coloquio.

¡Oh caridad infinita, oh paciencia incansable de mi Dios! ¿Dónde estaría yo ya, oh, Señor, sin esta divina palabra salida de vuestra boca, y recogida por vuestra Iglesia? ¿Dónde estaría yo ya, después de tantas recaídas, si vuestra misericordia no fuese infinita, si vuestros ministros no conocieran toda su inmensidad, y n o me hubieran aplicado sus saludables efectos? ¿Con qué bondad, con qué dulzura no recibiré yo, pues, a los pecadores penitentes, bien que débiles, bien que infieles, bien que hayan abusado mil veces de mi indulgencia? ¿Con qué generosidad, con qué paciencia los soportaré, y perdonaré las ofensas hechas a mí mismo? Dilatad, oh, Jesús, mi corazón. Llenadlo de aquella caridad, que no conociendo términos ni medida no se cansa ni se agota jamás. ¡Oh, Salvador mío, cuán dulce sois Vos, cuan paciente, cuán misericordioso! Haced que yo siga vuestras dulces leyes, y las ponga en práctica.
Amen.

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