09/03/2021
MEDITACIÓN CXLIX
DE LAS OFENSAS RECIBIDAS
(Matth 18, 15-22)
Consideremos:
1. Cuál es la conducta que se debe tener en las ofensas que se reciben
2. Cuál es la potestad de los pastores para reprimir las ofensas
3. Q é indulgencia se debe tener por las ofensas.
PUNTO I
De la conducta que se debe tener en las ofensas recibidas
La caridad y la prudencia deben en estas ocasiones regular todas nuestras operaciones.
1º Primera regla: es necesario reprender primero a aquel que ha pecado contra nosotros y nos ha ofendido... «Por tanto, si tu hermano pecare contra ti, ve y corrígele entre ti y él solo; si él te escucha, habrás ganado a tu hermano...»
Sea que su culpa consista en cualquier defecto contra vos, en cualquier injuria u ofensa personal, o sea que consista en cualquiera cosa reprensible que habéis observado en su conducta, en sus costumbres o en su fe, y podría causar algún escándalo, o sea por otra parte que seáis un simple privado, como él, o que seáis su superior o su pastor, dos consejos debéis guardar. El primero, de no dejar a vuestro prójimo en este estado, por desprecio, por indiferencia o por defecto de celo en orden a su salvación. El segundo, de no seguir vuestro humor, vuestra pasión, sino la caridad en los medios de que os serviréis para corregirlo, para reconciliarlo con vos, y hacerlo volver a entrar en su deber. La caridad y un celo prudente exigen de vos que, sin esperar a que él se arrepienta o venga a vos, vos mismo vayáis a encontrarlo, que solo a solo lo reprendáis con dulzura, le representéis su culpa, y le hagáis entrar en sí mismo. Si os escucha, habéis ganado un hermano, habéis sacado un hermano del camino de la perdición, os habéis unido a un hermano, le habéis vuelto la paz, y habéis puesto otra vez un hermano en el camino de la salvación... ¿Hay o puede haber motivo más poderoso para empeñaros a obrar de este modo? ¿Cuántos odios, cuántas enemistades, cuántos pleitos, cuántos escándalos se sofocarían al nacer, si se siguiese esta regla que es la primera de la corrección fraterna? Pero ¡ay de mí! la venganza, el orgullo, el amor propio gustan del estrépito y de la publicidad, y se glorían aun algunos de obrar únicamente por celo y por amor de la justicia.
2º Segunda regla: reprender al culpado en presencia de testigos... «Y si no te escucha, coge también contigo uno o dos, para que con el dicho de dos o tres testigos se establezca todo el negocio...»
Es necesario poner cuidado, de una parte, para ganar un hermano, y por otra para evitar la publicidad: si el primer paso no bastó, dad otro. Id otra vez a encontrarlo con una o dos personas capaces, o de hacer impresión en él, o de dar testimonio contra él. Puede ser que este aparato de justicia que se usa atendiendo a su flaqueza, y que conserva su reputación, excite en él un temor saludable, y que no pudiendo ya negar su culpa ni su resistencia, se resuelva finalmente a reparar la primera, y a prevenir las consecuencias que podría tener la segunda.
3º Tercera regla: denúncialo a la Iglesia... «Y si no los oye, dilo a la Iglesia. Y si no escucha a la Iglesia, tenlo como un gentil y por un publicano...»
Si el culpado no escucha vuestros avisos ni las representaciones de aquellos que le habéis conducido; si persiste en su odio, o en sus desórdenes, o en sus errores, no temáis entonces de hacerlo saber a la Iglesia. a esto os obligan igualmente el celo por el bien particular del culpado, y el amor del bien público de la Iglesia... Finalmente, si no escucha a la Iglesia, tenedlo como un gentil y un publicano; no mantengáis ya más algún vínculo con él; prohibid a vuestros hermanos el tener con él algún comercio de religión; abandonadlo a su espíritu intratable, excluidlo de vuestras juntas, a ejemplo de los judíos, que no admitían a la comunicación del culto y de las oraciones a los paganos ni a los publícanos... ¡ Ay, pues, de aquel que no escucha a la Iglesia, o que afecta desconocer su voz! Puede bien contradecir a su autoridad, disputar sobre sus deberes, despreciar sus censuras y sus anatemas; pero la palabra del Señor está firme: este tal ya no es de su rebaño; no tiene otra cosa de cristiano que el nombre, y no debe ser mirado de otro modo que como un gentil y un publicano... ¿Cómo es posible que palabras tan precisas no abran los ojos a todos aquellos que se hallan empeñados en aquellas sectas condenadas por la Iglesia desde su origen? Si el contagio se ha comunicado, si se ha esparcido el error, si el número de los partidarios ha crecido hasta el punto de podérsele dar el nombre de Iglesia, ¿por ventura no se podrán distinguir estas iglesias nuevas, ya desterradas de la de Jesucristo, la cual las ha condenado y no cesa aun de condenarlas? ¡Ah! cuando se trata de la Iglesia, no nos engañemos; porque fuera de la Iglesia de Jesucristo no hay salud, y el que no escucha esta Iglesia no es otra cosa a los ojos de Dios que un gentil y un publicano.
PUNTO II
De la potestad de los pastores para reprimir las ofensas
1º De la potestad concedida al cuerpo de los pastores... Jesucristo, enderezando entonces la palabra a todos los Apóstoles, les dijo: «En verdad os digo, todo aquello que atareis sobre la tierra, será atado también en el cielo; y todo lo que desatareis sobre la tierra, será desalado también en el cielo...»
Demos gracias a nuestro Salvador por haber concedido a los primeros pastores de la Iglesia, y en sus personas a sus sucesores, una potestad tan sublime, tan amplia y tan necesaria al buen orden y a la conservación de las costumbres, de la disciplina y del depósito de la fe. Observemos aquí cuál es nuestra situación bajo de esta potestad: si no estamos en alguna que nos sujete a las ligaduras invisibles de las censuras eclesiásticas, del entredicho, de la suspensión, de la excomunión; si nos abstenemos de todo aquello que la autoridad apostólica nos prohíbe; si desechamos lo que ella desecha y condenamos lo que ella condena. ¡Qué desgracia para nosotros, si en vez de reverenciar y de temer esta potencia emanada de Dios, la despreciamos, le hacemos insultos, y blasfemamos contra ella, porque en esta vida podemos hacerlo impunemente! ¡Ah! Se halla ligado en el cielo lo que ella liga aquí en la tierra. Apresurémonos, pues, a recurrir a ella para hacernos desatar del peso de nuestros pecados; porque lo que ésta desatará sobre la tierra, será también desatado en el cielo, si de nuestra parte llevamos las disposiciones que se requieren.
2º De la potestad concedida a los primeros pastores en particular... «Os digo también, que, si dos de vosotros se convendrán sobre la tierra para pedirme cualquiera cosa, será concedida a ellos por mi Padre que está en los cielos...»
Con estas palabras declara Jesucristo a sus Apóstoles:
1º Que la potestad de juzgar, que se les ha concedido, no es de una naturaleza de no poderse ejercitar, sino cuando estarán todos juntos y unidos como estaban entonces; sino que cada uno de ellos, después de su dispersión, podrá ejercitarla en el lugar donde se hallare, y sus sucesores en el distrito que les será señalado para gobernarlo.
2º Que, juzgando, no deben referirse a su particular sentimiento, sino consultar alguno de sus colegas o alguno de su clero.
3º Que no deben juzgar sino después de haber orado, después de haber invocado el socorro del cielo; porque su sentencia no es propiamente otra cosa que una súplica hecha a Dios. Ahora, pues, ¿se regulan en esta forma y con todos estos preliminares todos los jueces eclesiásticos en nuestros días? La promesa que Jesucristo hace, de que su Padre los oirá y ratificará su juicio, es como otras muchas condicionada, y supone que de su parte no se pondrá algún obstáculo. Ella, pues, los asegura de las disposiciones de Dios, de la eficacia de los méritos del Hijo, y les muestra el principio, el origen y la naturaleza de su potestad, y esto exige de nuestra parte la más pronta sumisión y la más profunda veneración; pero no los asegura absolutamente y sin condiciones de todo error y de todo equívoco. Ella no impide ya el recurso a los superiores mayores y al Sumo Pontífice, según el orden establecido por los Cánones. Jesucristo ha concedido al cuerpo de los pastores, unidos a su cabeza, una infalibilidad absoluta en todo lo que pertenece a la fe y a las costumbres, a la disciplina y al perfecto gobierno de la Iglesia.
3º De la potestad concedida a los simples fieles... «Porque donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos...»
Con estas palabras confirma Jesucristo la promesa hecha a sus Apóstoles, como si les dijese... ¿Cómo no seréis vosotros oídos, cuando os uniréis en vuestros sentimientos para juzgar y gobernar a mi pueblo, cuando yo me hallo en medio de los simples fieles, aunque no sean sino solamente dos o tres los congregados en mi nombre? Con esto nos anima también Jesucristo a unirnos en la asamblea de los fieles para orar; a hallarnos en la iglesia, en nuestra parroquia en los tiempos de orar; a asociarnos en las santas congregaciones o comunidades en que la oración se hace con fervor; a unirnos a las personas piadosas para pedirá Dios ciertas gracias; finalmente, a practicar en nuestras casas la oración común en espíritu de paz, de unión y de concordia. Jesucristo nos asegura que se halla en medio de aquellos que están de esta manera congregados en su nombre... ¡Qué felicidad para nosotros saber que Vos estáis con nosotros, oh, Salvador mío, y poderos aquí tributar nuestros homenajes y enderezaros nuestros votos! ¡Qué bondad quereros hallar en medio de vuestros siervos para escucharlos, consolarlos, santificarlos y atenderlos!... Pero ¡qué confusión y qué vergüenza para mí, si mientras que Vos estáis en medio de nosotros, yo estoy allí presente solo con el cuerpo, si mi espíritu va errando, se disipa mi corazón, y me hallo en todo otro lugar, fuera de aquel en que Vos estáis!... Y ciertamente, ¿dónde podré yo estar mejor que con Vos? Por otra parte, ¿no tendré yo acaso algún interés por donde deba estar unido a Vos? ¿Tengo yo que temer o que esperar algo de Vos? ¿No tengo necesidad alguna, o nada que pediros? ¡Ah funesta separación! Mientras mi alma va errando con sus pensamientos, otras están con Vos , y gozan de vuestra presencia; Vos recompensáis su fidelidad y su fervor, os comunicáis a ellas, y oís todos sus votos: en tal manera la oración es para ellas un tiempo de delicias; salen de ella con pena, y vuelven a ella con toda diligencia; y para mí al contrario, la oración es un tiempo de fastidio; espero el fin con impaciencia, salgo de ella con disipación, y si a ella vuelvo, lo hago con disgusto, justo castigo de mi relajación.
PUNTO III
De la indulgencia y perdón de las ofensas
1º Consejo tomado de san Pedro... «Entonces acercándose Pedro a él, dijo... Señor, ¿hasta cuántas veces pecando mi hermano contra mí le perdonaré?»
O sea que la ofensa del prójimo sea hecha contra Dios, o contra nosotros, o sea que se trate de conceder el perdón a su arrepentimiento de nuestra parte, y como privados, o por parte de Dios, como sus ministros y como jueces, no sigamos nuestras pasiones, ni el movimiento de un celo indiscreto; evitemos las quejas, las maledicencias, la severidad, el rigor y las reprensiones amargas; consultemos a Jesucristo, y preguntémosle, como san Pedro, cuántas veces debemos perdonar, y hasta cuántas veces sufrir la infidelidad y las recaídas.
2º Insinuación de san Pedro... San Pedro insinuó él mismo la respuesta a su pregunta, y añadiendo... «¿Le perdonaré hasta siete veces?...» Muchas veces consultamos al Señor, y sin esperar su respuesta nos respondemos a nosotros mismos; vamos detrás de nuestras tinieblas, lisonjeándonos de obrar siempre según las luces de Dios. Frecuentemente consultamos hombres sabios y piadosos; pero más por inducirlos a nuestro sentimiento, que por seguir el suyo: san Pedro creía decir mucho, y dudaba aun si el perdón de las ofensas pudiese extenderse hasta siete veces. ¡Ay de mí, cuan débiles y cuán limitadas son nuestras ideas! ¡Oh, y qué corazón tan estrecho que tenemos! Escuchemos al celestial Maestro, y observemos su corazón y toda la extensión de su caridad.
3º Respuesta de Jesús... «Jesús le dice: no te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete veces...» Esto es, sin límites y sin medida: tantas veces cuantas tu hermano pecare y se arrepintiere. San Pedro señalaba límites bien estrechos a la caridad cristiana, creyendo darle mucha extensión; pero la caridad de Dios para nosotros es infinita, y debe servir de regla a la que debemos tener los unos para con los otros.
Petición y coloquio.
¡Oh caridad infinita, oh paciencia incansable de mi Dios! ¿Dónde estaría yo ya, oh, Señor, sin esta divina palabra salida de vuestra boca, y recogida por vuestra Iglesia? ¿Dónde estaría yo ya, después de tantas recaídas, si vuestra misericordia no fuese infinita, si vuestros ministros no conocieran toda su inmensidad, y n o me hubieran aplicado sus saludables efectos? ¿Con qué bondad, con qué dulzura no recibiré yo, pues, a los pecadores penitentes, bien que débiles, bien que infieles, bien que hayan abusado mil veces de mi indulgencia? ¿Con qué generosidad, con qué paciencia los soportaré, y perdonaré las ofensas hechas a mí mismo? Dilatad, oh, Jesús, mi corazón. Llenadlo de aquella caridad, que no conociendo términos ni medida no se cansa ni se agota jamás. ¡Oh, Salvador mío, cuán dulce sois Vos, cuan paciente, cuán misericordioso! Haced que yo siga vuestras dulces leyes, y las ponga en práctica.
Amen.