26/05/2026
¿A tí no te da miedo ver cómo se nos va la vida?
Nos levantamos, trabajamos en automático, pagamos deudas, apagamos fuegos diarios y nos vamos a dormir con el alma cansada, sintiendo que los días son una copia exacta del día anterior. Nos acostumbramos a vivir a medias, a sonreír por compromiso y a cargar con silencios que pesan más que el plomo. Nos volvemos expertos en disimular que todo está bien, mientras por dentro, la rutina y los problemas nos van apagando el corazón.
Ya celebramos Pentecostés, la llegada del Espíritu Santo, pero ya que han pasado algunos días, dejemos a un lado los discursos aburridos y palabras domingueras que nadie entiende e intentemos hablar de la verdad.
¿De qué nos sirve sabernos las oraciones y conocer de memoria cuáles son los dones del Espíritu Santo, si por dentro somos un cementerio de proyectos rotos, de rencores viejos y de miedos que nos hacen decidir cosas que a veces ni nosotros queremos.
El Espíritu Santo no es solo una palomita pintada en el techo de nuestro templo; El Espíritu Santo es Fuego. Y el fuego no adorna: el fuego quema, destruye lo viejo y nos debe transformar.
¿Cuándo fue la última vez que sentimos ese fuego en el pecho? ¿Cuándo fue la última vez que abrazamos a nuestros hijos sintiendo que el tiempo es un regalo y no una carga? ¿Cuándo dejamos que Dios nos sacudiera el orgullo para pedir perdón a ese familiar al que le retiramos el habla por una tontería? ¿Cuándo tuvimos la oportunidad de escuchar a papá, platicar una vez más, esa historia que ya te sabes, pero sin molestarte?
Nos estamos volviendo viejos persiguiendo banalidades, queriendo encajar en un mundo vacío, mientras el único viento que de verdad puede devolvernos la paz está esperando afuera de nuestra puerta cerrada.
Pentecostés es el grito desesperado del Cielo para decirnos: ¡Reacciona! ¡La vida se te está yendo entre las manos y te estás conformando con las migajas del cansancio!
No vayas a misa sólo por cumplir. Que el pentecostes abra la ventana de tu alma a ese viento fuerte. Que nos duela lo que nos tenga que doler, que lloremos lo que tengamos que llorar, pero que de esa flama brote un padre más paciente, una madre más amorosa, un esposo más entregado, una esposa más comprensiva, un hijo más agradecido y un ser humano que de verdad ame a su tierra y a su gente. Dios no nos quiere tibios. Dios nos quiere encendidos.