13/04/2026
*La batalla entre judíos y romanos*
~Primer Carrera
En el alba gloriosa del *Domingo de Resurrección*, cuando la muerte ha sido vencida y la vida se levanta triunfante, el pueblo entero se llena de júbilo, tal como está escrito:
“¿Por qué buscan entre los mu***os al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.” (Lucas 24, 5-6)
Desde Santa Rosa parte la solemne procesión del Resucitado hacia la parroquia. El andar es lento, reverente, como si el tiempo mismo alabara el milagro. Niños vestidos de blanco, semejantes a ángeles, acompañan la imagen, recordando lo dicho en la Escritura:
“Y he aquí, hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor descendió del cielo…” (Mateo 28, 2)
Antiguamente, la Judea permanecía en la santa misa hasta su culminación, en recogimiento y fe, para después recorrer el jardín, como quien vigila y prepara el terreno antes de la batalla. Era un acto simbólico, una inspección, como los centinelas de antaño. Luego, en fraternidad, compartían el pan en casa de Filo, evocando aquellas primeras comunidades:
Hoy, los tiempos han cambiado, mas no el espíritu. A la una y media de la tarde inicia el recorrido, y a las dos en punto comienza la carrera, marcada no por reloj humano, sino por señales que estremecen el alma.
Primero, el estruendo de la bomba de pólvora irrumpe en el aire como un trueno, recordando la voz potente del cielo:
“Y hubo voces, y truenos, y relámpagos…” (Apocalipsis 11, 19)
Ese estallido da inicio a la batalla entre judíos y romanos. Le siguen los tambores y trompetas, como en los antiguos ejércitos de Israel:
“Cuando salgas a la guerra… tocarán las trompetas, y serán recordados delante de Yaveh.” (Números 10, 9)
Es el llamado a los fariseos, la señal para comenzar la persecución. Mientras tanto, los robenos, en su burla, saltan y bufan, corriendo en una danza de desafío, como quien se cree inalcanzable. Y entonces, las campanas resuenan, no como simple eco, sino como guía, como voz que revela caminos: señalando dónde se esconden, dónde habrán de ser alcanzados.
La primera carrera es lenta, casi solemne. Es estrategia, no impulso. Los llamados “tiempos” avanzan en cuclillas, con las espadas rozando la tierra, produciendo un sonido uniforme, profundo, como si la tierra misma hablara. Se detienen, golpean sus espadas, agitan banderas… provocan, desafían.
Y los robenos responden con burla, brincando, bufando, creyéndose libres.
Mas la astucia no tarda en mostrarse. Se forman las “coronas”, círculos que buscan rodear, encerrar, como redes invisibles. Luego surge la “culebra”, fila baja y sigilosa de fariseos que avanzan acechando.
El recorrido continúa por calles y caminos, repitiendo los tiempos, el golpeteo, el ondear de banderas, preparando el terreno, marcando el destino. La batalla no es de fuerza, sino de paciencia y estrategia. Más de dos horas dura este primer movimiento, cubriendo cada rincón, cerrando cada salida.
Porque todo conduce a un final ya anunciado, a un desenlace inevitable: la segunda carrera, donde finalmente serán alcanzados. Y entonces se cumple el acto esperado, la caída del engaño, la justicia del pueblo… lo que se conoce como *la quema de Judas*, símbolo de traición vencida, de pecado consumido.
Así, entre historia, fe y tradición, el pueblo revive cada año esta batalla, recordando que, al final, la luz siempre vence a la oscuridad, pues como está escrito:
“La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.” (Juan 1, 5)