03/04/2026
EL FIN DE LA ADORACIÓN DESVIADA
Es muy fácil convertir el Viernes de Crucifixión en un ejercicio de autojustificación. Llegamos a este día intentando fabricar en nosotros suficiente tristeza, culpa o piedad, pensando que si logramos "sentir" lo correcto, de alguna manera seremos más aceptables ante Dios. Esa es la religión operando en nuestra carne: la creencia de que nuestro desempeño espiritual nos asegura un lugar en la mesa.
Pero la cruz no nos llama a sentir más lástima por Jesús; la cruz es la sentencia de muerte a todos nuestros ídolos funcionales.
En la cruz vemos nuestra verdadera condición: estábamos tan perdidos, y nuestro corazón estaba tan desviado adorando el éxito, el control y la aprobación, que nada menos que la muerte del Hijo de Dios podía salvarnos. Pero también vemos nuestro mayor consuelo: Cristo es el único ser humano cuya adoración jamás se desvió. Él vivió la vida de perfecta obediencia que nosotros no pudimos vivir, y pagó la condena exacta que nosotros merecíamos.
Hoy no se trata de lo que nosotros podemos hacer por Dios, sino de asombrarnos por lo que Él ya hizo. Cuando vemos a Cristo en la cruz como nuestro Sustituto, el ídolo del perfeccionismo se derrumba. Ya no tenemos que fingir que somos fuertes. Ya no tenemos que ganarnos el favor divino. Podemos abandonar nuestros esfuerzos agotadores y, simplemente, descansar en Su gracia. La batalla está ganada. La obra está terminada en Él.