19/04/2026
EL MEJOR DE LOS DÍAS…
PBRO ERNESTO MARÍA CARO.
Domingo 19 de Abril de 2026.
Primera Lectura
Hechos 2 14. 22-33
El día de Pentecostés se presentó Pedro junto con los Once ante la multitud y levantando la voz dijo: "Israelitas escúchenme. Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes mediante los milagros prodigios y señales que Dios realizó por medio de él y que ustedes bien conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios Jesús fue entregado y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz.
Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. En efecto David dice refiriéndose a él: Yo veía constantemente al Señor delante de mí puesto que él está a mi lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza porque tú Señor no me abandonarás a la muerte ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia.
Hermanos que me sea permitido hablarles con toda claridad; el patriarca David murió y lo enterraron y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente suyo ocuparía su trono con visión profética habló de la resurrección de Cristo el cual no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción.
Pues bien a este Jesús Dios lo resucitó y de ello todos nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios recibió del Padre el Espíritu Santo prometido a él y lo ha comunicado como ustedes lo están viendo y oyendo".
Evangelio de hoy
Lucas 24, 13-35
El mismo día de la resurrección iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús situado a unos once kilómetros de Jerusalén y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando tan llenos de tristeza?"
Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel y sin embargo han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado pues fueron de madrugada al sepulcro no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres pero a él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron diciendo: "Quédate con nosotros porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaba a la mesa tomó un pan pronunció la bendición lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Reflexion
En este tercer domingo de pascua, el Evangelio nos invita experimentar el fuego de Dios en el corazón mediante la escucha de la Palabra de Dios. Esto contrasta con actitudes que muchas veces tenemos en relación con la Sagrada Escritura, la cual vemos muchas veces solo como un libro de Historia Sagrada, pero no como la fuente que enciende nuestra vida interior.
En el Evangelio vemos a estos dos hombres que seguramente eran discípulos de Jesús, que lo habían seguido por mucho tiempo, creyendo que Él era el Mesías; sin embargo, su Palabra no había realmente tocado su corazón; lo habían visto hacer milagros y probar que era más que un hombre común.
Esto lleva a las personas a caminar con Jesús, pero sin darse cuenta de quién es Él; solamente, pues caminar con Él que camina con nosotros; es decir, Cristo está presente pero el corazón está apagado. En otras palabras, podemos decir que el corazón no está dispuesto a creer; no está dispuesto a creer que todo lo que Jesús ha dicho es verdad, sobre todo cuando estas verdades se oponen, como en el caso de estos discípulos, que viven una realidad que es completamente opuesto a la que creían y esperaban.
Por ello, muchas veces nosotros también escuchamos la Palabra, pero no nos transforma; vamos a Misa, pero salimos igual; sabemos de Dios, pero no ardemos de amor por Él. Esto pasa cuando la fe se vuelve rutina. Jesús quiere que recibamos su Palabra como una verdad, una verdad que, aunque sea difícil de creer, tenemos la certeza de que viene de Dios, y Dios no miente ni falla.
Recordemos que la carta a los Hebreos nos dice, hablando de la Palabra: ‘La Palabra de Dios es viva y poderosa, más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón’.
Cuando la Palabra se acoge con fe, algo cambia dentro de nosotros, pero cuando la Palabra falta en nuestras vidas, la fe se debilita, el sentido de la vida se pierde y el corazón se enfría. Pidamos, pues, al Señor que su Palabra, como ocurrió en los discípulos de Emaús, siempre encienda nuestro corazón en amor, amor por el Señor y por nuestros hermanos.
Y recuerda, el corazón se enfría cuando se aleja de la Palabra, pero vuelve a arder cuando Cristo nos habla. No necesitamos más cosas, solo necesitamos escuchar a Dios.
Permite que el Amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María todo por Jesús y para Jesús.