26/05/2026
"EL SEÑOR DEL JACAL"
El arriero sabía que así era su trabajo, ir y venir, subir y bajar, cargar y descargar, con sol o con lluvia el tenía que conducir la recua que llevaba el cargamento del patrón para la gran Lulaá, ese pueblo que los gachupines se empeñaban en llamar Guajaca.
Un día lo mandó el patrón por el dulce a Valdefloreo, por el camino que va rumbo a Tlapacoyan, llegó a buena hora a su destino, mero cuando el sol estaba en medio del cielo, paso al trapiche a dejar la razón que traía, y en lo que le arreglaban su cargamento, él se echó un taco, luego cargó la panela en las mulas, y cuando el sol empezaba a caer, tomó nuevamente el Camino Real para volver.
Al pasar frente al templo que estaban construyendo en San Pablo, lo agarró la penumbra, avanzó otro poco y ya en las goteras del pueblo, se detuvo, pidió posada en una humilde choza, donde hospitalariamente lo recibieron. Apersogaba sus bestias, cuando notó que la última se había alejado un poco buscando alimento, y al ir por ella fue a dar a un jacal donde percibió una luz y unos murmullos como de gente orando, por respeto no se asomó, solo condujo al animal que buscaba a donde estaba el resto.
El arriero comentó el detalle a su anfitrión, quien sorprendido le dijo que ese jacal estaba abandonado desde varios meses atrás, entonces guardó silencio y se aprestó a dormir, aunque bien sabía que esa luz le empañaría el sueño de esa noche. Al día siguiente, muy temprano retomó el Camino Real, y de soslayo tiró una mirada al jacal de la noche anterior.
Poco tiempo después volvió al mismo camino por más panela, ahora batallando con el lodo de las primeras lluvias de la temporada, repitiendo la rutina que bien sabía él y los animales que conducía, y nuevamente paró en San Pablo donde ya conocía su posada. Al terminar las operaciones de la descarga, so pretexto de cumplir con las necesidades del cuerpo, se alejó un poco en dirección de aquel jacal que lo atraía, y vió nuevamente lo que la primera noche se ofreció a su vista, pero ahora picado por la curiosidad y armado de valor, se dirigió a la choza donde pudo ver la imagen de un Cristo crucificado, alumbrado por velas que iluminaban el sufrido rostro. Ante tal visión se santiguó y volvió sobre sus pasos.
Prudente, como zapoteco que era, cuando tomaban café preguntó al de la casa, si el jacal donde vió la luz en su viaje anterior ya estaba habitado, recibiendo por respuesta un no y una mirada de sospecha. Se acostó, pero aquel crucificado lo tuvo en vela hasta que nuevamente encaminó su recua hacia Lulaá.
Agonizaba el tiempo de Pascua para los cristianos, y en el arriero germinaba el deseo de volver a San Pablo, cuando el patrón nuevamente lo mandó a esa ruta que el deseaba, y al pasar por el lugar de la visión, buscó el sitio referido y no pudo ver ni una seña de vida, solo los yerbajos que rodeaban la casita.
Terminaba el sábado previo a Pentecostés, cuando, un poco más temprano que en las ocasiones anteriores, regresando con su carga, llegó a su posada, esta vez decidido a convencer a su anfitrión para que lo acompañara al viejo jacal, quien entre la duda y la sospecha accedió al deseo del arriero, y juntos al caer la noche se dirigieron al dicho lugar , en donde la Cruz sosteniendo el flagelado cuerpo de Cristo los deslumbró, flanqueado de luminosas velas y sahumado de copal.
Ante el temor de que desapareciera con la luz del día, juntos decidieron velar aquella imagen, unas veces orando, otras cavilando sobre como avisar de su hallazgo a los moradores de aquel pueblo, y al amanecer, constatando que ahí estaba palpable aquella Cruz, fueron a dar parte al sacerdote y a los Alcaldes de aquella República de Indios de tal acontecimiento.
Avisadas las autoridades, se hicieron acompañar de los principales del pueblo, se apersonaron en aquel humilde jacal y dando fe de lo dicho por el arriero, determinaron llevar aquella imagen al templo parroquial al día siguiente, justo en Pentecostés, y así se hizo, con el gozo de los lugareños que desde entonces reconocen a ese Cristo Crucificado como "El Señor del Jacal".
Escrito por el maestro. Benito Muñoz Cruz
bitibixio
2009.
Fotografía: Francisco Díaz Bailón.