11/05/2026
HOMILÍA DEL ARZOBISPO DE MONTERREY EN LA SANTA MISA POR EL DESCANSO ETERNO DE LA MAMÁ DEL PADRE ADRIAN VILLAGRAN GUERRERO LA SEÑORA ROSA MARÍA GUERRERO TREVIÑO
𝟏𝟎 𝐝𝐞 𝐦𝐚𝐲𝐨
Agradezco al padre Adrián que, en estos últimos días en que la enfermedad de su mamá fue más fuerte, estuvo en comunicación y pudimos rezar con él. Agradezco también al señor obispo, Monseñor Eugenio que nos acompaña.
El Señor quiso llamar a la señora Rosa María en este bellísimo tiempo de Pascua y también en este significativo mes de mayo: mes de las flores y mes de la Virgen.
Quiero decir que esta circunstancia, aunque pareciera inusual, es providencial. Durante estos días, la Iglesia nos invita a tener dos experiencias: la experiencia de la alegría y la de la esperanza; y estas dos virtudes atraviesan una experiencia dolorosa, la de las lágrimas. El que llora es porque ama. Tenemos el mejor ejemplo en Nuestro Señor Jesucristo, que cuando murió su amigo Lázaro, también lloró. Teniendo claridad del futuro y de la vida eterna, comprendió que nuestras despedidas siempre nos causan dolor y lloramos.
Dice el apóstol Pablo que nuestras lágrimas no sean como las de los paganos que no tienen esperanza. Nuestras lágrimas siempre tienen que ser por amor y cariño, y esto abre paso a esta virtud tan importante: la esperanza, mirar hacia adelante. Hoy decía el Señor Jesús: “¿Por qué razón? Porque yo estoy vivo y porque ustedes también están vivos”. Esa es la razón de nuestra alegría y de nuestra esperanza: porque Cristo está vivo y porque nosotros vivimos. Ya no morimos nunca; la vida es eterna. Nosotros tenemos un inicio, el día de nuestro nacimiento, pero una vida que ya no tiene término, que nos lleva hacia la eternidad. Esto siempre nos da esperanza.
Cuando le preguntaron al apóstol Pablo cómo viven los que mueren, él trató de explicarlo mediante la relación que existe entre una semilla y una planta. ¿En qué se parecen la semilla y la planta? En nada, pero sabemos que gracias a la semilla existe la planta. Hay una relación, aunque no sea evidente. Así es la vida eterna: no sabemos exactamente cómo es, pero sí sabemos que tiene que ver con lo que aquí estamos viviendo. Esa es nuestra esperanza.
El apóstol San Pedro, en la segunda lectura, nos invitaba a saber dar razón de nuestra esperanza, porque el mundo que no cree en Dios, ni en el cielo, ni en la eternidad, seguramente nos hace preguntas. Esta pregunta también la respondieron los mártires: “¿Por qué mueren cantando? Van a ser presa de las fieras y están alegres”. Esa era la razón de su esperanza: porque Cristo vive y porque hay eternidad.
Hoy nosotros estamos aquí pidiendo por nuestra hermana Rosa María, que nos está diciendo “hasta pronto”, porque todos los que estamos aquí, en algún momento, también iremos. Ella se adelanta. Ahora el Señor la tiene consigo y ya puede rezar e interceder por nosotros. Nosotros aquí pedimos por ella, en esa comunión de los santos. Rezamos no porque dudemos de que Dios le dará la eternidad, sino porque queremos mucho a Dios y la queremos mucho a ella. La oración es la expresión mayor del cariño. Rezamos a Dios porque lo amamos; rezamos por nosotros porque nos amamos. No hay otra razón de la oración que el cariño y el amor.
Le agradezco a Adrián que ayer, cuando habló por teléfono, lloró. Eso significa que ama, significa que no ha perdido la sensibilidad, y esto nos anima a todos nosotros. El amor se expresa con lágrimas, pero también el amor da esperanza. Las lágrimas son esa agua que fertiliza la alegría y la esperanza del futuro.
Démosle gracias a Dios. Digámosle que estamos muy contentos con Él. Me impresionó hace unos días ver una nota de una artista que se enojó con Dios por la muerte de su mamá y dijo que desde entonces ya no creía. Nosotros vemos las cosas de otro modo, porque sabemos que la muerte es un signo del afecto de Dios hacia nosotros, aunque no lo entendamos plenamente. Es un regalo que no alcanzamos a valorar en toda su riqueza.
Por eso le decimos a Dios en esta Eucaristía: gracias por los 72 años de vida que le diste a Rosa María; gracias por sus esfuerzos, por su entrega y su amor; y gracias también porque ya te la llevas contigo, porque la has seleccionado para que viva eternamente contigo.
Padre Adrián, ya sabes tú que, por el sacramento del Orden, somos hermanos y queremos sentir también esta maternidad de tu mamá para todos nosotros en este 10 de mayo.
Alguien pudo decir: “Qué tragedia, murió el 10 de mayo”. Yo quiero que le digamos a Dios: “¡Qué bien, qué regalo!”. En estos días de amor familiar, que nos recuerdan siempre que la maternidad es un don divino y que tiene como misión amar, no solo a los hijos, sino a todos, porque una madre tiene un amor concreto, pero también un amor universal.
Que Dios los bendiga a ustedes, especialmente a ti, Rosalio. No sé lo que significa esta ausencia de su esposa, pero nosotros queremos pedir por usted, para que esta ausencia no le quite la alegría de su corazón ni la esperanza. Es muy normal sentir esta despedida. Nosotros vamos a pedir por usted y por sus hijos, para que el Señor vaya poco a poco sanando su corazón.
Gracias, hermanos sacerdotes, que en un día domingo se dieron tiempo para acompañar aquí a Adrián en esta oración cariñosa a Dios de la vida y por haber llamado a nuestra hermana Rosa María en este sexto Domingo de Pascua, en este mes de mayo.
Ánimo, padre Adrián. Cuenta con nuestra oración y cuenta también con tu mamá, ya en el cielo.