29/03/2020
Las últimas dos semanas he tenido la responsabilidad de formarte parte del filtro sanitario del hospital en el que realizo mi servicio social. Diariamente, y sólo en el turno matutino, alrededor de 400 personas son recibidos en los accesos al edificio. A personal del hospital, pacientes que acuden a consulta, proveedores y familiares que acompañan a los pacientes hospitalizados se les tiene que revisar la temperatura, deben ser interrogados para verificar que no hayan presentado algún síntoma relacionado al COVID-19. Además, se les proporciona gel antibacterial antes de acceder al edificio. Es una labor de prevención y de seguridad.
Sin embargo, es muy común que la gente se moleste por haber sido detenidos en la puerta. Hay gente que argumenta que no les gusta la sensación del gel. Hay personas que incluso se han quejado porque consideran que no sabemos usar el termómetro digital. Personalmente, ésta última situación me hace enfadar más pues como profesional de la salud debo saber utilizar un termómetro digital.
En fin, se han presentado quejas e inconformidades de todo tipo. La gente parece menospreciar la importancia de las medidas de higiene que el hospital ha adoptado frente a la contingencia actual. No se ha llegado a valorar el beneficio que trae a todos los que permanecen en el hospital.
¿No es esto absurdo? ¿No es ilógico estar en contra de las recomendaciones que velan por su salud y su seguridad? ¿No es irracional oponerse a las medidas que se han establecido para protegerles?
Espero puedas sentir la frustración y el desaliento que esta situación en muchas ocasiones me provoca. Aunque, para ser sinceros, creo que cada uno de nosotros ha estado muchas veces en la posición de queja, de menosprecio, de insensatez.
Esta situación me ha llevado a pensar en las muchas veces que se nos ha llamado a examinar nuestros comportamientos y nuestras intenciones. Cuántas veces no hemos sido confrontados con la idea de que quizás no estamos honrando a Dios en áreas comunes como la forma de hablar, con el trato a otras personas, incluso con el contenido que compartimos en redes sociales. Creo que es común, incluso natural, que nuestro primer impulso sea mostrarnos a la defensiva, sentirnos juzgados. Como consecuencia solemos cerrarnos e ignorar el consejo.En este punto, creo que vale bastante la pena detenernos un segundo a considerar el valor del consejo. Hay muchas personas que quieren verte crecer, que velan por tu relación con el Señor y que están dispuestas a apoyarte si te encuentras en confusión o si tu corazón se siente alejado de Dios.
Te invito a valorar las oportunidades en las que Dios usa a alguien para recordarnos que él quiere seguir perfeccionándonos, que desea que le reflejemos con todo y cada milimétrica parte de nuestro ser. Pidámosle a Dios que nos sea dada sabiduría y humildad para lograr reconocer cuando la naturaleza de un consejo es acercarnos más a él y llevarnos a agradarle con todo lo que somos y hacemos.
“Si quieres ser sabio, acepta las correcciones, que buscan mejorar tu vida. Quien no acepta la corrección se hace daño a sí mismo; quien la acepta, gana en entendimiento”. Proverbios 15:31-32