25/03/2024
El Triduo Pascual comienza con la Misa en la Cena del Señor. No es la misa del “lavatorio de los pies”. Este solo es un rito dentro de esa celebración, que es muy elocuente, pero que puede ser suprimido.
Tras el “ayuno” cuaresmal del Gloria se entona nuevamente este himno, y se hace acompañado del tañido de las campanas, que anuncian el comienzo de la celebración anual del misterio pascual.
Si el Señor y el Maestro lavó los pies, sus discípulos repiten el gesto mandado (Jn 13, 14). Este rito tiene lugar tras la homilía. El sacerdote, como Cristo, lava los pies de doce personas, pero para todos es una invitación a compartir la suerte del Señor (Jn 13, 8), una invitación a vivir de forma íntima con Jesús esos días santos, a cargar su cruz, a morir con él para resucitar en él.
No se profesa la fe con el Credo, pero sí hay oración de los fieles. Luego sigue la liturgia eucarística. El Misal Romano pide usar la plegaria I. Para reafirmar esto, la trascribe íntegra nuevamente en el propio del día.
En el Canon Romano ese día se reafirma que estamos celebrando
“hoy” es el día santo en que nuestro Señor fue entregado por nosotros; que “hoy” estamos celebrando el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, y que “hoy” es la víspera de que Jesucristo padeció por nuestra salvación.
Este adverbio de tiempo, “hoy” nos indica que en la liturgia ese acontecimiento supera los límites del espacio y del tiempo, y se vuelve actual. Su efecto perdura, a pesar del paso de los días, de los años y de los siglos. Al indicar que Jesús fue entregado “hoy”, la liturgia subraya que la salvación impregna toda la historia, que sigue siendo también hoy una realidad a la que podemos llegar precisamente en la liturgia.
El Eterno entró en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible “hoy” el encuentro con él. El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. Con el “hoy” no estamos utilizando una expresión vacía, sino que queremos decir que Dios nos ofrece hoy la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo.