05/08/2026
Evangelio según san Mateo 15,21-28
«¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas.»
Hay una frase que atraviesa todo este Evangelio y que no deja de conmoverme: aquella mujer no se acerca a Jesús para pedir algo para ella. Lleva en el corazón el dolor de otra persona. Su oración tiene el rostro de su hija. Su súplica nace del amor.
¡Qué misterio tan hermoso es la intercesión! Dios ha querido que muchas gracias lleguen al mundo a través de la oración de quienes aman. Antes de que nosotros aprendiéramos a pronunciar el nombre de Jesús, probablemente ya había una madre, un padre, una abuela o alguna persona sencilla doblando las rodillas por nosotros. Cuántas lágrimas escondidas. Cuántos rosarios ofrecidos en silencio. Cuántas noches pidiendo que Dios nos cuidara, nos levantara de nuestras caídas o nos devolviera al camino cuando nos alejábamos.
Tal vez hoy somos fruto de esas oraciones que nunca vimos.
La mujer cananea nos recuerda que el amor verdadero nunca deja de llamar a la puerta de Dios. Aunque encuentre silencios, aunque parezca que nada cambia, sigue creyendo. Porque quien ama de verdad no se cansa fácilmente de esperar.
Vivimos en una cultura que nos ha ido convenciendo de que cada uno debe preocuparse únicamente por sí mismo. Nos dicen que lo importante es realizar nuestros proyectos, cuidar nuestro bienestar, proteger nuestro espacio. Poco a poco el corazón puede volverse indiferente al dolor ajeno. Incluso nuestra oración corre el riesgo de girar siempre alrededor de nuestras necesidades, mientras olvidamos cargar ante Jesús la vida de quienes sufren.
Sin embargo, el Evangelio nos muestra otra lógica: la de una mujer cuya fe se hace inmensa porque aprendió a amar más allá de sí misma. Jesús no alaba únicamente su insistencia; alaba una fe capaz de mover el corazón por otro. Una fe que no se resigna mientras alguien amado permanece herido.
¿Cuántas personas esperan hoy que alguien rece por ellas? Quizá ese hijo que se ha alejado de Dios. Ese matrimonio que está al borde de romperse. Ese joven esclavo de una adicción. Ese enfermo que ha perdido la esperanza. Ese sacerdote cansado. Esa religiosa que lucha en silencio por permanecer fiel. Tal vez nunca sepan que alguien intercedió por ellas. Pero Dios sí lo sabe.
Quizá hoy Jesús quiera preguntarnos algo muy sencillo: ¿por quién estás orando? ¿Quién ocupa un lugar en tu oración cotidiana? ¿Qué nombre llevas con perseverancia delante del Sagrario?
La mujer cananea nos recuerda que nadie llega solo al Corazón de Cristo. Todos hemos sido sostenidos alguna vez por la oración silenciosa de otros. Y también nosotros estamos llamados a convertirnos en esa presencia para alguien más.
Qué consuelo saber que, en la Iglesia, nadie camina solo. Dios ha querido que nuestras súplicas, unidas a la oración de Cristo, se conviertan en cauces de gracia para nuestros hermanos. La fe de unos sostiene el camino de muchos.
Quizá el milagro que hoy esperas para esa persona que amas todavía no ha llegado. No dejes de llamar a la puerta del Corazón de Jesús. Él nunca permanece indiferente ante una fe que ama. En sus tiempos, que siempre son perfectos, hará fecunda cada oración ofrecida con confianza.
Preguntas para el corazón
— ¿Por quién estoy intercediendo con perseverancia delante de Jesús?
— ¿He dejado de creer que Dios puede obrar en la vida de esa persona que amo?
— ¿Mi oración abraza también el sufrimiento de los demás o gira solamente alrededor de mis propias necesidades?
Oración
Señor Jesús, enséñame a tener un corazón que no viva solo para sí mismo. Hazme llevar delante de Ti el dolor, las heridas y las esperanzas de quienes has puesto en mi camino.
Bendice a todas las madres, padres, abuelos y personas que nunca dejaron de interceder por nosotros. Recompensa cada lágrima escondida y cada oración pronunciada con amor.
Y cuando mi fe se debilite, recuérdame que una oración hecha con confianza puede cambiar una vida, porque nada es imposible para Ti.
Mirza Deras, r.a.