26/07/2024
Aunque te laves con lejía, […] la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Dios el Señor (v. 22).
Jeremías 2:1-5, 21-22
«¡¿Será… posible?!», grité mientras revolvía buscando mi camisa en la secarropas. Cuando la encontré, había algo más… estaba manchada con tinta. En realidad, parecía la piel de un jaguar: manchas de tinta por todos lados. Era evidente que no había revisado los bolsillos, y un bolígrafo que goteaba había manchado toda la carga.
Las Escrituras suelen usar la palabra mancha para describir el pecado. Una mancha impregna la tela y la arruina. Y así es cómo Dios, al hablar mediante el profeta Jeremías, describe el pecado, recordándole a su pueblo que no tiene la capacidad de limpiarlo: «Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí» (Jeremías 2:22)
Gracias a Dios, el pecado no tiene la última palabra. En Isaías 1:18, Dios promete que puede quitar la mancha del pecado: «si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana».
Yo no pude quitar la mancha de tinta de mi camisa ni puedo deshacer la mancha de mi pecado. Pero Dios nos lava en Cristo, como promete 1 Juan 1:9: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad».
¿Cómo se han manifestado en tu vida el perdón y la limpieza de tus pecados? ¿Qué «mancha» deberías poner ante Dios?
Padre, que me aferre a tu promesa de que el perdón y la limpieza están en Cristo.