06/10/2025
CAMPAÑA 50 DIAS ESTUDIO LIBRO DE EFESIOS
SEMANA 1. EFESIOS 1:1-23
BENDECIDOS PARA LA GLORIA DE DIOS
DIA 1. Ser Iglesia y Hacer Iglesia
DIA 2. ¿Para qué nos Bendice Dios?
DIA 3. Sanos y Salvos
DIA 4. La Bendición de Venir a Cristo
DIA 5. Somos un Pueblo para la Gloria de Dios
DIA 6. Bendiciones Predestinadas
DIA 7. Cristo Exaltado: La Victoria de la Iglesia
SEMANA 1 | DÍA 1
BENDECIDOS PARA LA GLORIA DE DIOS
Ser Iglesia y Hacer Iglesia
Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios a los santos y fieles en Cristo Jesús
que están en Éfeso: 2 Gracia a ustedes y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Efesios
1:1, 2.
En este breve texto el apóstol Pablo, afirma que la iglesia es pueblo santo y que este pueblo santo es fiel a Cristo
Jesús. Identidad y vivencia: la iglesia es lo que somos y lo que hacemos. La palabra usada para santos se refiere
a su condición en los méritos de Cristo, por quien son puros, justificados, consagrados; mientras que fieles es el
comportamiento que tienen ellos hacia Dios. La gran pregunta es, ¿estar consagrados a Dios en Jesucristo nos
exime de vivir en consagración? O, ¿que el Padre nos vea como justos o puros nos libera de la responsabilidad
de practicar la justicia o de andar en pureza? La respuesta es no.
Lo que somos y lo que hacemos no debe ser una tensión insoportable como iglesia. Andamos en fidelidad a
Dios por lo que somos y testificamos ser santos de Dios por lo que hacemos. No podíamos ser santos y eso lo
hizo Jesús; ser fieles, es nuestra respuesta a lo que hizo. Honramos su obra al vivir como fieles a él; obedeciendo
y agradado a Dios en todas las áreas de la vida.
La fe no se limita a orar, leer la Biblia, congregarnos con otros cristianos, hacer ministerio. La fidelidad a Dios
se ejercita en nuestra relación con los padres, el esposo o esposa tanto como con los amigos, en la integridad
en el hogar y en nuestros trabajos tanto como en la iglesia, en la calle tanto como en el púlpito, en el vecindario
tanto como en la comunión con los santos, en nuestro trato hacia al pecador tanto como al ministro, en que
vivamos de toda palabra que sale de la boca de Dios tanto como en la responsabilidad de sana alimentación
diaria, en los hábitos de limpieza de nuestro cuerpo tanto como en la limpieza de nuestra mente –renovándola
con el consejo de Dios para ser transformados–, y en todo esto tanto como en nuestra celebración de la Cena
del Señor. Todo ello comprende ser espiritual.
Las palabras van perdiendo significado por el mal uso que les damos. Por ello, usamos expresiones como fe verdadera,
cristiano espiritual, discípulo auténtico, y así distinguir la fe de la superstición, al cristiano del carnal,
al discípulo del simpatizante. Lo hacemos asumiendo que hay una fe que es falsa, un cristiano que es religioso
y un discípulo de Jesucristo que sigue sus propios deseos egoístas.
Esto ocurre cuando nos referimos a la iglesia del Señor Jesucristo. Hoy se hace la distinción de “iglesia sana”,
haciendo la suposición de que hay iglesias enfermas. ¿Una fe falsa es fe? ¿Un cristiano carnal es cristiano? ¿Alguien
que de discípulo solo tiene el título sigue siendo discípulo? Y ¿una iglesia enferma? ¿Qué constituye a una
iglesia sana y a una enferma? ¿Qué parámetros utilizamos para saber si somos una u otra?
Por supuesto, todos queremos formar parte de las iglesias sanas, pero ¿seríamos capaces de reconocer que no
lo somos o preferiremos ostentar el título para sentirnos mejor con nosotros mismos y así cuidar nuestra reputación
frente a los demás? ¿Cuál es el costo de admitir que no somos una iglesia sana? Y, ¿sabemos qué hacer
para ser una de ellas o es fácil pensar que somos esa iglesia ejecutando ajustes superficiales, cosméticos y no
los necesarios, los de fondo? ¿Qué es lo que el Señor de la Iglesia sí demanda a todas sus iglesias?
Somos iglesia no porque podamos, sino porque él puede; no porque tengamos los recursos, sino porque él los
tiene: nos da su Espíritu, nos da una nueva naturaleza espiritual, su poder nos protege mediante la fe hasta que
llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos (1 Pe 1:3, 4) y tanto nuestro Señor como el Espíritu
interceden por nosotros (Ro 8:26, 34, He 7:25). Toda iglesia local tiene sus desafíos, pero nos ayudará a ser
fieles recordar nuestra identidad: hemos sido consagrados para Él.
Esta unidad con Cristo no solo es doctrinal (tenemos un Dios, un Espíritu, una fe, un Señor, un bautismo), también se expresa en que nos discipulamos, nos restauramos, nos animamos, nos enseñamos, nos corregimos, nos
aconsejamos según el consejo de Dios, nos perdonamos, nos consolamos… nos acompañamos al caminar cada
uno y juntos perseverando en la fe en Cristo Jesús.
Reflexiona:
1. ¿Hay coherencia entre mi identidad como santo y mi práctica diaria en el hogar, el trabajo y la iglesia?
2. ¿Estoy viviendo mi rol dentro del Cuerpo de Cristo activamente, o soy un espectador espiritual dentro de
mi congregación?
3. ¿Mi concepto de santidad y fidelidad está alineado con el evangelio de Cristo o con ideas humanas y superficiales
del cristianismo?
4. ¿Cuál es mi comprensión de ser bendecido para la gloria de Dios?