11/05/2026
Algunos vamos por la vida intentando controlar la intensidad de nuestras emociones, creyendo que así nos parecemos más a Dios. Aprendimos a sonreír aunque estemos rotos, a callar dudas, a esconder tristeza, a reprimir enojo y a sentir culpa por disfrutar demasiado la vida. Pero Jesús jamás vino a volvernos personas vacías o emocionalmente anestesiadas.
Las fotografías de Dios no son a blanco y negro.
Nuestro Dios ríe, canta, celebra, llora, se conmueve, se enoja ante la injusticia y ama con una ternura imposible de describir. Jesús lloró por sus amigos, se quebró en Getsemaní, abrazó niños, disfrutó mesas con gente imperfecta y también volcó mesas cuando vio abuso y corrupción. Nunca fingió sentir; expresó plenamente el corazón del Padre.
Muchos hemos sufrido acromatopsia del alma: vemos a Dios sin colores, sin matices, sin cercanía. Conocemos conceptos acerca de Él, pero no su corazón. Y cuando eso pasa, terminamos adorando a un Dios rígido, distante y frío que se parece más a nuestros miedos que al Jesús de los Evangelios.
Pero el verdadero Evangelio nos devuelve la capacidad de sentir. Nos recuerda que no tenemos que fingir fortaleza todo el tiempo. Que podemos llorar sin culpa, descansar sin miedo, disfrutar la vida, abrazar, reír, celebrar y también decirle a Dios exactamente cómo nos sentimos.
Porque la santidad no es ausencia de emociones; es permitir que Dios habite cada una de ellas.
Y quizá hoy alguien necesita escuchar esto:
Dios no está esperando la versión perfecta de ti. Solo quiere un corazón sincero que se atreva a conocerlo de verdad.
No más falsas sonrisas.
No más dolores escondidos.
No más vidas a blanco y negro.
Fuimos llamados a vivir un Evangelio lleno de color.