28/08/2026
LAS MANOS CONSAGRADAS
PARA SERVIR
Hay momentos en la vida de la Iglesia que pueden explicarse con muchas palabras, pero que también contienen una profundidad extraordinaria en un solo gesto. Así ocurre durante una ordenación sacerdotal cuando el Obispo impone sus manos sobre la cabeza de los candidatos y, después, los sacerdotes del presbiterio hacen lo mismo.
SON MANOS QUE HABLAN
DE UNA MISIÓN
El primero en imponerlas es el Obispo, porque a él, como sucesor de los Apóstoles y ministro del Sacramento del Orden, corresponde conferir la ordenación sacerdotal. En aquel momento no se trata simplemente de una felicitación, de un abrazo o de un signo de cercanía. Mediante la imposición de manos y la oración consecratoria, la Iglesia invoca al Espíritu Santo para que el elegido sea configurado sacramentalmente con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Después, los sacerdotes se acercan uno a uno para imponer también sus manos sobre los nuevos presbíteros. Es un gesto profundamente hermoso. Quien hasta ese momento era candidato, a partir de su ordenación queda incorporado al presbiterio y comienza una nueva vida de comunión con el Obispo y con sus hermanos sacerdotes.
Cada mano colocada sobre su cabeza parece decir: «No caminarás solo. Recibimos tu ministerio, compartiremos contigo la misión y formamos contigo un mismo presbiterio al servicio del Pueblo de Dios».
Pero la liturgia nos ofrece después una imagen aún más conmovedora.
Los recién ordenados, que poco antes estaban inclinados recibiendo la imposición de manos, ahora levantan sus propias manos para bendecir al Obispo y a los sacerdotes. ¿Qué ha sucedido?
HA SUCEDIDO EL SACRAMENTO
Aquellas manos han sido consagradas para el ministerio sacerdotal. Desde ese momento, el nuevo sacerdote podrá levantar el Pan y el Vino en la Eucaristía, pronunciar las palabras de la consagración, extender sus manos para bendecir, ungir a los enfermos y servir al Pueblo de Dios en nombre de Cristo y de la Iglesia.
Por eso, cuando el nuevo sacerdote bendice al Obispo y a sus hermanos presbíteros, no significa que sea superior a ellos. Significa que ha recibido verdaderamente el don del sacerdocio y que la gracia sacramental ya actúa en su ministerio.
Finalmente, llega un gesto lleno de fe y tradición: el beso de las manos de los nuevos sacerdotes.
No es un homenaje a la persona ni una exaltación humana. Es una expresión de veneración a las manos que han sido consagradas para tocar las cosas santas y para servir al pueblo. Son manos que celebrarán la Eucaristía, que llevarán el perdón de Dios y que bendecirán a quienes buscan la misericordia y la esperanza.
En una ordenación sacerdotal, por tanto, las manos cuentan una historia completa: unas transmiten el ministerio, otras reciben al nuevo hermano y, finalmente, las manos recién consagradas comienzan a bendecir.
Porque el sacerdote recibe sus manos no para ser servido, sino para servir. No para levantar su propia grandeza, sino para elevar a Cristo. No para separarse del pueblo, sino para acercarlo a Dios.
Ése es, quizá, uno de los signos más bellos de la ordenación sacerdotal: unas manos humanas, con toda su fragilidad, son consagradas para convertirse en instrumentos de la gracia de Dios.
Ordenación sacerdotal de Osvaldo, Juan Antonio y Maximiliano