06/10/2015
La santificación no consiste en un abandono del mundo y de las obligaciones sociales
Con el correr de los siglos han sido muchos los que han caído en esta trampa en sus intentos de buscar la santidad. Cientos de ermitaños se han enterrado en algún desierto, y miles de hombres y mujeres se han encerrado entre las paredes de monasterios y conventos, movidos por la vana idea de que de esta manera escaparían del pecado y conseguirían la santidad. Se olvidaron de que ni las cerraduras, ni las paredes pueden mantener afuera al diablo y que allí donde vayamos llevamos en nuestro corazón la raíz del mal. El camino de la santificación no consiste en hacerse monje, o monja, o miembro de la Casa de Misericordia. La verdadera santidad no aísla al creyente de las dificultades y las tentaciones, sino que hace que éste les haga frente y las supere. La gracia de Cristo en el creyente no lo convierte en una planta de invernadero, que sólo puede desarrollarse bajo abrigo y protección, sino que es algo fuerte y vigoroso que puede florecer en medio de cualquier relación social y medio de vida. Es esencial a la santificación el que nosotros desempeñemos nuestras obligaciones allí donde Dios nos ha puesto, como la sal en medio de la corrupción y la luz en medio de las tinieblas. No es el hombre que se esconde en una cueva, sino el hombre que glorifica a Dios como amo o sirviente, como padre o hijo, en la familia o en la calle, en el negocio o en el colegio, el que responde al tipo bíblico del hombre santificado. Nuestro Maestro dijo en su última oración: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17.15).