01/02/2026
La Escritura no solo confronta al que siembra división dentro de la iglesia, sino también al que le da lugar. El chisme y la murmuración no sobreviven solo por la boca que habla, sino por el oído que decide escuchar.
Pablo, escribiendo a Tito —un pastor encargado de cuidar la salud doctrinal y espiritual de la iglesia—, da una instrucción clara y sin ambigüedades:
“Al que cause divisiones, después de una y otra amonestación, deséchalo”
(Tito 3:10)
Este mandato no nace de intolerancia ni de falta de amor, sino de discernimiento pastoral. En el contexto de la carta, Pablo está protegiendo a la iglesia de personas que, mediante palabras, corrompen la fe, dañan el testimonio del evangelio y deshonran el nombre de Cristo. La división no es un pecado privado; es un pecado contagioso.
Pero el daño no se limita al que divide. Quien presta oído al divisor termina participando de su obra. La Biblia advierte que “las palabras del chismoso son como bocados suaves” (Proverbios 18:8), porque parecen inofensivas, pero penetran y deforman el corazón. Así, el que escucha termina repitiendo, tomando partido y, finalmente, convirtiéndose en uno de ellos.
El resultado es devastador:
se mancha el nombre de Jesús,
se desacredita a Su iglesia,
y se debilita el testimonio ante el mundo (Juan 17:21).
Por eso la madurez cristiana no consiste solo en no hablar mal, sino también en saber cuándo cerrar el oído. Amar a Cristo es amar Su iglesia, y amar a la iglesia implica rechazar toda forma de división, venga de quien venga.
La verdadera piedad no se sienta a escuchar al acusador; lo confronta con la verdad o se aparta de él.