08/08/2026
“Deseo, confianza y búsqueda de Dios”
Sábado XVIII del TO ciclo A
(Hab 1,12-2,4; Sal 9, Mt 17,14-20)
1. “El Señor no abandona a los que lo buscan”. Esta frase del salmo de hoy es iniciada por aquella otra: “que confíen en ti los que te conocen”. El deseo, la confianza y la búsqueda de Dios es correspondida por Dios mismo, porque el deseo de Dios sólo puede ser puesto por Él en el corazón del hombre y de la mujer dado que no podemos desear sino sólo aquello que se nos presenta al corazón. Y si el deseo de Dios está en el nuestro, quiere decir que Dios ya lo ha puesto en primer lugar.
- Este deseo de Dios, dice el catecismo de la Iglesia “está inscrito (por Dios) en el corazón del hombre" (n. 27), por el hecho de serlo. De esta forma, “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación (llamada) del hombre a la comunicación con Dios” (Gaudium et Spes n. 19). Es Dios quien toma la iniciativa. Y quién más podría ser sino quien ha creado al hombre y sabe lo que éste necesita para su plena felicidad.
- Cuando este deseo de Dios se hace realidad en la vida cristiana se cumple mejor la voluntad de Dios y, entonces, hacemos que el mismo cielo descienda a la tierra. Decía el papa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazareth: “¡Si el cielo bajara a la tierra! La característica del cielo es que allí se cumple indefectiblemente la voluntad de Dios, o con otras palabras, donde se cumple la voluntad de Dios está el cielo. La esencia del cielo es ser una sola cosa con la voluntad de Dios. La tierra se convierte en cielo en la medida en que en ella se cumple la voluntad de Dios. Por eso pedimos que las cosas vayan en la tierra como van en el cielo, que la tierra se convierta en cielo”.
2. El deseo de Dios se une con el tema de la fe en Dios: desear a Dios supone creer en Él. Jesús echa de menos la poca fe de la gente que lo sigue, y no deja de exhortar a sus discípulos a ejercitarla con intensidad, pues ella es capaz de mover montañas.
- La fe es un don divino. Todos la poseemos desde el día que recibimos el bautismo, pero lamentablemente es muy poco ejercitada en la vida del cristiano; si uno la ejercitara, juntamente con la virtud de la esperanza, entonces se haría más fácil el camino de la santidad. San Agustín escribía que “con la espera, Dios amplía nuestro deseo; con el deseo amplía el alma, y dilatándola la hace más capaz”. Jesús concluía diciendo que para el que cree “nada sería imposible”, y ¿lo creo?
3. Jesús hizo un bien a un padre acongojado por la posesión demoniaca de su hijo. Los discípulos no consiguieron liberarlo por su falta de fe.
- El Señor también nos manda a hacer el bien. Pero el bien hay que hacerlo bien. Los discípulos iban lentos en el aprendizaje, es verdad, pero también los que confiaron su necesidad en los discípulos les faltó confiar en ellos. Todos tenemos que aprender a creer, a esperar y a buscar a Dios, no por los milagros, sino con la fe auténtica de quien cree sin haber visto (Jn 20,29). La fe es el primer paso si queremos que Dios actúe en nosotros o en los demás, en la curación o la liberación. Sin fe no hay confianza en quien se cree, sin confianza no hay deseo de Dios, y sin ese deseo no hay vida cristiana.