SEÑOR DE LA PIEDAD

SEÑOR DE LA PIEDAD "CON AMOR Y HUMILDAD, SERVIMOS AL SEÑOR DE LA PIEDAD"

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10/09/2026

Santa Eucaristía, Jueves Eucarístico

Domingo 6 de septiembre de 2026XXIII Domingo del Tiempo Ordinario                                                       ...
06/09/2026

Domingo 6 de septiembre de 2026
XXIII Domingo del Tiempo Ordinario «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20)

Reflexión sobre el Santo Evangelio según San Mateo 18, 15-20

Estimados hermanos:
En el Evangelio de este domingo, Jesús nos habla de algo que muchas veces nos cuesta vivir: la corrección fraterna, la reconciliación y el amor hacia nuestros hermanos.
Jesús nos dice: «Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas». No nos invita a hablar mal de quien se ha equivocado, ni a señalarlo delante de los demás. Nos pide acercarnos a él con amor, respeto y humildad, buscando ayudarlo a reconocer su error y encontrar nuevamente el camino.
Cuántas veces, cuando alguien nos ofende o comete un error, hacemos justamente lo contrario: comentamos su falta con otras personas, lo juzgamos, lo señalamos y terminamos aumentando el problema. Jesús nos enseña otro camino: hablar de frente, pero con caridad; corregir, pero sin humillar; buscar la verdad, pero sin perder el amor.
La corrección fraterna no nace del deseo de hacer sentir mal al otro, sino del deseo de ayudarlo a levantarse. No se trata de demostrar que tenemos la razón, sino de ganar nuevamente a nuestro hermano. Porque quien verdaderamente ama no es indiferente ante el error de quien tiene cerca. Pero este Evangelio también nos invita a mirar nuestro propio corazón.
Antes de querer corregir a los demás, debemos preguntarnos:
¿También soy capaz de reconocer mis propios errores?
¿Acepto cuando alguien me corrige?
¿Sé pedir perdón?
¿Estoy dispuesto a cambiar aquello que también necesita ser cambiado en mí?
A veces queremos cambiar a todos, pero nos cuesta cambiar nosotros mismos.
Por eso, la corrección fraterna comienza también con la humildad. No podemos corregir desde el orgullo, sino desde el amor; no desde la superioridad, sino desde la conciencia de que todos necesitamos de la misericordia de Dios.
Jesús también nos recuerda el enorme valor de la comunidad cuando nos dice:
«Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos».
Qué hermoso saber que no estamos solos.
Cuando una familia se reúne para orar, cuando una comunidad se une para pedir por una necesidad, cuando dos personas buscan reconciliarse poniendo a Cristo en el centro, Jesús está presente.
Por eso, nuestra fe no puede quedarse solamente en las palabras o dentro de los templos. Debe hacerse vida en nuestras familias, en nuestras amistades, en nuestros trabajos y en nuestras comunidades.
Quizá hoy tengamos algún hermano, familiar, amigo o compañero con quien estamos distanciados. Tal vez llevamos tiempo sin hablarnos por orgullo, por una ofensa o por alguna palabra que nos lastimó.
El Evangelio de hoy nos invita a dar el primer paso.
No siempre podremos solucionar todos los problemas, ni todas las personas estarán dispuestas a reconciliarse con nosotros. Pero sí podemos comenzar por nuestra parte: perdonar, pedir perdón, hablar con sinceridad y dejar que Dios sane aquello que nosotros no podemos sanar solos.
Estimados hermanos, que este domingo aprendamos a ser verdaderos instrumentos de reconciliación.
Que no seamos personas que dividen, que murmuran o que juzgan, sino cristianos capaces de acercar, comprender, corregir con amor, perdonar y construir la paz.
Y cuando nos reunamos en familia, en nuestra comunidad o alrededor del altar, recordemos siempre las palabras de Jesús:
«Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos».
Que Cristo esté siempre en medio de nuestras familias, de nuestras comunidades y de cada uno de nosotros.
Que cuando haya división, llevemos unidad.
Que cuando haya heridas, llevemos consuelo.
Que cuando haya resentimiento, llevemos perdón.
Y que cuando alguien se haya alejado de nosotros, sepamos acercarnos con amor y humildad.
Que lo que Dios ha iniciado en nosotros, lo lleve a feliz término.
Que así sea.
Humberto Ramírez



Domingo 30 de agosto de 2026Domingo XXII del Tiempo Ordinario                                                           ...
30/08/2026

Domingo 30 de agosto de 2026
Domingo XXII del Tiempo Ordinario «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mt 16,24) Reflexión sobre el Santo Evangelio según San Mateo 16,21-27
Estimados hermanos:
En este Evangelio, Jesús comienza a revelar a sus discípulos algo que ellos quizá no estaban preparados para escuchar: el Mesías tendrá que padecer, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día.
Pedro, que momentos antes había proclamado con firmeza que Jesús era el Mesías, ahora no comprende que el camino de Cristo pase por la cruz. Por eso intenta apartarlo de ese destino. Pero Jesús le responde con palabras muy fuertes: «¡Apártate de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo».
¿Por qué Jesús le habla así a Pedro? No porque haya dejado de amarlo, sino porque Pedro estaba intentando colocar la voluntad humana por encima del plan de Dios. Pedro quería un Mesías victorioso, pero sin sufrimiento; quería la gloria, pero sin cruz.
Y aquí encontramos una enseñanza muy importante para nuestra vida: también nosotros podemos querer seguir a Jesús, pero solamente cuando el camino resulta cómodo. Podemos decir que tenemos fe mientras todo marcha bien, pero cuando llegan las dificultades, las enfermedades, los problemas familiares, las injusticias, las pérdidas o las decepciones, podemos preguntarnos: «¿Por qué Dios permite esto?»
Jesús no nos promete una vida sin cruces. Al contrario, nos dice claramente: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga».
Tomar la cruz no significa buscar el sufrimiento ni resignarnos ante las injusticias. Significa permanecer fieles a Dios aun cuando seguirlo implique sacrificio, paciencia, perdón, servicio y entrega.
La cruz también aparece cuando decidimos perdonar aunque nos hayan herido; cuando hacemos el bien aunque nadie nos lo agradezca; cuando seguimos sirviendo aunque estemos cansados; cuando defendemos la verdad sin odio; cuando cuidamos de nuestra familia aun en medio de las dificultades; y cuando confiamos en Dios incluso sin comprender completamente sus caminos.
Jesús también nos advierte sobre una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: preocuparnos tanto por ganar el mundo que terminemos perdiendo el alma.
Podemos conseguir dinero, reconocimiento, bienes materiales, títulos, poder o prestigio, pero ninguna de esas cosas puede sustituir la paz que nace de vivir reconciliados con Dios. Por eso Cristo pregunta:
«¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?»
Esta pregunta debería acompañarnos todos los días. Porque al final de nuestra existencia no importará únicamente cuánto acumulamos, cuánto conseguimos o cuántas personas nos reconocieron. Lo verdaderamente importante será qué hicimos con el amor que Dios puso en nuestras manos.
Estimados hermanos, seguir a Cristo no significa caminar por un camino fácil; significa caminar por el camino correcto. Y ese camino pasa por la cruz, pero la cruz no tiene la última palabra: después de ella viene la resurrección.
Cuando nuestras fuerzas parezcan agotarse, recordemos que Jesús no nos pide cargar solos nuestra cruz. Él camina con nosotros. Él conoce el dolor, el abandono, el rechazo y el sufrimiento. Y precisamente porque Él pasó por la cruz y venció la muerte, podemos confiar en que ninguna cruz ofrecida con amor será inútil delante de Dios.
Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de no buscar solamente un cristianismo cómodo, sino una fe verdadera; una fe capaz de amar, servir, perdonar y permanecer firme en las dificultades.
Que cuando llegue nuestra propia cruz no huyamos de Cristo, sino que podamos decir con confianza: «Señor, no entiendo todo lo que estoy viviendo, pero confío en ti. Ayúdame a cargar mi cruz y a seguir caminando contigo».
Porque quien entrega su vida por Cristo no la pierde: la encuentra plenamente en Él.
Amén.
Que lo que Dios ha iniciado en nosotros, lo lleve a feliz término.
Que así sea.
Humberto Ramírez




25/08/2026

En presencia de Jesús Sacramentado 🙏❤️

Acompáñanos en este momento de oración y adoración ante el **Santísimo Sacramento del Altar**. 🕊️✨

Dejemos por un momento nuestras preocupaciones y acerquémonos con fe al Señor, confiando en que **Él escucha nuestras súplicas, conoce nuestras necesidades y nunca abandona a quienes ponen su corazón en sus manos**.

🙏 Ora por tu familia, por los enfermos, por quienes más lo necesitan y también por tus propias intenciones.

**“Quédate, Señor, conmigo; necesito tu presencia.”**

**Adoremos, alabemos y demos gracias a Jesús Sacramentado.**
❤️ ¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

Tu eres el Mesías, El hijo de Dios vivo (Mt. 16:16)Ante Jesús Sacramentado, todo encuentra su lugar: el silencio se conv...
24/08/2026

Tu eres el Mesías, El hijo de Dios vivo (Mt. 16:16)
Ante Jesús Sacramentado, todo encuentra su lugar: el silencio se convierte en oración, la mirada en contemplación y el corazón en adoración. Frente a la Cruz y al Santísimo Sacramento, recordamos que Cristo está verdaderamente presente y nos invita a permanecer con Él.

Domingo 23 de agosto de 2026 Domingo XXI del Tiempo Ordinario«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt. 16:16) Refle...
23/08/2026

Domingo 23 de agosto de 2026
Domingo XXI del Tiempo Ordinario
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt. 16:16)
Reflexión sobre el Santo Evangelio según San Mateo (16, 13-20)

Estimados hermanos en este Evangelio, podemos ver cómo Jesús lleva a sus discípulos a un lugar decisivo: Cesarea de Filipo, y les hace una pregunta que, aunque parece sencilla, toca el corazón de la fe: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Los discípulos responden con lo que han escuchado de los demás. Pero Jesús cambia la pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Ya no se trata de lo que dicen los demás. Se trata de nuestra propia relación con Jesús.
Podemos conocer muchas cosas acerca de Cristo, escuchar homilías, leer el Evangelio, participar en la Misa e incluso hablar de nuestra fe; pero llega un momento en que Jesús nos pregunta personalmente: «¿Quién soy yo para ti?» Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Pedro no solamente reconoce a Jesús como un gran maestro o como un profeta. Reconoce en Él al Hijo de Dios, al Salvador esperado. Y Jesús le dice que esa respuesta no viene solamente de la inteligencia humana, sino de la revelación de Dios. Después Jesús pronuncia unas palabras que marcarán la historia de la Iglesia: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Pedro, como ser humano, tenía virtudes y también debilidades. No era perfecto. Sin embargo, Jesús confía en él y le encomienda una misión. Esto también nos enseña algo importante: Dios no llama solamente a personas perfectas; llama a personas dispuestas a dejarse transformar por Él. Pedro todavía tendría mucho que aprender. Más adelante incluso negaría a Jesús. Pero su historia nos recuerda que una caída no tiene por qué ser el final. La misericordia de Cristo puede transformar nuestras debilidades en una oportunidad para crecer en la fe.

Estimados hermanos, hoy también Jesús nos hace la misma pregunta: ¿Quién soy yo para ti? No basta responder que Jesús es el Hijo de Dios porque así lo aprendimos. La verdadera respuesta está en si nuestras decisiones, nuestras palabras, nuestra manera de tratar a los demás y nuestra forma de enfrentar las dificultades demuestran que realmente creemos en Él.
Porque reconocer a Jesús como el Mesías significa poner nuestra vida en sus manos. Cuando llegan los problemas, cuando sentimos que nuestra barca se mueve con fuerza —como en el Evangelio que escuchábamos hace dos domingos—, es cuando nuestra respuesta adquiere verdadero sentido. No basta decir «Señor» cuando todo está bien; la fe se demuestra especialmente cuando, en medio de la tormenta, somos capaces de decir: «Señor, confío en ti».
Pedro reconoció quién era Jesús, pero tuvo que aprender poco a poco a vivir de acuerdo con esa confesión. También nosotros estamos en ese camino. Que hoy podamos preguntarnos sinceramente: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Es solamente alguien de quien aprendí en mi infancia?
¿Es solamente una tradición? ¿O es verdaderamente el Hijo de Dios vivo, el centro de mi vida, aquel en quien pongo mi esperanza?

Estimados hermanos, pidamos a Dios que nuestra respuesta no sea solamente una palabra pronunciada con los labios, sino una verdad que se refleje en nuestra vida.
Señor Jesús, aumenta nuestra fe para reconocerte, seguirte y permanecer contigo. Y cuando lleguen las dificultades, ayúdanos a no olvidar quién eres: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Amén.
Que lo que Dios ha iniciado en nosotros, lo lleve a feliz término.
Que así sea
Humberto Ramírez



19/08/2026

Recuerdo momentos antes de comenzar la 136 peregrinación a pie de Querétaro al Tepeyac


Domingo 16 de agosto de 2026Domingo XX del Tiempo OrdinarioReflexión sobre el Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28"...
16/08/2026

Domingo 16 de agosto de 2026
Domingo XX del Tiempo Ordinario
Reflexión sobre el Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28
"¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas." (Mt 15, 28)

Estimados hermanos:

El Evangelio de este domingo continúa el camino de fe que San Mateo nos viene presentando. Si el domingo pasado escuchábamos a Jesús decirle a Pedro: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (Mt 14, 31), hoy escuchamos unas palabras completamente distintas dirigidas a una mujer cananea: "¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas." (Mt 15, 28). Dos personas, dos circunstancias distintas y una misma enseñanza: la fe verdadera permanece firme aun en medio de la prueba.

San Mateo nos presenta así dos actitudes frente a la fe. Pedro, uno de los discípulos más cercanos a Jesús, deja que el temor sea más fuerte que su confianza y comienza a hundirse. La mujer cananea, por el contrario, siendo extranjera y sin pertenecer al pueblo de Israel, no se deja vencer por el silencio, las dificultades ni las aparentes negativas de Jesús. Precisamente por eso, su fe resulta aún más admirable, pues reconoce en Jesús al Hijo de David, es decir, al Mesías prometido, cuando muchos miembros del propio pueblo de Israel todavía se resisten a creer en Él. Mientras Pedro duda ante el viento, ella persevera en medio de la prueba.
La mujer llega suplicando por la salud de su hija: "Señor, Hijo de David, ten compasión de mí." Su oración nace del amor y del sufrimiento. Aunque Jesús guarda silencio al principio y sus palabras parecen poner a prueba la profundidad de su confianza, no lo hace para rechazarla, sino para manifestar públicamente la grandeza de su fe y enseñar a sus discípulos que la misericordia de Dios comienza a manifestarse también a quienes no pertenecen al pueblo de Israel, anticipando la salvación ofrecida a todas las naciones. Ella, por su parte, no se ofende ni abandona su petición. Con humildad responde: "También los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos." Esa respuesta revela un corazón que confía plenamente en la misericordia de Dios.
Finalmente, Jesús pronuncia unas palabras que quedan para siempre como uno de los mayores elogios de la fe en todo el Evangelio: "¡Mujer, qué grande es tu fe!" No alaba su origen, su condición social o sus méritos, sino la firmeza de su confianza. La fe de esta mujer supera los obstáculos, vence el desaliento y permanece firme incluso cuando Dios parece guardar silencio.
También nosotros vivimos momentos semejantes. Hay ocasiones en que sentimos que Dios guarda silencio ante nuestras súplicas; pedimos por la salud, por el trabajo, por nuestra familia o por la paz del mundo, y la respuesta parece no llegar. Sin embargo, el silencio de Dios nunca significa abandono; muchas veces es una invitación a crecer en la confianza. Es precisamente en esos momentos cuando nuestra fe es puesta a prueba.
El Evangelio de estos dos domingos nos invita a hacer un examen de nuestra propia fe. ¿Nos acercamos a Dios solo cuando las cosas marchan bien? ¿Abandonamos la oración cuando las respuestas tardan? ¿Permitimos que las dificultades apaguen nuestra esperanza? Jesús nos enseña que la verdadera fe no consiste en no tener pruebas, sino en seguir confiando incluso en medio de ellas.
Pedro nos enseña que incluso quien ama a Cristo puede vacilar; la mujer cananea nos enseña que quien persevera en la fe nunca queda defraudado. Ambos Evangelios nos recuerdan que el Señor no busca una fe perfecta, sino una fe que, aun en medio de las caídas y las pruebas, siga confiando en Él.
Estimados hermanos, pidamos al Señor que transforme nuestra "poca fe" en una "gran fe". Y que la Santísima Virgen María, mujer de fe inquebrantable, nos enseñe a confiar siempre en la voluntad de Dios, incluso cuando no comprendemos sus tiempos, para que, perseverando hasta el final, un día también nosotros podamos escuchar de labios de Cristo aquellas palabras que dirigió a la mujer cananea: "¡Qué grande es tu fe!". Amén.
Lo que Dios ha iniciado en nosotros, lo lleve a feliz término.
Que así sea.
Humberto Ramírez



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