15/07/2026
Una iglesia jamás debe tomar a la ligera la preparación bíblica de quienes enseñan la Palabra de Dios.
Un pastor, un maestro de Escuela Dominical, un líder de jóvenes, un discipulador o cualquier creyente encargado de enseñar puede tener buenas intenciones, ser carismático e incluso apasionado. Sin embargo, si no está preparado en las Escrituras, tarde o temprano esa falta de formación se reflejará en su enseñanza. Comenzarán las interpretaciones fuera de contexto, las enseñanzas superficiales, las improvisaciones y los errores doctrinales. En lugar de alimentar al pueblo de Dios con la sana doctrina, terminará sembrando confusión (2 Timoteo 2:15; Tito 1:9).
Con el tiempo, una iglesia expuesta constantemente a una enseñanza deficiente se debilita espiritualmente, es llevada por todo viento de doctrina (Efesios 4:14) y corre el peligro de apartarse de la verdad (2 Timoteo 4:3–4).
Por eso, la iglesia debe ser cuidadosa al confiar la enseñanza de la Palabra. No debe fijarse únicamente en la elocuencia, el entusiasmo o la popularidad de una persona, sino también en si es apta para enseñar (1 Timoteo 3:2), si retiene la fiel Palabra (Tito 1:9) y si maneja con precisión la Palabra de verdad (2 Timoteo 2:15).
Quien enseña la Biblia tiene la responsabilidad de estudiar con diligencia antes de hablar. La salud espiritual de una iglesia depende, en gran medida, de la fidelidad con que la Palabra de Dios sea enseñada.