21/08/2026
Durante el Credo, casi toda la asamblea permanece de pie. Pero al llegar a las palabras que anuncian que el Hijo de Dios se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre, la liturgia pide una inclinación profunda.
Muchos no la hacen porque nunca se les explicó. Otros bajan ligeramente la cabeza. Y algunos creen que se trata de un gesto reservado al sacerdote. En realidad, el Misal indica que todos se inclinan profundamente en ese momento.
¿Por qué?
Porque la Iglesia no quiere que proclamemos la Encarnación como una idea más dentro de una lista. Nuestro cuerpo se inclina ante el misterio de que el Hijo eterno de Dios asumió verdaderamente nuestra humanidad.
Eso muestra que no estamos ante una costumbre decorativa. La postura cambia porque la verdad proclamada es central para la fe cristiana.
El cristianismo confiesa que el Verbo se hizo carne. El Hijo de Dios, sin dejar de ser verdadero Dios, asumió una naturaleza humana real: nació de la Virgen María, entró en la historia, conoció el cansancio, el sufrimiento y la muerte, y resucitó con una humanidad glorificada.
La inclinación expresa asombro, reverencia y humildad. Es un lenguaje corporal que reconoce su admirable abajamiento: Aquel que es eterno aceptó nuestra condición para salvarnos desde dentro.
Es una característica hermosa de la liturgia católica: la fe no se profesa únicamente con la mente y la voz. También se profesa con el cuerpo. Somos una unidad de cuerpo y alma. Lo que hacemos exteriormente puede expresar, sostener y enseñar lo que creemos interiormente.
¿Por qué la liturgia destaca precisamente la Encarnación?
Porque la fe católica confiesa una sola Persona divina, el Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso pudo amar con corazón humano, trabajar con manos humanas, sufrir realmente y ofrecer su vida por nosotros.
La inclinación dura apenas unos segundos, pero contiene una catequesis completa: Dios se acercó tanto que tomó lo nuestro para comunicarnos lo suyo.
En las solemnidades de la Anunciación y de la Navidad, la genuflexión o el arrodillarse subraya todavía más este misterio. El calendario litúrgico ayuda así a que una misma verdad sea contemplada con especial intensidad en los días que celebran el anuncio a María y el nacimiento de Cristo.
¿Qué conviene hacer en la práctica? Escuchar las palabras del Credo, identificar el momento y realizar una inclinación del cuerpo, no solamente un movimiento rápido de cabeza. No hace falta exagerarla ni convertirla en una exhibición. Debe ser sencilla, consciente y común con la asamblea.
Y mientras el cuerpo se inclina, el corazón puede pronunciar una breve acción de gracias: “Señor Jesús, gracias por hacerte verdaderamente hombre por nuestra salvación”.
La próxima vez que llegue ese momento, quizá el Credo ya no te parezca una fórmula larga que se recita de memoria. Al inclinarte, recordarás que la fe cristiana comienza con un Dios que no permaneció distante.
Nosotros inclinamos el cuerpo porque él, por amor, se acercó primero.