12/10/2014
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2011
«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21)
Con ocasión del Jubileo del año 2000, el venerable Juan Pablo II, al comienzo de un
nuevo milenio de la era cristiana, reafirmó con fuerza la necesidad de renovar el
compromiso de llevar a todos el anuncio del Evangelio «con el mismo entusiasmo de
los cristianos de los primeros tiempos» (Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio más
valioso que la Iglesia puede prestar a la humanidad y a toda persona que busca las
razones profundas para vivir en plenitud su existencia. Por ello, esta misma invitación
resuena cada año en la celebración de la Jornada mundial de las misiones. En efecto, el
incesante anuncio del Evangelio vivifica también a la Iglesia, su fervor, su espíritu
apostólico; renueva sus métodos pastorales para que sean cada vez más apropiados a las
nuevas situaciones —también las que requieren una nueva evangelización— y animados
por el impulso misionero: «La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad
cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La
nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el
compromiso por la misión universal» (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 2).
Id y anunciad
Este objetivo se reaviva continuamente por la celebración de la liturgia, especialmente
de la Eucaristía, que se concluye siempre recordando el mandato de Jesús resucitado a
los Apóstoles: «Id...» (Mt 28, 19). La liturgia es siempre una llamada «desde el mundo»
y un nuevo envío «al mundo» para dar testimonio de lo que se ha experimentado: el
poder salvífico de la Palabra de Dios, el poder salvífico del Misterio pascual de Cristo.
Todos aquellos que se han encontrado con el Señor resucitado han sentido la necesidad
de anunciarlo a otros, como hicieron los dos discípulos de Emaús. Después de reconocer
al Señor al partir el pan, «y levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén,
donde encontraron reunidos a los Once» y refirieron lo que había sucedido durante el
camino (Lc 24, 33-35). El Papa Juan Pablo II exhortaba a estar «vigilantes y preparados
para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran
anuncio: ¡Hemos visto al Señor!» (Novo millennio ineunte, 59).
A todos
Destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos. La Iglesia «es, por su
propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la
misión del Espíritu Santo, según el plan de Dios Padre» (Ad gentes, 2). Esta es «la dicha
y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Existe para evangelizar»
(Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14). En consecuencia, no puede nunca cerrarse en sí
misma. Arraiga en determinados lugares para ir más allá. Su acción, en adhesión a la
palabra de Cristo y bajo la influencia de su gracia y de su caridad, se hace plena y
actualmente presente a todos los hombres y a todos los pueblos para conducirlos a la fe
en Cristo (cf. Ad gentes, 5).