16/07/2025
Pastor, quería decirte que no estaremos en la iglesia los siguientes tres meses porque mi hija está en un equipo y tienen partidos los domingos y entrenamientos entre semana”.
Sentí un vacío en mi estómago. No fue sorpresa, porque he escuchado esta clase de afirmaciones docenas de veces de parte de diferentes padres a través de los años. Deportes, obras de teatro, grupos musicales, proyectos comunitarios, etc. Una larga lista de programas y distracciones que inevitablemente alejan a una familia de la iglesia por un tiempo. “Bueno, quisiera animarte a reconsiderarlo”, comencé a decirle.
Pero no había manera de hacerle cambiar de parecer. Le expliqué calladamente la importancia de su rol como padre a la hora de poner el estándar para sus hijos. Le hablé de la importancia de poner a Dios en primer lugar. Le hablé de la importancia de asistir a la iglesia local (He. 13:17). Pero, en frente mío, estaba un hombre y padre que, en vez de guiar a su familia hacia la santidad, estaba escogiendo infligirles heridas espirituales.
“Pues, total, ya son salvos. ¿Qué más hay?”, dijo jovialmente.
Sentí que la cara se me ponía roja. “¿Qué más hay?, le pregunté, “¡La vida! El Evangelio es para toda la vida no solo es una tarjeta de ‘salir gratis del infierno’. A la larga, el que tu familia esté aquí les ayudará mucho más que este deporte. Créeme”.
Ahora me replicó con más hostilidad: “Pues, ellos necesitan aprender de trabajar en equipo y cosas así”. Intercambiamos algunas palabras más y salió de la iglesia —sus hijos y su esposa detrás de él—. Sus hijos asistieron a unas cuantas actividades de jóvenes. Y luego, nunca más los volvimos a ver.
Como pastor, mi corazón todavía se duele al recordar ese intercambio y muchos más como ese. Como un creyente que cree que el reunirse con los santos es un valioso y obligatorio privilegio de la gracia, siempre he batallado con esta clase de conversaciones —y sigo batallando—. Me quedo estupefacto al ver la facilidad con la que supuestos creyentes mandan a Dios al segundo plano de su vida —especialmente cuando el corazón de sus hijos está en juego—.
¿Dónde nos equivocamos? ¿Cómo podemos cantar el domingo que Cristo “es mi todo” y luego decidir sacrificar las gloriosas verdades del Evangelio sobre el sangriento altar de los hobbies? ¿En qué momento tantos padres cristianos cambiaron la instrucción de “mantén tus ojos en Cristo” por “mantén tus ojos en la pelota”?