18/05/2026
Un b***o cayó rendido en el corral después de que su dueño le acomodó una golpiza espantosa. Todo su cuerpo temblaba. Tenía los ojos en blanco, nublados por el dolor y el miedo.
Un ratoncito milppero lo encontró en ese estado. Sin perder ni un minuto, corrió al monte, juntó hierbas medicinales y le preparó un té calientito. El ratón era una cosita de nada, así que con un esfuerzo sobrehumano arrastró hasta el corral una jícara llena con el remedio. Cuando llegó, venía que no podía con su alma, empapado en sudor por la friega.
Cuando el b***o abrió los ojos y lo vio, lo miró con el fuchi y le gritó:
— ¡Sáquese de aquí! ¡No necesito las lástimas de nadie! ¡Yo solo puedo curarme!
De un de golpe, tiró la jícara. El líquido hirviendo se derramó y le quemó el hocico al pobre ratón.
El ratoncito no dijo nada. Solo dio media vuelta y se fue, con una sonrisa fingida en la cara… pero en cuanto llegó a su madriguera, soltó el llanto amargo.
Esa misma noche, escuchó los quejidos del b***o. Tenía una calentura terrible y temblaba de frío. A pesar de traer el corazón apachurrado, el ratón movió su nidito cerca del corral y se quedó ahí, nomás para que el b***o no pasara la noche solo.
En la mañana, el b***o volvió a arremeter contra él:
— ¡Te odio! ¡No te quiero ver aquí!
Y le plantó un patadón.
Lastimado y con el alma rota, el ratoncito regresó arrastrándose a su agujero.
A los pocos días, apenas podiendo con su cuerpo, llegó a una choza cerca de la cascada donde vivía un viejo sabio.
— Maestro… ¿será que algún día el b***o va a entender lo mucho que lo quiero? —susurró casi sin fuerzas.
El sabio lo miró con ojos compasivos y le respondió bajito:
— Va a entender… pero hasta que escuche las palabras: «Faltan cinco minutos para el entierro».
El ratón regresó a casa en silencio. Pero ya no era el mismo. El dolor y el desprecio le habían partido el alma. Dejó de correr, dejó de sonreír… y jamás volvió a pararse por el corral.
Pasaron los días y el b***o notó su ausencia. Le empezó a hacer falta su té, la sombrita que compartían en las tardes de calorón y su presencia silenciosa. Y ahí, por primera vez, pensó:
— ¿Y si la neta la culpa fue mía?
Un día, un cenzontle se paró en la cerca y le dio la mala noticia:
— El ratoncito ya estiró la pata. Hoy lo van a enterrar… ¿A poco no vas a ir a despedirte?
El b***o salió corriendo a todo lo que daba. Cada paso era un mar de lágrimas, pero las que más le pesaban eran las lágrimas del remordimiento.
Ahí estaba —el pequeño ratón que nunca se había rajado, el que siempre estuvo firme a su lado. Ahora yacía en un cajoncito de madera, con sus patitas cruzadas.
El sepulturero dijo con voz fuerte:
— ¡Cinco minutos para enterrarlo!
Esas palabras le partieron el corazón al b***o. Se acercó, se agachó y le susurró entre sollozos:
— Él era bien bueno… Siempre estuvo conmigo. Yo lo quería un montón… pero no se lo dije a tiempo.
Cinco minutos de palabras bonitas… que el ratón nunca escuchó en vida.
Pero justo antes de que bajaran el cajón, pasó algo que nadie se esperaba.
El ratoncito abrió los ojos, se sentó de golpe y se sonrió:
— Yo también te quiero, burrito. Y sí… la neta sí eres todo eso feo que te acabas de decir.
El b***o lo miró, entre sacado de onda y aliviado:
— ¡¿A poco no estabas mu**to?!
— No, hombre. Nomás quería escuchar… que me querías.
El b***o suspiró… y le plantó un abrazo bien fuerte. Como queriendo recuperar todo el tiempo perdido. Como si por fin hubiera entendido la joya de amigo que tenía al lado.
No te esperes a que sea tarde.
No te esperes al ataúd para decir lo que sientes.
Si puedes valorar a alguien hoy, ¡hazlo ya!
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A veces el mendigo orgullo no nos deja ver a quienes más nos quieren. Pensamos que van a estar ahí para siempre… hasta que un día, de la nada, nos hacen falta.
No dejes que la vida te enseñe a la mala y a puros sombrerazos lo que puedes entender por las buenas, con puro amor.
No te quedes callado cuando el alma te grita. No ignores a los que te dan su amor sin pedir nada a cambio.
A veces un simple "gracias", un "te quiero" o un "¿cómo andas?" es todo lo que alguien necesita para no tirar la toalla.
Porque se puede llegar el día en que mires a los lados… y ya no haya nadie.