06/05/2025
Una hermana se acercó al obispo y le dijo: «Obispo, ya no tengo ganas de ir a la iglesia».
Él preguntó con amabilidad: «¿Puedo entender por qué se siente así?».
Ella explicó: «Veo a hermanas y hermanos usando sus teléfonos durante la reunión; algunos susurran y no prestan atención; otros no parecen vivir los principios del Evangelio; algunos parecen estar dormitando; e incluso siento que algunos me juzgan. Es desalentador, y siento que hay tantos hipócritas».
El obispo hizo una pausa pensativa. Luego dijo: «Antes de tomar una decisión final, ¿estaría dispuesta a hacer algo por mí?».
Ella asintió: «Por supuesto, obispo. ¿Qué es?».
Él le indicó: «Por favor, tome este vaso de agua y dé dos vueltas a la capilla, con mucho cuidado de no derramar ni una gota». Ella respondió con seguridad: «Sí, puedo hacerlo».
Tomó el vaso con cuidado, dio dos vueltas a la capilla y regresó sonriendo: «Hecho, obispo». El obispo le preguntó: "Mientras caminaba, ¿vio a alguien usando el teléfono? ¿Oyó algún susurro? ¿Observó a alguien que no pareciera reverente? ¿Vio a alguien durmiendo?".
Ella respondió: "No, obispo. No noté nada porque estaba muy concentrada en el vaso, asegurándome de no derramar el agua".
Luego le dijo amablemente: "Cuando venimos a la iglesia, nuestro enfoque principal debe ser el Salvador y sentir la influencia del Espíritu Santo, para que podamos mantenernos en la senda del convenio. Como enseña la Escritura: 'Miren hacia mí en todo pensamiento; no duden, no teman'. Nuestra relación personal con Dios y nuestro compromiso de seguir las enseñanzas de Jesucristo no deben verse eclipsados por las imperfecciones que podamos percibir en los demás. Concéntrense en su propio camino de discipulado y en acercarse a nuestro Padre Celestial y a su Hijo. 💗✨