01/06/2026
Me sentí huérfano.
Por primera vez acudía al templo de San Isidro Labrador, en el municipio de Jiménez, Coahuila, después de dos años de dulce espera.
Y ahí estaba el pueblo, a la entrada del ejido que lleva el mismo nombre del santo, esperándome con una lona de bienvenido para caminar juntos, como en una majestuosa calzada, hacia el hermoso y alto Templo, de corte europeo antiguo, y recién pintado.
Cuando llegamos a la pequeña Iglesia, como había mucha gente, pensé que no iban a caber, sin embargo todos pasaron.
Entré en procesión con los jóvenes acólitos que servían, pero al llegar al presbiterio, y contemplar el altar revestido elegantemente, y el retablo rústico con las figuras del santo patrono y de la Virgen de Guadalupe, me sentí huérfano.
Como la misa ya había comenzado, no pude decir nada por lo que no me quedó más remedio que continuar, y guardar mi sentimiento para más tarde.
La gente estuvo muy atenta a la misa, respondiendo con gran reverencia, respeto y devoción.
Al terminar la Eucaristía y las fotos para el recuerdo, me llevaron al contiguo salón ejidal, construido con piedra tipo castillo, que le daba al conjunto un artístico toque medieval. Ahí compartimos el almuerzo, y aproveché para preguntarles:
-¿Por qué dejaron la pared desnuda al centro del retablo atrás del altar?
- Es que acabamos de quitar al Resucitado,
- Y, ¿por qué lo dejaron vacío?
- (Se escuchó el silencio).
- Me sentí huérfano
- Es que ahí va el Crucificado, pero no lo alcanzamos a poner, dijo Toñita la encargada del Templo.
- El Cristo estaba atrás, dijo otra persona, en la entrada, a un costado.
Antes de retirarme, me llevaron, casi me obligaron, a ir a ver al Cristo, para que no me fuera con ese sentimiento, y comprobé que efectivamente, ahí estaba, pero con tanta gente y con la procesión en marcha, no se veía. No obstante, era un Cristo clásico, de mediana proporción, sobre una cruz oscura, muy hermoso, discreto, sencillo, silencioso y, sublime.
No faltó alguien que me dijera, es que hoy es domingo de la Ascensión, y por eso no está. Sonreí a fuercita, pero opté por no celebrar el comentario.
Otra señora mayor dijo: A usted, lo recibimos hoy como estrella de rock, con almuerzo en el salón ejidal, con un faldón de banderillas de colores adornando la techumbre exterior del templo, y este último recién pintado, porque no había venido.
Ahora que yo venga más seguido, ni me van a pelar, sólo atiné a decir como defensa.
Tesoro diocesano escondido, es esta hermosa Iglesia semi colonial, justo a la orilla del Río Bravo, con un parquecito natural por visitar.
Como remate de esta primera visita, a la salida del templo, encontramos, camino a nuestro vehículo, una robusta y verde Acacia, de donde, inesperadamente, revoloteaban miles de mariposas amarillas, en torno a sus densos racimos llenos de flores blancas, ofreciéndonos un espectáculo sin igual, digno de las más finas estampas. Esto expresaba, la sintonía que se vivía en el ambiente. Por una parte, la alegría profunda que experimentaba la gente, y por otra, el regocijo que la naturaleza, tan llena de esplendor y colorido, presumía y manifestaba.
Alfonso G. Miranda Guardiola