16/08/2026
En la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, la Iglesia contempla con reverencia el misterio de aquella que, al concluir el curso de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. No se trata solamente de recordar que María está junto a Dios: celebramos el destino que Él ha preparado para quienes viven en fidelidad, amor y comunión con Él. En María, la Iglesia contempla anticipadamente la victoria de Cristo sobre la muerte y la promesa de nuestra propia resurrección.
Este hermoso dogma, proclamado solemnemente por el papa Pío XII en 1950, nos revela que María participa ya plenamente de la gloria de su Hijo. Aquella que llevó a Cristo en su seno, que permaneció junto a Él hasta la cruz y que guardó fielmente la Palabra en su corazón, ahora contempla cara a cara la gloria que esperaba en la fe. Su Asunción no es un privilegio que la aleja de nosotros; es una señal que nos acerca al corazón mismo de nuestra esperanza cristiana.
María elevada al cielo nos recuerda que nuestra vida no termina en el sepulcro. También nosotros hemos sido creados para la eternidad. En medio de nuestras preocupaciones, cansancios, pérdidas y luchas, la Asunción nos invita a levantar la mirada y recordar que este mundo no es nuestro destino definitivo. Estamos llamados a una felicidad plena, a una vida transformada por Dios, a una gloria que comienza desde ahora cuando aprendemos a vivir con fe, a servir con amor y a permanecer fieles incluso cuando el camino se vuelve difícil.
Hoy, al contemplar a María glorificada, preguntémonos qué estamos haciendo con la vida que Dios nos ha confiado. Que ella nos enseñe a vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón puesto en el cielo; a caminar entre las dificultades sin perder la esperanza; y a decir, como ella, un «sí» confiado a Dios. Porque en María, elevada al cielo, se nos manifiesta nuestro verdadero destino: no la tristeza de la muerte, sino la plenitud de la vida; no el vacío, sino la gloria; no el final, sino el encuentro eterno con Dios.