Mi nombre es: María Angélica Pérez Miruelo, nací el 10 de marzo de 1901, en la calle Puesto Nuevo (hoy mesones), en el barrio de la Merced de la CDMX. Mi padre Rafael Pérez originario de Huejotzingo, Puebla, se dedicaba al trabajo de la cera y prestaba su servicio en la animación litúrgica tocando el violín. Mi madre Juana Miruelo era una mujer sencilla, amable y acogedora, dedicada a las labores del hogar. Mis dos hermanas, menores Rafaela y Josefina.
El día 29 de marzo del mismo año nací a la vida cristiana por el bautismo y fui encomendada a la Santísima Virgen por eso recibí el nombre de María Dolores, en la Parrq. de San Pablo Apóstol en México, por el párroco Secundino Roa.
Fui confirmada por Mons. Próspero María Alarcón, Arzobispo de México y recibí por primera vez a Jesús Pan de Vida un viernes de dolores. Desde que recibí a Jesús en la Primera Comunión, mi vida cambió, en mi corazón fue germinando un gran amor por él, especialmente en la Eucaristía, con una atracción irresistible.
Esa experiencia fue el principio de mi camino vocacional, la marca que el Señor imprimió en mi corazón, y ya no estuve tranquila, deseaba consagrarle mi vida.
Mi niñez transcurrió normal, educada por mis padres, me enseñaron a ser amable, formal y aplicada en los estudios obteniendo siempre los primeros lugares. Pasé mi adolescencia llena de alegrías y triunfos como también de sufrimientos y p***s, al igual que todo joven.
Siendo aún adolescente, mis padres tuvieron un accidente en una excursión, iban en una lancha y esta se volcó, mi madre calló el agua y enfermó gravemente. Mis padres vivían en unión libre, y ante ese conocimiento, los animé para que recibieran el sacramento del matrimonio, accediendo de muy buena gana, ese fue mi primer apostolado, sin embargo, a los pocos días llegó la tristeza a mi alma con el fallecimiento de mi padre.
En ese tiempo, de manera providencial recibí mi preparación académica, pues no estaba permitido que la mujer estudiara y llegara a superarse realizándose profesionalmente.
Mi amor al estudio me hizo abrirme paso en este camino, y de esta manera, Dios mismo me fue conduciendo para dar respuesta a su llamado, pues él, que escribe la historia, ya tenía pensado para mí un proyecto en medio de esa realidad adversa que se gestaba en torno a la fe en el país.
Corría el año de 1915, hacía cuatro años que había caído la dictadura de Porfirio Diaz y se respiraba un ambiente de inseguridad, de rechazo y persecución de Obispos y Sacerdotes, saqueos de templos y sacrilegios. Yo contaba con 14 años, y pedí ingresar a la comunidad de Hijas Mínimas de María Inmaculada, me fue negado el ingreso por mi corta edad y debido a que pedían una dote se me hizo más difícil pues no contaba con esos medios.
Mi inquietud por consagrarme a Dios fue en aumento, por lo que al cumplir 19 años, ingrese como postulante en ese mismo instituto, esto fue el 25 de octubre de 1920, en León; realicé mis estudios de Normal Primaria en San Luis de la Paz, estudié enfermería, música, bordado, pintura y el Señor me regaló el don del canto.
Recibí el habito de novicia el 26 de abril de 1921 con el nombre de Maurilia del Corazón de Jesús. Emití mis primeros votos el 29 de abril de 1922 y la profesión perpetua el 29 de abril de 1929. El 16 de abril de 1930, me nombraron superiora local en el Asilo Guadalupano de Teocaltiche, Jalisco presté este servicio por tres años.
Me esforcé siempre en ser una mujer de sólida virtud, de gran intimidad con Dios y amor profundo por la Eucaristía, porque en cada etapa de mi formación se me invitaba a cultivar las virtudes propias de la vida religiosa, así como la amabilidad, la obediencia, el amor, servicio al prójimo, prudencia y discreción, amante del orden y la disciplina, ser siempre coherente en mis actitudes y palabras.
Algo me hace falta
Pero mi corazón se sentía intranquilo, estaba experimentando el llamado a la vida misionera, es así después de meditarlo mucho e impulsada por el Espíritu Santo, salí de esta congregación con dispensa de votos, el 31 de enero de 1941. Permanecí un año en casa, mi vida era de penitencia, motivo por el cual mi hermana se molestaba.
Dios me llamó para servirle, por eso aun en la crisis política del país, cuando incluso se dio la persecución religiosa, seguí llevando su mensaje a los demás. Viví muy de cerca la persecución, especialmente en la persona de los ministros sagrados, por ello mi gran preocupación de orar y pedir a Dios por ellos.
Continué mi búsqueda con la misma inquietud en el corazón; la vida misionera. Fue así como ingresé en la congregación de Misioneras de la Caridad de María Inmaculada de San Luis Potosí, el 17 de enero de 1942, aceptándome los votos emitidos en la anterior congregación.
El 27 de agosto de 1944, recibí el nombramiento de segunda consejera local y trabajé en el Colegio Teresa Martín; por un tiempo mi confesor fue el Pbro. Félix de Jesús Rougier, fundador de los Misioneros del Espíritu Santo de quien asimilé su espiritualidad.
Trabajé como enfermera en la Cruz Roja, este apostolado lo realice por obediencia ya que yo prefería el magisterio. Vivi 5 años en esta congregación y el día 19 de marzo de 1957, salí con la intención de fundar una nueva congregación.
Contaba con 49 años cuando llegue a San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala el 4 de julio de 1947 para fundar una comunidad con varias jóvenes que deseaban la vida consagrada, a las que fui presentada por el Pbro. Mateo Chávez, rector del seminario de Huejutla, Hidalgo. Estas jóvenes trabajaban en el seminario y su trabajo era muy gravoso, no tenían oportunidad para la formación religiosa y misionera, que mucho necesitaban y anhelaban, por lo que busqué para ellas otra alternativa. Mi ahora confesor el Pbro. Ignacio Flores, superior de los Agustinos, me aconsejó dejar el trabajo para realizar lo que deseaba.
¡A la Tierra Prometida!
Por medio de mi director espiritual conocí al P. Rafael Rúa, párroco de San Miguel Arcángel en Orizaba, Ver., quien después de probar mi paciencia, humildad y perseverancia, fui aceptada por él junto con mi naciente comunidad y salimos de la Diócesis de Huejutla con el permiso del Obispo Manuel Llerena y Camarena.
El Señor Rúa nos recibió el 4 de octubre de 1949 con estas palabras:
“Ahora poco a poco tienen que ir olvidando su vida anterior para entregarse en cuerpo y alma a la evangelización de esta bella ciudad, de manera especial a todos los patios de vecindad y las colonias, ustedes serán mi brazo derecho, mis colaboradoras incansables”.
Un Nuevo Carisma para la Iglesia
Tomé mi lugar como superiora y fundadora del nuevo Instituto con un Carisma propio, suscitado por el Espíritu Santo: “Evangelizar al pueblo pobre mostrando con alegría el rostro materno de Dios a la manera de Santa María de Guadalupe”.
Así es como después de un largo camino de búsqueda a ejemplo del pueblo hebreo que después de salir de Egipto y de recorrer 40 años en el desierto, llegué a la tierra prometida: Orizaba. En este lugar el pequeño rebaño encuentra acogida en una Iglesia pobre, convaleciente de los golpes de la persecución religiosa.
El pueblo orizabeño me abrió las puertas de su vida para hacerme entrar en ella, y de esta manera, ese corazón que estaba inquieto tras la experiencia de una llamado especial ¡Por fin se sintió satisfecho!. Dios mismo confirma esta respuesta con las bendiciones de que hace objeto al recién nacido instituto oficialmente el 4 de octubre de 1949.
Mi último llamado, tras un largo sufrimiento y agudos dolores por el cáncer, fue el 26 de julio de 1954 , cuando el Señor me lleva a g***r de su presencia.