Capilla SAN Isidro Labrador

Capilla SAN Isidro Labrador DEDICADA A LA NUEVA CAPILLA SAN ISIDRO LABRADOR DE OJO DE AGUA CERRITOS,Y A TODA SU COMUNIDAD !!

21/10/2025
19/08/2025

En la cocina de mi abuela no había refrigerador, ni garrafones azules, ni botellas de agua alineadas como soldados en una repisa.
Había un cántaro de barro, grande, silencioso, con la boca cubierta por un simple paño limpio.

Yo, de niño, me quedaba mirándolo. Me fascinaba ese misterio: ¿cómo podía el agua estar tan fría, tan suave, sin hielos y sin electricidad?
Un día, mientras ella llenaba mi vaso, le pregunté:

—Abuela, ¿por qué el agua de aquí sabe diferente?

Sonrió, y con la calma de quien ha vivido mucho, me mostró el secreto.
Metió la mano en el jarro y sacó una piedra redonda, del tamaño de su palma.
—Esta piedra ha viajado más que tú y que yo juntos. Vino del río, la lavé, la herví y la puse aquí. El agua la reconoce… y se calma.

Me explicó que el barro respiraba, que dejaba pasar el aire y mantenía el agua viva, como si aún estuviera en la corriente.
Que las piedras no solo daban minerales, sino memoria.
—El agua que pasa por piedra y barro no se pudre, no se amarga. Se vuelve medicina —dijo.

En ese momento no entendí del todo.
Pero con los años, cuando cambiamos el cántaro por el plástico y la piedra por nada, lo supe.
El agua perdió su alma.

Hoy, cada vez que bebo agua con sabor a cloro, cierro los ojos y recuerdo el golpe suave del vaso de barro en mis labios, la frescura que parecía venir de un manantial secreto.
Y entiendo que mi abuela no solo me dio de beber… me enseñó que la tierra y la piedra guardan vida.

Quizás sea hora de volver.
No por nostalgia.
Sino porque hay cosas que la modernidad no sabe imitar.

09/08/2025

Una mujer, para el cumpleaños de su mejor amiga, le regaló una cadena de oro. Se gastó todo su sueldo; y la verdad, no ganaba mucho.

Pues sí, la compró y se la dio con mucho cariño. Muy pronto en la fábrica donde ambas trabajaban todas se enteraron del regalo. Y empezaron las críticas: que cómo era posible gastar tanto dinero en una amiga, que exageraba, que eso no se hacía. Incluso una compañera se atrevió a decirle en público:
—Oye, ¿y qué te dio ella a cambio? ¿Qué ha hecho como para que la bañes en oro?

Oly, tranquila, contestó con pocas palabras:
—Me dio unos tamales.

Todas se rieron y preguntaron con ironía:
—¿Tamales? ¿Y eso amerita una joya de oro?

Entonces Oly explicó:
—Cuando estuve internada en el hospital, muy grave, sin poder comer nada, ella me llamaba a diario para preguntarme qué se me antojaba. Un día, sin pensarlo, le dije “unos tamales de rajas con queso”. No sé ni por qué, así nomás lo solté. Y ¿qué creen? Mi amiga se aventó en pleno frío, tomando dos camiones, y me trajo una olla llena de tamales recién hechos. No una, varias veces vino a verme. Me cuidó, se sentaba junto a mí, me daba ánimo.

Así que no entienden nada. Si yo tuviera un reino o millones de dólares, igual sería poco para pagarle lo que hizo por mí. Porque gracias a ella estoy aquí. Si no fuera por esos tamales y por su cariño, a lo mejor ya tendría cruz en el panteón en lugar de estar recibiendo este sueldo.

Las demás se quedaron calladas. Empezaron a pensar en voz baja: ¿tendrán ellas una amiga así, de tamales?

Porque en realidad no se trata de los tamales, ni de la cadena de oro. Se trata de dos corazones que tuvieron la fortuna de encontrarse en la verdadera amistad.

En palabras más simples: lo importante en la vida es tener a alguien para quien seas indispensable. Y cuando alguien te demuestra amor de esa forma, no importa el costo. Hasta por unos tamales…

Créditos a su autor

19/06/2025

Alerta a la ciudadanía, por desconocidos que con engaños intentan ingresar a domicilios y realizar robos.

No abandonemos nuestros viejitos.
14/06/2025

No abandonemos nuestros viejitos.

🛑 UN PADRE MEXICANO CAMINABA SOLO BUSCANDO A SUS HIJOS DESDE HACE MÁS DE 11 AÑOS 🛑

En algún tramo de la carretera entre Huetamo y Churumuco, bajo el sol y con pasos lentos, avanzaba Don Antonio Pineda Duarte, un anciano de aproximadamente 92 años cuando se conoció su historia. Caminaba con su bastón, cargando no solo el peso de los años, sino el de la incertidumbre y la ausencia.

Hace más de una década, sus tres hijos —Eliseo, Alfonso y José María Pineda Rodríguez— partieron rumbo a Estados Unidos, probablemente a Los Ángeles, California. Desde entonces, no volvió a saber nada de ellos. Ni una llamada, ni una carta… nada.

Su esposa, madre de sus hijos, había fallecido ya en ese momento. Y él no sabía si sus hijos lo sabían. Tal vez ni siquiera sabían que él aún vivía.

Don Antonio decía ser originario del municipio de Zirándaro, Guerrero, y recorría a pie varios kilómetros sin rumbo exacto. Dormía donde lo vencía el cansancio, se alimentaba con lo poco que le ofrecían los habitantes de las comunidades que atravesaba, y seguía buscando… buscando aunque ya no tuviera fuerzas.

“No tengo a nadie más”, contaba. Pero aún tenía algo que lo mantenía de pie: la esperanza de volver a abrazar a sus hijos.

Hoy no se sabe si Don Antonio sigue con vida. Su historia fue conocida hace ya varios años, y si en ese entonces tenía cerca de 92, ahora tendría más de 95, si es que aún vive.

Muchos lo vieron caminar solo. Pocos conocieron su historia. Pero todos coincidieron en algo: su amor de padre no había envejecido.

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