22/08/2026
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN ACCIÓN DE GRACIAS POR
EL II ANIVERSARIO EPISCOPAL DE MONS. LUIS ALFONSO TUT TÚN,
OBISPO AUXILIAR DE ANTEQUERA OAXACA
DESDE LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS POBRES
HOMILÍA
22 DE AGOSTO DEL 2026
Hermanos y hermanas en Cristo Jesús, muchos de los que estamos aquí participamos, vivimos, experimentamos, nos llenamos de emociones justamente hace dos años, allá, en el Auditorio de la Guelaguetza. Hace dos años vivimos un momento especial, ciertamente fue mi ordenación episcopal, pero digamos, las emociones no fueron solamente mías, también fueron emociones de Monseñor Pedro, como Arzobispo que ese día consagraba a un colaborador suyo, que recibía a un sacerdote que no conocía.
Seguramente en su mente pasaban tantas cosas esa mañana, allá en el Auditorio de la Guelaguetza, muchos temores también que han expresado el mismo equipo organizador a lo largo de dos años, tenían temor, por ejemplo, si iba a venir la gente, si se iba a llenar el Auditorio, pero todos fuimos testigos de que no fue suficiente el Auditorio para tanta gente que vino, muchos de ustedes también de Yucatán hicieron ese viaje, vivieron, experimentaron, se emocionaron ese día.
La misma Iglesia de Antequera Oaxaca, la gente que vino de los pueblos, dispersos acá, en la Sierra Oaxaqueña, la gente que vive en las montañas, muchos tuvieron una experiencia, una emoción muy bonita. Cuando yo visito los pueblos es lo que dicen y, también, en las publicaciones que se hicieron por el día de ayer, muchas personas han comentando ahí, reviviendo, recordando ese día especial, del cual ciertamente yo fui el ordenado, pero nosotros sabemos que una vocación, una vocación sacerdotal, una vocación diaconal, como la del Diácono Donato, una vocación episcopal, como la de Monseñor Pedro o la mía, es un don para la Iglesia y, por eso, en estos momentos en que nos sentimos como Iglesia, vibramos como Iglesia, experimentamos el don de Dios, como la gran familia.
Por eso, yo, junto con ustedes, recuerdo estos días, viajan a mi memoria tantas cosas, lo recuerdo y, hoy que celebramos este segundo aniversario, sólo puedo alzar la vista, sólo puedo levantar el corazón y decir, gracias, Señor. Gracias Señor, por llamarme; gracias, Señor por haberme elegido y, como dice la oración, indignamente a este ministerio.
Gracias, gracias por haberme elegido.
También le doy gracias por todos ustedes, doy gracias porque estoy seguro que ustedes me sostienen con su oración y no dejen de hacerlo, no dejen de rezar por nosotros, no dejen de rezar por mí. Síganlo haciendo, síganlo haciendo, para que yo siga creciendo, porque en dos años he aprendido mucho, pero es mucho más lo que falta por vivir y aprender.
Recen para que yo madure como Obispo, sea un buen Obispo, no pierda esos dones que Dios me ha dado y siempre los ponga al servicio de ustedes.
También le doy gracias a Dios por ustedes, de diferentes lugares de procedencia. Gracias a los de aquí, de casa, de Oaxaca, porque además de sus oraciones, pues me han recibido con mucho cariño. A los poblados donde voy siempre veo respeto y cariño. A las comunidades a las que voy, hay mucho respeto y cariño por la figura del Obispo, por la persona del Obispo y eso es algo bonito, porque llena el corazón y, a veces, por más lejana que esté la comunidad, por tantas horas de viaje que uno tenga que hacer para alcanzar los hogares, la parroquia, pues uno regresa confortado por haberse encontrado con el pueblo de Dios, respetuoso y cariñoso, abierto, siempre atentos a escuchar a que yo, esas horas que hago ahí, en ese poblado, en esa parroquia pues sea algo bonito para mí, para la comunidad y eso anima en el ministerio. Muchas gracias.
También le agradecemos a la vida consagrada. Aquí en Oaxaca están presentes diferentes institutos que trabajan en diferentes ámbitos, la escuela, en la oración, algunos trabajan en sus propias casas, con talleres, talleres donde confeccionan vestiduras litúrgicas, vestiduras para la Iglesia, algunas trabajan en las hostias, en fin. Otras se dedican más a la evangelización y a la catequesis y, en estos dos años nos hemos conocido, nos hemos integrado y gracias a la vida consagrada, porque desde su vocación de consagradas hacen posible también el ministerio episcopal.
Yo también me siento confortado cuando visito las casas de las religiosas o los campos donde trabajan, sea en las parroquias, veo a religiosas en misión o a veces las escuelas donde voy pues me da mucho gusto y son un apoyo importante para el ministerio episcopal.
También agradezco a tantas otras familias que, por razón de su cercanía, de su compromiso pastoral, pues me ayudan, yo no estoy solo, yo vivo solito ahí en el llano, pero hay varias personas que, por ejemplo, me acompañan para manejar, no estoy solito. Si yo llego a esos lugares, siempre hay alguien que me lleva y yo les agradezco ese servicio que hacen. También, en algunos momentos de necesidad, siempre he encontrado una persona que me ayude en mis trámites, en los servicios que tenga que hacer, incluso en mi salud, siempre he encontrado personas buenas que me ayudan a restablecerme y eso es una gran contribución para el ministerio episcopal.
También, con mucha alegría, con mucha gratitud, pues agradezco a los movimientos de aquí de la Arquidiócesis presentes, porque recientemente Monseñor Pedro ha dispuesto organizarlos, les nombró un coordinador, un sacerdote que los coordinara y me da gusto que se van fortaleciendo, juntos, como movimientos apostólicos, se van reuniendo, se van uniendo al caminar de la Arquidiócesis, verles en las asambleas del plan diocesano, participar con entusiasmo, ustedes, con sus reuniones periódicas y cómo no olvidar que, precisamente casi casi se estrenaron con mi ordenación episcopal hace dos años los movimientos, y sí que trabajaron en grande. El padre responsable los hizo trabajar para organizar, sobre todo recibiendo a mis paisanos que vinieron, estando allá en la Guelaguetza. Gracias por eso, pero gracias también porque, desde las parroquias donde están, a mí me da gusto verles ahí, no digo nombres para que no se pongan celosos o celosas, no digo nombres, pero me da gusto ver ya seguramente se los dirá, yo estuve ahí, lejos, lejos, la semana pasada, en San Andrés Teotilalpan y ahí ustedes podrán ver, cuando llega el Obispo, sacan los estandartes, las banderas, ahí pueden ver y miren, hasta aquí están, “sí, hasta aquí estamos”, fundados los movimientos apostólicos ahí se ven, diseminados en el amplio territorio de nuestra Arquidiócesis. Gracias también, porque son una fuerza importante en la evangelización y, en este sentido, ayudan a nosotros Obispos en nuestro ministerio episcopal.
Hoy, pues básicamente nos hemos reunidos para dar gracias. Gracias por este día, gracias por la memoria de este día en que nos congregamos como Iglesia y, pues yo me convertí en Obispo y ustedes recibieron también a un nuevo Obispo al servicio de esta Iglesia.
Ojalá que esta comunión, esta colaboración se siga consolidando en los años por venir para que siga dando mucho fruto. Gracias a Dios, gracias a ustedes.
También, la palabra de Dios que nosotros hemos escuchado, sobre todo en el Evangelio, creo que nos da, al menos la palabra de Dios que habla y que tenemos que recibir como oyentes de la palabra, nos trae dos mensajes importantes y lo tomo para mí.
El Evangelio nos habla del servicio y de la humildad. El servicio. Entonces, es importante sobre todo en ese texto de Mateo, donde vemos cómo Jesús critica a los fariseos y los escribas, que la autoridad no es un poder, porque la autoridad como poder, hace daño a uno mismo y hace daño a la comunidad para la cual está establecida, para la cual está destinada la autoridad como poder, como arrogancia y eso es lo que Jesús le critica a los escribas y fariseos, que ocupan en la comunidad religiosa de aquel tiempo un puesto destacado, pero lo ejercitan mal y, entonces, Jesús, viendo eso, invita al servicio y entonces la autoridad no es algo para sí mismo, sino es algo que se pone al servicio de los demás, sobre todo la misión fundamental del Obispo es la comunión. Así como un papá, un papá o una mamá, cabeza de familia, buscan la unidad en el seno de su familia, con sus hijos, sus nietos, sus bisnietos y esa unidad es algo fundamental, así también, para un Obispo en la comunión y, entonces, la autoridad episcopal no se ejerce a base de mandatos y disposiciones, sino a través de una oración, una reflexión que preceda toda decisión y diga, no es para el bien mío, para el bien de uno, es para el bien de todos. Ese es el servicio y sé que estoy llamado a eso, al servicio.
También, soy consciente de que tengo que caminar con ustedes, con humildad, con sencillez, abrazarles aquí, como es el modo típico de ser oaxaqueño. Ciertamente, ustedes saben que vengo de una tierra, tengo mi familia, tengo así como mi bagaje que aprendí desde niño, sin embargo, siempre en mi corazón trato de abrir las puertas para que entre lo oaxaqueños, el modo de ser oaxaqueño, el modo de pensar oaxaqueño. En este caso, pudiera yo decir de modo sencillo, yo no vine a yucatequizar Oaxaca, en todo caso, yo, yucateco, vine a hacerme oaxaqueño con ustedes y trato de hacerlo con un corazón sencillo, hasta donde puedo. ¿En qué sentido digo “hasta donde puedo”?, porque ustedes, que ya me conocen, he visitado sus comunidades, he convivido con ustedes, digo donde puedo, porque a veces las fuerzas, uno quisiera estar en todo, aquí hay muchas fiestas, hay muchas fiestas y, a veces, la agenda está llena y uno no puede agarrar muchos compromisos, porque las distancia es mucha, ustedes me dicen “venga”. Hoy, por ejemplo, hay muchas investiduras de monaguillos, ustedes van a ver en las redes dónde hubo investiduras de monaguillos, te dicen, ¿no puede venir aquí a celebrar su aniversario con los monaguillos?, no, porque ya está puesto aquí el de los Pobres, y uno pues dice no, pero hasta donde uno puede, la agenda, porque pues ir y venir de un lugar a otro, a veces cambia, a veces no se puede, no soy flash o Dios todavía no me concede el don de la bilocación, como algunos, celebrar aquí, celebrar allá y uno quisiera estar, pero no siempre se puede.
También, a veces en la cuestión de la comida, yo como el molito, como las memelitas, como las guías con tasajo, como las tlayudas, hasta me quejo de las tlayudas, no voy a decir dónde, pero una vez fui en una parroquia, me sirvieron tlayuda, pero no tenía rabanito, no tenía chepiche, no había guaje, y les dijo, oigan, no está completa la tlayuda, ¿verdad?, sí lo como, claro que lo disfruto, el padre Chucho también a veces invita las tlayudas, ¿verdad?, sí, sí como. Tomo el chocolate, delicioso, pancito, sí, sí, sí.
Aquí yo abro el corazón, abro todo para tratar de entrar y ser también oaxaqueño y compartir el caminar con la fe. Todo con un corazón humilde, tratando de no caerles pesado, siempre procuro que la visita del Obispo no sea un problema para el párroco, que se ponga nervioso en que viene el Obispo. Sí, llega el Obispo, llega la autoridad, pero llega un hermano, llega alguien que quiere compartir con el párroco y los fieles su caminar como comunidad parroquial. Ya después veremos lo que hay que mejorar, después llega la autoridad, primero el amigo, el que quiere caminar con ustedes en la sencillez.
Y, por último, hoy que celebramos a la Virgen como Madre y Reina, pues eso a todos nos recuerda que, como Ella, también nosotros estamos llamados a reinar, recuerden el canto que muchas veces cantamos, pueblo de Reyes. No nos debe asustar. A nosotros, que somos católicos, nos debe quedar claro que no somos reyes como las monarquías del mundo, somos reyes porque somos servidores y nosotros, que somos un pueblo de reyes, estamos destinados a tener el mismo fin, el mismo destino de Nuestra Madre.
El sábado pasado celebramos que subió al cielo y, hoy, recordamos que estando allá en el cielo, Ella fue coronada de gloria, como Reina, por la Santísima Trinidad y, hoy, con esta fiesta recordamos que nosotros estamos llamados ahí y si yo, fui ordenado en este día, recuerden cuál es mi lema como Obispo, vamos a preguntarle al diácono, a ver si se acuerda. No se acuerda cuál es mi lema episcopal. Vamos a preguntarle al Padre Jesúa, al párroco. A ver, Don Pedro tampoco lo sabe. Alce su mano el que lo sabe, ah, no, pues yo sí lo sé, ah, miren, un aplauso para la señorita Gaby, ella sí lo sabe, sí lo sabe, “Busquemos las cosas del cielo”, es más, la tradición normalmente hace que el Obispo lo ponga en latín, pero como el Obispo está al servicio del pueblo, muchas veces el pueblo no sabe latín y no sabe qué tiene escrito el Obispo en su escudo y a veces, pues sí, qué elegante, sabe mucho el Obispo, pero no saben qué dice, ni en español se lo saben.
“Busquemos las cosas del cielo”, ese es el lema y creo que en mi pensamiento esa frase pues se une muy bien, recordarles en mi misión como Obispo que todos somos viajeros y nuestro destino está ahí y la prueba y el ejemplo pues es la Virgen María.
Como Ella, busquemos las cosas del cielo para que, como pueblo de reyes, nosotros también reinemos con Ella allá en el cielo.
Amén.