26/05/2026
ÉNFASIS: EXPANSIÓN: UNA IGLESIA QUE AVANZA.
DÍA 29. AVANCEMOS SIN PRETEXTOS.
Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante… FILIPENSES 3:13
Estas palabras nacen del corazón de alguien que entendió que, para avanzar en la vida espiritual, emocional y personal, no basta con tener sueños o buenas intenciones; también es necesario soltar aquello que nos mantiene detenidos. Pablo no está diciendo que perdió la memoria ni que ignoraba su historia. Él sabía perfectamente quién había sido, conocía sus errores, sus luchas y también sus logros. Había perseguido a la iglesia, había cometido equivocaciones y llevaba marcas profundas en su vida. Pero llegó a comprender que vivir atado al pasado podía convertirse en el mayor obstáculo para alcanzar el propósito de Dios.
Muchas veces queremos avanzar, pero seguimos mirando hacia atrás. Hay personas que no avanzan porque viven recordando sus fracasos, sus errores o las oportunidades perdidas. Se convencen de que ya es demasiado tarde, de que no son capaces o de que su pasado definió para siempre su destino. Otras personas quedan atrapadas en heridas, en palabras que les dijeron, en momentos dolorosos que se transforman en un pretexto para dejar de luchar. Incluso hay quienes no avanzan porque viven aferrados a sus éxitos pasados; se conforman con lo que un día hicieron y dejan de crecer. El pasado, sea bueno o malo, puede convertirse en una prisión cuando ocupa el lugar que solo le pertenece al propósito presente de Dios.
Pablo usa una expresión muy poderosa: “me extiendo hacia lo que está delante”. Esa imagen refleja el esfuerzo de alguien que no permanece inmóvil, sino que se mueve con intención, con enfoque y con determinación. Avanzar no ocurre por accidente. Requiere decisión. Requiere dejar de usar excusas. Porque muchas veces el ser humano aprende a justificar su estancamiento: “no puedo porque me fallaron”, “no puedo porque tuve una mala experiencia”, “no puedo porque nadie me ayudó”, “no puedo porque antes fracasé”. Y aunque muchas de esas razones son reales y dolorosas, Dios no nos llamó a vivir definidos por nuestras limitaciones, sino por el propósito que Él puso delante de nosotros.
La fe no consiste en negar las heridas ni ignorar las dificultades; consiste en decidir que esas dificultades no tendrán la última palabra sobre nuestra vida. Pablo entendió que el Reino de Dios siempre llama hacia adelante. Dios no trabaja solamente en lo que fuimos, sino principalmente en aquello en lo que podemos convertirnos. Por eso, mientras una persona vive atrapada en el ayer, pierde la fuerza para caminar hacia el mañana. Avanzar sin pretexto es entender que no podemos cambiar el pasado, pero sí podemos decidir qué haremos con el presente. Es dejar de usar las heridas como excusa para abandonar el propósito. Es caminar, aunque todavía existan dudas. Es creer que la gracia de Dios es más grande que cualquier fracaso. Y es comprender que quien vive mirando únicamente atrás jamás podrá correr hacia la meta que tiene enfrente.