27/05/2021
Hace algunos años escuché a un hombre decir: "Predícate el evangelio a ti mismo cada día". Eso es lo que debemos hacer para apropiarnos de él cotidiana y conscientemente. Debemos predicarnos el evangelio a diario. Y no sólo eso, debemos personalizarlo como hizo Pablo cuando dijo: "... Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que[p] ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20). De igual forma, es bueno personalizar el amor del Padre. Por ejemplo, podríamos parafrasear 1 Juan 4:10 así: "En esto consiste el amor: no en que "yo haya" amado a Dios, sino en que Él "me" amó a "mi" y envió a Su Hijo como propiciación por "mis" pecados".
La buena noticia es que Dios no nos inculpa de nuestro pecado y que nos perdona toda maldad es tan radical, tan contraria a nuestra manera natural de pensar, que francamente nos parece demasiado buena para ser verdad. Especialmente en los días cuando las circunstancias nos hacen tomar consciencia de nuestro egoísmo, nuestra impaciencia o nuestro resentimiento. Pero no importa que tengamos un día "malo" o "bueno". Aunque pareciera que tenemos el mejor día, seguimos necesitando predicarnos el evangelio. La verdad es que no hay un solo día en nuestra vida en que seamos tan "buenos" que no necesitemos del evangelio.