25/05/2026
Mayo, 24
VERDADES FUNDAMENTALES
Our Great Redeemer. 365 Days with J. C. Ryle.
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. —1 Corintios 15:3-4.
El texto que encabeza esta reflexión proviene de un pasaje de las Escrituras que la mayoría de los ingleses conocen muy bien. El punto de partida de todo el argumento de este capítulo se encuentra en los dos versículos que lo componen. El apóstol comienza recordando a los corintios que, entre las primeras cosas que les transmitió al iniciar su enseñanza, se encontraban dos grandes hechos acerca de Cristo: Su muerte y Su Resurrección. ¿Por qué Pablo hizo tanto hincapié en la muerte de Cristo en lugar de en su vida? Porque, les dice a los corintios, Él "murió por nuestros pecados". Pues la muerte de Cristo no fue la muerte involuntaria de un mártir ni un simple ejemplo de autosacrificio. Fue la muerte voluntaria de un Sustituto Divino por los pecadores culpables. Fue una muerte de tal influencia en la posición del hombre pecador ante Dios que proporcionó una redención completa de las consecuencias de la caída.
Otro hecho trascendental sobre Cristo que Pablo destacó al inicio de su enseñanza fue Su Resurrección. Con valentía, les dijo a los corintios que el mismo Jesús que murió y fue sepultado resucitó al tercer día de Su muerte, y que muchos testigos presenciales lo vieron, lo tocaron, lo acariciaron y hablaron con Él en cuerpo. Mediante este asombroso milagro, demostró, como había anunciado con frecuencia, que era el Salvador prometido y largamente esperado, profetizado; que la expiación por el pecado que había realizado con Su muerte fue aceptada por Dios Padre; que la obra de nuestra redención se había completado; y que la muerte, al igual que el pecado, era un enemigo vencido. En resumen, el apóstol enseñó que se había obrado el mayor de los milagros y que, con un fundador de la nueva fe como el que vino a proclamar, que primero murió por nuestros pecados y luego resucitó para nuestra justificación, ¡nada era imposible ni faltaba nada para la salvación del alma humana!
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Del sermón “Verdades Fundamentales".