Iglesia cristiana El Remanente

Iglesia cristiana El Remanente centro de alabanza y adoración al único Dios verdadero

25/08/2026

DIOS QUIERE QUE PELEEMOS NUESTRAS BATALLAS

Hay batallas que Dios pelea por nosotros, pero también hay batallas que Dios quiere que nosotros peleemos.
No porque nos haya abandonado, sino porque nos dio voluntad, inteligencia, conciencia y capacidad para decidir.
La fe no consiste en sentarnos a esperar que Dios haga todo; consiste en aprender a caminar con Él haciendo nuestra parte.

El problema es que muchas veces actuamos exactamente al revés:
Avanzamos cuando Dios nos pide esperar, esperamos cuando debemos actuar, hablamos cuando deberíamos callar y tomamos decisiones sin buscar su dirección.
Después, cuando las consecuencias llegan, preguntamos:
“¿Por qué Dios no hizo algo?”.
Perdemos tiempo intentando resolver lo que solamente Él puede resolver, mientras esperamos que Él haga aquello que puso en nuestras manos.

Dios no nos dio el libre albedrío para vivir sin dirección, sino para escoger responsablemente.
Pero hemos malusado nuestra libertad cuando decidimos con el impulso, con la emoción o con las vísceras, en lugar de hacerlo con una mente consciente, disciplinada y sometida al Espíritu Santo.
La libertad sin dominio propio termina convirtiéndose en esclavitud de nuestras propias decisiones.

Vivimos en un tiempo donde se ha confundido lo bueno con lo malo y lo malo con lo bueno.
Por eso el pueblo de Dios necesita despertar su conciencia.
No podemos vivir reaccionando a todo lo que sentimos ni esperando que Dios corrija cada consecuencia de nuestras malas decisiones.
Tenemos dones, talentos, capacidades y también limitaciones; debemos reconocerlos, ponerlos al servicio de Dios y aprender a caminar bajo su guía, paso a paso.

Hoy pregúntate delante de Dios:
¿Qué batalla estoy esperando que Él pelee cuando me corresponde a mí enfrentarla?
¿Y qué estoy tratando de resolver con mis propias fuerzas cuando debería entregárselo completamente a Él?

No huyas de la batalla que Dios puso delante de ti.
Pelea, pero no solo; decide, pero no sin dirección; avanza, pero no sin Dios.
La verdadera dependencia de Dios no consiste en dejar de actuar, sino en aprender cuándo actuar, cómo actuar y cuándo detenernos para dejar que Él haga lo que solamente Él puede hacer.

El nos hace más que vencedores cuando hay equilibrio en nuestra vida entre lo que Dios hace y lo que Dios permite, el equilibrio llega cuando maduramos y sabemos distinguir lo que solo Dios puede hacer y lo que nos corresponde hacer a nosotros.

Porque definitivamente, Dios quiere que peleemos nuestras batallas, lo que tenemos que entender es que Él nos da la victoria, cuando caminamos con Cristo Jesús

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

25/08/2026

Mientras esperamos, seguimos caminando

Hay momentos en la vida en los que esperar se vuelve más difícil que caminar.

Esperamos una respuesta, una solución, un cambio, una oportunidad, una restauración.
Oramos, creemos y seguimos adelante, pero el tiempo pasa y aquello que esperamos parece no llegar.

Fue precisamente en ese contexto que las palabras de Jesús cobran un significado profundo:

“Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”
Mateo 24:13

Jesús no solamente habló de la salvación final; también nos abrió el panorama de lo que habría entre el comienzo y el fin:
Un tiempo de espera, de pruebas y de perseverancia.

Él sabía que habría momentos en los que muchos se cansarían.

Algunos comenzarían con entusiasmo, pero después de esperar demasiado tiempo perderían la esperanza.
Otros dejarían de orar porque no vieron respuesta.
Algunos dejarían de servir porque se sintieron olvidados.
Y otros, después de haber caminado durante años, terminarían dando marcha atrás.

Por eso Jesús dijo: “El que persevere hasta el fin.”

La perseverancia solamente tiene sentido cuando existe algo que nos invita a abandonar.

Si todo fuera fácil, no necesitaríamos perseverar.

La perseverancia aparece cuando llega el cansancio, cuando la respuesta tarda, cuando las circunstancias contradicen lo que creemos y cuando la espera parece no tener final.

La espera también es parte del camino

A veces pensamos que nuestra vida espiritual comenzará realmente cuando Dios responda aquello que estamos esperando.

“Cuando esto cambie, estaré mejor.”

“Cuando llegue la respuesta, serviré con más entusiasmo.”

“Cuando Dios resuelva mi problema, volveré a sentirme fuerte.”

Pero Dios también trabaja en nosotros mientras esperamos.

Hay cosas que Dios puede hacer durante la espera que quizá no podría hacer en nosotros durante la abundancia.

La espera revela nuestro corazón.

Cuando todo marcha bien, es fácil decir:
“Confío en Dios”.

Pero cuando pasa el tiempo y seguimos sin ver la respuesta, entonces descubrimos cuánto realmente confiamos.

La espera nos pregunta:

¿Seguirás creyendo aunque todavía no veas?
¿Seguirás orando aunque parezca que el cielo guarda silencio?
¿Seguirás sirviendo aunque nadie reconozca tu esfuerzo?
¿Seguirás caminando con Cristo aunque el camino sea más largo de lo que imaginabas?

Ahí es donde la fe deja de ser solamente una declaración y se convierte en perseverancia.

Algunos se cansaron de esperar

No todos los que comenzaron llegaron hasta el final.

Algunos esperaron un tiempo y después desistieron.
Tal vez no dejaron de creer completamente en Dios, pero dejaron de vivir para Él.
Poco a poco dejaron la oración.
Después dejaron la congregación.
Luego dejaron el servicio.

Finalmente comenzaron a mirar hacia atrás.

Y lo peligroso es que muchas veces el retroceso no ocurre de un día para otro.
Comienza con un pequeño cansancio que no atendimos.
Con una oración que dejamos para después.
Con una decepción que nunca entregamos a Dios.
Con una respuesta que tardó demasiado.

Hasta que un día descubrimos que ya no estamos caminando hacia adelante.
Estamos retrocediendo.
Pero hoy Dios nos recuerda:
No abandones el camino solamente porque la espera se haya alargado.
Esperar no significa quedarse inmóvil
Esperar en Dios no es sentarse sin hacer nada.
Esperar en Dios es seguir caminando mientras confiamos en Él.

Es seguir haciendo lo correcto aunque todavía no veamos el resultado.
Es seguir siendo fiel aunque nadie nos aplauda.
Es seguir amando aunque hayamos sido heridos.
Es seguir sirviendo aunque nuestro trabajo parezca pequeño.
Es seguir creyendo aunque todavía no comprendamos.

Porque nuestra responsabilidad no es controlar el tiempo de Dios.
Nuestra responsabilidad es permanecer fieles durante ese tiempo.

Hay una diferencia enorme entre esperar algo de Dios y esperar en Dios.
Cuando solamente esperamos algo, nuestra fe puede depender de recibirlo.
Pero cuando aprendemos a esperar en Dios, podemos decir:
“Aunque todavía no tenga la respuesta, sigo teniendo a Dios.”
Y eso cambia completamente nuestra manera de vivir.

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

24/08/2026

ESTAMOS EN ENTRENAMIENTO

Hay etapas de la vida que no entendemos.

Hay días en los que nos preguntamos por qué Dios permitió aquella prueba, por qué tuvimos que enfrentar aquel conflicto, por qué alguien nos faltó al respeto, por qué llegó aquella angustia, aquella enfermedad, aquella pérdida o aquel sufrimiento.

Y muchas veces pensamos:
“Si Dios está conmigo,
¿por qué estoy pasando por esto?”

Pero quizá estamos mirando solamente el momento, mientras Dios está mirando el proceso.

Un atleta no disfruta todos los días de entrenamiento.
Hay cansancio, dolor, esfuerzo, disciplina y momentos en los que quisiera detenerse.
Sin embargo, entiende que aquello que hoy le cuesta, mañana puede darle la fortaleza necesaria para alcanzar la meta.

Así también es nuestra vida con Dios.

No estamos aquí solamente para sobrevivir los problemas de esta vida.
Estamos siendo formados para algo mucho más grande: La vida eterna.

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”
Romanos 8:28

Observa algo importante:
Pablo no dice que todas las cosas son buenas.

Una traición no es buena.
Una injusticia no es buena.
Una enfermedad no es buena.
Una pérdida no es buena.
Una humillación no es buena.
Una angustia no es buena.

Pero Dios tiene la capacidad de tomar incluso aquello que nos lastima y utilizarlo para producir algo bueno en nosotros.

La prueba puede doler, pero puede enseñarnos.
El conflicto puede incomodarnos, pero puede madurarnos.
La espera puede desesperarnos, pero puede enseñarnos a confiar.
La ofensa puede herirnos, pero puede enseñarnos a perdonar.
La angustia puede debilitarnos, pero puede llevarnos a depender más de Dios.

Por eso no debemos interpretar cada dificultad como una señal de que Dios nos abandonó.

A veces, lo que nosotros llamamos problema, Dios lo está utilizando como entrenamiento.

DIOS ESTÁ FORMANDO NUESTRO CARÁCTER

Romanos 5:3-4 nos enseña que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza.

Eso significa que hay cosas que solamente pueden desarrollarse en nosotros cuando atravesamos determinadas circunstancias.

Queremos paciencia, pero no queremos esperar.

Queremos fe, pero no queremos atravesar situaciones que nos obliguen a confiar.

Queremos carácter, pero no queremos dificultades.

Queremos madurez espiritual, pero queremos una vida sin conflictos.

Y no funciona así.

El músculo se fortalece cuando enfrenta resistencia.

De la misma manera, nuestra fe se fortalece cuando aprendemos a permanecer firmes aun cuando las circunstancias no cambian inmediatamente.

Por eso, cuando estés atravesando una temporada difícil, no preguntes solamente:

“¿Cuándo terminará esto?”

Pregunta también:

“Señor, ¿qué quieres formar en mí mientras atravieso esto?”
No lo olvides estamos en entrenamientob

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

23/08/2026

Lo que realmente vale la pena

“Porque
¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”
Marcos 8:36

Vivimos en un mundo que constantemente nos enseña a ponerle valor a las cosas según su precio.
Una casa vale por lo que cuesta, un automóvil por su modelo, una joya por sus quilates y una cuenta bancaria por la cantidad que contiene.

Pero hay una pregunta que necesitamos hacernos:
¿todo lo que cuesta mucho realmente vale mucho?
Hay cosas que pueden comprarse con dinero, pero también existen cosas cuyo valor no puede medirse con ninguna cantidad.

El amor de una familia que permanece a nuestro lado cuando las cosas se ponen difíciles.
La amistad sincera de alguien que nos dice la verdad aunque no sea lo que queremos escuchar.
El respeto que una persona se gana después de años de vivir con integridad.
La paz de una conciencia limpia.
La oportunidad de abrazar a quienes amamos.
La salud, el tiempo, una conversación, un momento compartido.
Muchas veces descubrimos el verdadero valor de estas cosas cuando corremos el riesgo de perderlas.
Y si eso ocurre con las cosas que tienen valor aquí en la tierra,
¡cuánto más con aquello que tiene valor eterno!

Podemos pasar la vida acumulando cosas que un día tendremos que dejar atrás.
Podemos trabajar para tener más, preocuparnos por conservar más y esforzarnos por alcanzar más, pero llegará el momento en que entenderemos que ninguna posesión material puede acompañarnos a la eternidad.
Por eso Jesús hizo una pregunta que sigue siendo profundamente actual:
“¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”
El problema no es tener bienes.
El problema es darle a las cosas temporales un valor que solamente corresponde a las eternas.
Dios nos mostró cuál es el verdadero valor cuando entregó a su Hijo Jesucristo por nosotros.
La salvación no fue barata:
Tuvo el precio de la sangre de Cristo.
Y ese es el regalo más valioso que hemos recibido:
La vida eterna.
Tal vez hoy tengas poco materialmente, pero si tienes a Cristo, tienes algo que ninguna riqueza de este mundo puede comprar.
Por eso debemos aprender a aquilatar, es decir, reconocer el verdadero valor de aquello que Dios ha puesto en nuestras manos.

No permitas que lo que brilla te haga despreciar lo que verdaderamente vale.
Cuida a tu familia.
Valora a los amigos sinceros.
Agradece a quienes caminan contigo.
No cambies tu integridad por dinero.
No vendas tu paz por posesiones.
Y, sobre todas las cosas, no cambies lo eterno por lo temporal.
Porque llegará el día en que muchas de las cosas que hoy parecen importantes dejarán de tener importancia.
Pero Cristo seguirá siendo Cristo.
La salvación seguirá siendo eterna.
Y haber vivido para Dios habrá valido completamente la pena.

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

22/08/2026

¿PODEMOS CAMINAR JUNTOS?

«¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?»
Amós 3:3

Una de las cosas más dolorosas que puede ocurrir dentro de una iglesia es la división.

La división rara vez comienza con una separación visible.
Muchas veces comienza en el corazón: con un desacuerdo que se convierte en resentimiento, el resentimiento en crítica, la crítica en orgullo y el orgullo finalmente en rebeldía.

Por eso Pablo advierte:

«Mas os ruego, hermanos, que miréis los que causan divisiones y escándalos contra la doctrina que vosotros habéis aprendido, y apartaos de ellos.»
Romanos 16:17

La palabra griega hairesis, de donde proviene «herejía» y que también está relacionada con la idea de secta o partido, nos recuerda el peligro de convertir nuestras diferencias en una causa de separación.

No toda diferencia es división.

Podemos pensar diferente y seguir amándonos, respetándonos y caminando juntos.
El problema comienza cuando nuestro orgullo nos hace creer que solamente nuestra opinión es válida.

El orgullo dice:
«Yo tengo la razón.»

La rebeldía dice:
«No necesito someterme.»

El sectarismo dice:
«Los que no piensan como nosotros están contra nosotros.»

Pero Jesús oró:

«Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.»
Juan 17:21

Nuestra unidad importa porque nuestra unidad también predica.

Por eso, si estamos pidiendo avivamiento, debemos preguntarnos: ¿estamos dispuestos a dejar que Dios sane nuestras divisiones?

No podemos pedir fuego del cielo mientras alimentamos conflictos en la tierra.

El verdadero avivamiento no solamente enciende los corazones; también derriba el orgullo, produce perdón, restaura relaciones y nos enseña a caminar juntos.

Tal vez hoy no necesitamos preguntarnos quién está causando la división.

Tal vez necesitamos preguntarnos:

¿Estoy contribuyendo yo a ella?

Si hemos ofendido, pidamos perdón.
Si hemos sido heridos, aprendamos a perdonar.
Si hemos levantado muros, derribémoslos.

Porque Cristo no murió para formar bandos.

Cristo murió para formar un solo cuerpo.

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

18/08/2026

No olvides de dónde te sacó Dios

Hay algo peligroso que puede sucedernos con el paso de los años:
Acostumbrarnos tanto a las bendiciones de Dios que terminamos olvidando que alguna vez las necesitamos.
Olvidamos las noches difíciles.
Olvidamos las veces que lloramos.
Olvidamos aquellas puertas que Dios abrió cuando ya no veíamos salida.
Olvidamos nuestras propias debilidades, nuestros errores, nuestras malas decisiones y, sobre todo, olvidamos la gracia que nos alcanzó.
Y cuando olvidamos de dónde nos sacó Dios, podemos comenzar a creer que somos mejores de lo que realmente somos.
Entonces aparece la arrogancia, la ingratitud, la soberbia, la dureza con los demás y hasta una religiosidad que presume de lo que Dios hizo, pero ya no recuerda que todo comenzó con misericordia.

“Acuérdate de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.”
Deuteronomio 8:2

Dios le estaba diciendo a Israel:
Acuérdate del camino.
No para que vivieran mirando permanentemente hacia atrás.
No para que siguieran viviendo en el desierto.
Sino para que nunca olvidaran quién los había sostenido mientras atravesaban el desierto.
Y esa palabra también nos confronta a nosotros.
Porque mirar atrás no siempre significa retroceder.
A veces necesitamos mirar atrás para recordar la mano que nos levantó.
No confundas recordar con vivir atado al pasado
Hay personas que necesitan dejar de mirar atrás porque viven prisioneras de sus errores.
Pero también hay personas que necesitan mirar atrás porque han olvidado demasiado.
Una cosa es vivir culpándonos por lo que hicimos.
Otra muy diferente es recordar de dónde nos sacó Dios para valorar lo que su gracia hizo en nosotros.
No necesitamos regresar al pasado.
Necesitamos recordar nuestra historia.
Porque cuando recuerdo quién era, puedo valorar quién soy por la gracia de Dios.
Cuando recuerdo mis caminos, puedo agradecer que Dios tuvo misericordia de mí.
Cuando recuerdo mis caídas, dejo de mirar con desprecio al que todavía está luchando.
Y cuando recuerdo cuánto me perdonó Dios, se me hace mucho más difícil sentirme superior a los demás.

El peligro de olvidar

El problema comienza cuando pensamos que todo lo que tenemos lo conseguimos solos.
Entonces dejamos de agradecer.
Después dejamos de reconocer.
Y finalmente comenzamos a exigir.

El que olvida la gracia comienza a sentirse merecedor.
El que olvida que fue levantado comienza a despreciar al que está caído.
El que olvida que también necesitó misericordia comienza a juzgar con dureza la debilidad ajena.
Y el que olvida de dónde salió puede terminar avergonzándose de su propio pasado, como si nunca hubiera necesitado que Dios lo rescatara.

Por eso necesitamos recordar.
No para presumir de nuestro pasado, sino para agradecer nuestra redención.
La memoria de la gracia produce humildad
Pablo nunca olvidó quién había sido.
Él mismo reconoció:

“Habiendo yo sido antes blasfemo, y perseguidor e injuriador:
Mas fui recibido a misericordia, porque lo hice con ignorancia en incredulidad.”
1 Timoteo 1:13

Pablo tenía muchas razones para hablar de lo que Dios había hecho a través de él.
Pero también tenía muy presente lo que él había sido antes de conocer la misericordia.
Por eso pudo decir:

“Palabra fiel y digna de ser recibida de todos:
Que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.”
1 Timoteo 1:15

¡Qué impresionante!
Pablo no dice:
“Cristo vino a salvar pecadores, y qué bueno que encontró algunos como yo que ya éramos suficientemente buenos.”
No.
Dice:
“De los cuales yo soy el primero.”
Eso es memoria de la gracia.

Y cuando la gracia está viva en nuestra memoria, podemos crecer, madurar, avanzar y servir sin sentirnos superiores.
No olvides lo que Dios hizo con tu vida

Tal vez hubo un tiempo en que nadie creía en ti.
Tal vez hubo temporadas en las que tú mismo dudaste de ti.
Tal vez sembraste durante años sin ver resultados.
Tal vez serviste cuando nadie te reconocía.
Tal vez lloraste en secreto.
Tal vez hubo personas que se fueron.
Tal vez atravesaste desiertos que solamente Dios conoce.
No olvides todo eso.

No para vivir lamentándote.
No para cobrarle cuentas a nadie.
No para decir:
“Después de todo lo que yo hice…”
No.
Recuerda para decir:
“Después de todo lo que Dios hizo conmigo,
¿cómo podría olvidarme de agradecerle?”
Porque finalmente la historia no se trata de lo buenos que fuimos.
Se trata de lo bueno que Dios fue con nosotros.

Y aquí está la confrontación,
Si alguna vez serviste a Dios con pasión y hoy te sientes demasiado importante para servir.
Mira atrás.
Si alguna vez necesitaste que alguien tuviera paciencia contigo y hoy no tienes paciencia con nadie.
Mira atrás.
Si alguna vez pediste misericordia y hoy solamente sabes condenar.
Mira atrás.
Si alguna vez lloraste porque necesitabas que Dios te levantara y hoy desprecias al que está caído.
Mira atrás.
Si alguna vez agradeciste una pequeña bendición y hoy nada te parece suficiente.
Mira atrás.
Pero no mires atrás para quedarte allí.
Mira atrás para recordar la gracia.
Porque quizá el problema no es que hayas avanzado demasiado.
Quizá el problema es que avanzaste tanto que olvidaste quién te ayudó a comenzar.

Nunca te avergüences de recordar que necesitaste a Dios.
Nunca pienses que recordar tus antiguos caminos te hace menos espiritual.
Al contrario.
La persona que sabe que fue rescatada aprecia al Rescatador.
La persona que sabe que fue perdonada valora el perdón.
La persona que sabe que fue levantada no desprecia al que está en el suelo.
Y la persona que recuerda la gracia puede caminar con la cabeza en alto, pero con el corazón humilde.

No necesitas vivir mirando hacia atrás.
Pero de vez en cuando necesitas detenerte, mirar el camino recorrido y decir:
“Señor, si no hubiera sido por ti, no sé dónde estaría.”

Porque la gratitud mantiene humilde al corazón.
Y la humildad mantiene sensible al corazón.

Quizá hoy necesitas hacerte una pregunta sencilla pero profunda:
¿Qué cosas ha hecho Dios por mí que ya dejé de agradecer porque me acostumbré a ellas?

No olvides tus caminos.
No olvides tus lágrimas.
No olvides tus luchas.
No olvides las veces que Dios respondió.
No olvides las veces que te sostuvo.
No olvides las puertas que abrió.
No olvides de dónde te sacó.
Pero, sobre todo:
No olvides la gracia que te encontró cuando todavía no eras quien hoy eres.

Porque mirar atrás correctamente no nos devuelve al pasado.
Nos hace caminar hacia el futuro con un corazón agradecido.
Y quizá ésta sea la frase que quiero dejar hoy en el corazón:

“No mires atrás para llorar por quien fuiste; mira atrás para agradecer a Aquel que no te dejó donde te encontró.”

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

15/08/2026

EL VIAJE CONTINÚA

No importa solamente de dónde vienes, sino por qué camino decides continuar.

Hay viajes que comienzan con entusiasmo y terminan cansándonos.
Otros comienzan sin saber exactamente hacia dónde vamos, y solamente después descubrimos que tomamos el camino equivocado.

La vida se parece mucho a un viaje.

Nacemos, avanzamos, tomamos decisiones, conocemos personas, atravesamos temporadas buenas y otras difíciles.
Algunas veces caminamos con seguridad; otras, nos perdemos.

Y durante el trayecto vamos dejando cosas atrás:
Lugares, personas, errores, decisiones, heridas, palabras que dijimos y otras que nunca dijimos.

Pero llega un momento en el que debemos entender algo:

No podemos regresar para cambiar el camino que ya recorrimos, pero sí podemos decidir por dónde continuaremos caminando.

La Escritura dice:

«“Reconócelo en todos tus caminos,
Y él enderezará tus veredas.”
Proverbios 3:6»

Qué hermosa promesa.

Dios no solamente quiere ser nuestro destino; quiere ser nuestro guía durante el viaje.

Porque conocer a Dios cambia nuestra manera de caminar.

Ya no avanzamos dependiendo únicamente de nuestra experiencia, de nuestros sentimientos o de nuestros propios criterios. Comenzamos a preguntarnos:

¿Este camino agrada a Dios?
¿Esta decisión me acerca a Él?
¿Esta dirección corresponde a la verdad?

Y cuando aprendemos a caminar con Dios, algo comienza a suceder dentro de nosotros.

Ya no necesitamos vivir huyendo de nuestro pasado.

Quizá antes caminaste por sendas equivocadas.
Tal vez tomaste decisiones que hoy no tomarías.
Quizá cargaste culpas, remordimientos, prejuicios, resentimientos o ataduras que durante mucho tiempo te hicieron mirar hacia atrás.

Pero si Dios te ha mostrado la verdad, no tienes que convertir tu pasado en una prisión.
El pasado puede ser una escuela sin convertirse en tu casa.
Puedes recordar de dónde Dios te sacó sin tener que regresar allí.
Puedes reconocer tus errores sin permitir que ellos definan quién eres hoy.

Puedes decir:

“Ese fue un tramo de mi viaje, pero no es mi destino.”

Hay personas que siguen caminando hacia adelante con los ojos puestos en el camino que dejaron atrás.
Y así es imposible disfrutar plenamente el camino que Dios está poniendo delante de ellas.

El apóstol Pablo entendió esto cuando dijo:

«“...olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta...”
Filipenses 3:13-14»

Pablo no estaba negando su pasado.
Simplemente había comprendido que el pasado no podía convertirse en el conductor de su futuro.
El camino de la verdad no siempre es el camino más fácil.

A veces pensamos que si Dios está con nosotros, todo debería resultar sencillo.
Pero no es así.

Hay caminos con pendientes.
Hay caminos con piedras.
Hay caminos donde llueve.
Hay caminos donde parece que caminamos solos.

Pero una dificultad en el camino no significa necesariamente que estemos en el camino equivocado.

Jesús dijo:

«“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida...”
Juan 14:6»

Eso cambia completamente nuestra perspectiva.

Nuestra esperanza no está en que el camino siempre será cómodo.
Nuestra esperanza está en saber quién camina con nosotros.

Cuando conocemos a Cristo, dejamos de caminar solamente con la esperanza de que todo salga bien.
Comenzamos a caminar con la certeza de que, aun cuando algo salga mal, Dios seguirá siendo Dios.

No tengas miedo de continuar.
Quizá hoy estás parado en medio del camino preguntándote qué va a suceder mañana.
No conoces todo lo que viene.
No sabes cuántas curvas tendrá el camino.
No sabes qué dificultades aparecerán más adelante.
Pero tampoco necesitas conocer todo el recorrido para dar el siguiente paso.

El viajero no necesita ver todo el camino para avanzar.
Le basta con ver lo suficiente para dar el siguiente paso.
Y muchas veces Dios hace exactamente eso con nosotros.

No nos muestra todo el mapa.
Nos muestra el siguiente paso.

Por eso la fe no consiste en conocer todos los detalles del futuro.
La fe consiste en confiar en Aquel que ya conoce el camino completo.

Así que sigue caminando.

Sin prejuicios que te hagan juzgar tu propia historia.
Sin ataduras que te obliguen a regresar.
Sin remordimientos que te impidan avanzar.
Sin miedo a lo que todavía no conoces.
Y sin vergüenza de reconocer que alguna vez tomaste una dirección equivocada.

Si descubriste que ibas por un camino incorrecto, corrige la dirección.
Si Dios te mostró la verdad, camina en ella.
Si Cristo te llamó, síguelo.
Porque la vida es un viaje, pero no estamos destinados a caminar perdidos.

Hay una senda.
Hay una verdad.
Hay un guía.
Y hay una esperanza al final del camino.

Quizá todavía falta mucho por recorrer.
Pero mientras tus pies sigan caminando con Dios, todavía hay camino por delante.
Y cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, podrás decir:

“No fue un viaje perfecto, pero Dios fue fiel durante todo el trayecto.”

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

13/08/2026

No te detengas, sigue hacia adelante

Hay momentos en los que caminar hacia adelante se vuelve difícil.
No porque no sepamos hacia dónde vamos, sino porque mientras avanzamos podemos encontrarnos con situaciones que nos desaniman:
Falta de amor, falta de responsabilidad, falta de compromiso, indiferencia y, algunas veces, una preocupante falta de interés por las cosas de Dios.
Y cuando uno observa todo esto dentro de la casa de Dios, puede aparecer una tentación muy peligrosa:
Detenerse.

“Ya no voy a esforzarme tanto.”
“Ya no vale la pena.”
“Si otros no tienen compromiso,
¿por qué yo sí?”
“Si otros dejaron de crecer,
¿para qué seguir creciendo yo?”

Pero hay algo que necesitamos entender:
Que otros se detengan no significa que nosotros debamos detenernos.
Pablo dijo:

“...olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”
Filipenses 3:13-14

Pablo no dijo:
“Ya llegué”.
Dijo:
“Prosigo.”

Todavía estoy caminando.
Todavía estoy creciendo.
Todavía estoy
avanzando.
Todavía hay una meta delante de mí.

Y eso es importante, porque Dios no nos trajo hasta aquí para que nos quedemos aquí.
Dios tiene un propósito con nuestra vida.
Efesios 4:13 habla de llegar
“a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Eso significa que Dios todavía está trabajando en nosotros.
Todavía hay cosas que deben ser perfeccionadas.
Todavía hay carácter que debe ser formado.
Todavía hay áreas que necesitan madurar.
Todavía hay cosas que debemos dejar atrás.

Por eso no podemos conformarnos con haber comenzado bien.
Tenemos que terminar bien.

Y para avanzar hay algo que debemos hacer:
Dejar atrás lo que quedó atrás.
No podemos caminar hacia adelante mirando permanentemente hacia atrás.

Hay experiencias que debemos agradecer, pero no vivir de ellas.
Hay heridas que debemos superar.
Hay errores de los cuales debemos aprender, pero no quedarnos viviendo en ellos.
Hay etapas que Dios permitió, pero que ya terminaron.
Lo que quedó atrás no puede convertirse en una cadena que nos impida avanzar hacia lo que Dios tiene delante.

Y aquí aparece una verdad que debemos guardar:
Detenerse parece no ser retroceder, pero espiritualmente muchas veces es el primer paso hacia atrás.
El río que deja de correr comienza a estancarse.
La planta que deja de crecer comienza a deteriorarse.
Y el creyente que deja de avanzar espiritualmente corre el peligro de comenzar a retroceder sin darse cuenta.
Por eso, aunque otros se enfríen, tú sigue adelante.

Aunque otros pierdan el amor, tú sigue amando.
Aunque otros abandonen su responsabilidad, tú permanece responsable.
Aunque otros pierdan el compromiso, tú permanece fiel.
Aunque otros dejen de crecer, tú sigue creciendo.
Porque nuestra meta no son los demás.
Nuestra meta es Cristo.

No caminamos porque todos caminen.
No servimos porque todos sirvan.
No permanecemos porque todos permanezcan.
Permanecemos porque Cristo nos llamó.

Y todavía hay una meta delante de nosotros.
Todavía hay un propósito.
Todavía hay algo que Dios quiere formar en nosotros.
Todavía hay camino por recorrer.
Así que no te detengas.

No permitas que la frialdad de otros enfríe tu corazón.
No permitas que la irresponsabilidad de otros te vuelva irresponsable.
No permitas que la falta de compromiso de otros destruya el compromiso que tú tienes con Dios.

Sigue adelante.
Tal vez hoy no veas todo lo que Dios está haciendo.
Tal vez el camino se haya vuelto difícil.
Tal vez estés cansado.
Pero recuerda:
Dios no te llamó para retroceder.
Te llamó para avanzar.
Te llamó para crecer.
Te llamó para madurar.
Te llamó para ser transformado a la imagen de Cristo.

Por eso, como Pablo, podemos decir:

“Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta.”

No importa cuánto hayas avanzado.
Todavía hay más de Cristo por alcanzar.
No importa cuánto hayas aprendido.
Todavía hay más que Dios quiere enseñarte.
No importa cuánto hayas madurado.
Todavía hay más crecimiento delante de ti.

No te detengas.
Sigue caminando.
Sigue creciendo.
Sigue sirviendo.
Sigue amando.
Sigue creyendo.
Sigue hacia adelante.

Porque un día, cuando lleguemos al final del camino, no queremos descubrir que nos quedamos a mitad del trayecto.
Queremos poder decir:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.”

Sigue adelante.
La meta todavía está delante de ti.

Pastor Ignacio Domingo Corcuera Peña desde México

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