12/07/2026
Jesús propone la parábola del sembrador. Dios salió a sembrar, pero no todo lo que siembra dará el fruto esperado, porque el sembrador es Dios y la semilla la Palabra. El terreno es el corazón del hombre y como ese corazón es mudable, cambiante, inestable, confundido, impuro, ruidoso…la Palabra no siempre es bien recibida.
Los granos del camino. El diablo arrebata lo sembrado, pero no le cuesta trabajo, buscamos espectáculos, porque el silencio nos molesta, reflexionar fastidia, ver mi interior me da miedo, por lo que prefiero perderme en euforias y alegrías pasajeras en lugar de buscar la plenitud.
El terreno pedregoso. Nos da miedo comprometernos y lo irónico es porque nos da miedo fallar. Nos hemos hecho a la idea del éxito inmediato y no del constante trabajo. De que la alegría nos compromete, siempre y cuando el miedo no se presente, porque de ser así, nos dispersamos, tememos, nos acobardamos, reprochamos y reclamamos a Dios porque Él prometió hacer todo más sencillo, que no habría p***s, tristezas, que en Él encontraría el refugio a los males, el escape del mundo, de mí mismo, de lo que huyo y evado con gran maestría porque mi miedo me impide reconocer tu fuerza en mí y la valentía que me inspiras.
El terreno entre espinos. Nos dejamos sofocar por las preocupaciones, los deseos, los sufrimientos y el perder de vista las promesas de quien ya ha vencido a nuestro enemigo y que ahora, nos pide, crecer confiando, respirar, dejarnos iluminar y empapar del agua de su Palabra, fuente de agua viva.
La tierra buena representa nuestra madurez y proceso espiritual que poco a poco recibe la Palabra, la riega, la hace germinar y da fruto, no forzándose, no imponiéndose, sino permitiéndose cuidar y ser trabajada por el sembrador cuya voz no cautiva o seduce en la perdición, sino que habla, entra en el corazón y transforma en luz lo que era oscuridad.
Hermanos, la Palabra de Dios nos confronta, incomoda para movernos, grita para que despertemos, nos ordena, nos libera y siendo así, ¿Por qué no somos tierra buena? Quizás, tan sólo quizás, hace falta disponer el corazón.
Arde el amor de San Agustín, por siempre en nuestros corazones.