25/01/2026
Tenía 14 años.
Estaba preso.
Sabía que no saldría con vida.
Antes del martirio, San José Sánchez del Río pidió papel y lápiz. No para quejarse. No para maldecir. Para escribirle a su madre.
Y estas fueron sus palabras, tal como las escribió:
"Querida mamá:
Fui capturado en combate hoy. Creo que dentro de poco me matarán, pero no pasa nada, mamá.
Mantente tranquila y encomiéndate a Dios. Yo muero contento porque muero en defensa de la fe.
Cuida mucho de mis hermanos y dile a papá que nos veremos en el cielo.
Tu hijo, que te quiere mucho."
José.
No hay miedo.
No hay odio.
No hay rencor.
Solo una fe que estremece.
Ese mismo niño fue torturado, obligado a caminar descalzo con los pies heridos, presionado para que negara a Cristo. Nunca lo hizo. Sus últimas palabras no fueron de odio, sino de fe:
¡Viva Cristo Rey!
Esta carta no es solo historia.
Es un espejo.
Porque nos recuerda que hubo cristianos —niños— que prefirieron morir antes que traicionar a Cristo, mientras hoy muchas veces lo negamos por comodidad, por vergüenza o por miedo.
San José Sánchez del Río nos deja una pregunta que no se puede esquivar:
¿Qué lugar ocupa Cristo en mi vida?