25/08/2026
PERSONAJES BÍBLICO. QUINTA PARTE
El texto presentado ofrece un recorrido reflexivo e histórico a través de la vida, el mensaje y el carácter de cuatro figuras bíblicas fundamentales: Sofonías, Juan, Pedro y Santiago. Aunque pertenecientes a épocas, contextos y estilos diferentes, cada uno de sus perfiles converge en la importancia de la respuesta humana ante el llamado divino y las implicaciones prácticas de la fe.
Sofonías (Sofonías 1)
El profeta Sofonías es contemporáneo de Nahúm y de Habacuc; por el texto de este libro se puede saber que predicó antes de las reformas de Josías. Por eso comienza advirtiendo, como otros profetas, la proximidad del Día del Señor, día de juicio, castigo y destrucción (Sofonías 1:1 – 3). Ciertamente los vecinos de Judá, las ciudades filisteas de Gaza, Ascalón, Asdod y Ecrón serán destruidas. (Sofonías 2:4 – 15).
Pero también por su propio pecado, Jerusalén sufrirá el desastre. Para ella, sin embargo, hay esperanza de redención, lo cual hace que el profeta concluya con un cántico de alegría. Sofonías ejerció su ministerio en la región de Josías alrededor de los años 640-609 a.C. Parece que Sofonías fue muy conocido en Jerusalén, especialmente en los círculos de la corte y los nobles de la época.
Aunque Sofonías profetizó el juicio venidero contra las naciones, su mensaje principal estaba dirigido contra Judá, cuyos pecados eran tan serios que los llevarían al exilio en una desagradable invasión de Babilonia que prefiguraba “el Día de Jehová”. El tema de su mensaje es que Jehová mantiene un firme control sobre su palabra, a pesar de que las apariencias puedan darnos otra impresión.
El profeta afirma que Dios probará lo que ha dicho antes, en un triunfo cercano, aplicando un terrible castigo a la desobediencia de Judá, y aplicando total destrucción de las naciones gentiles idólatras. Solamente un arrepentimiento a tiempo podrá detener su justa ira. Y aunque Sofonías profetizó crudamente sobre el Día de Jehová, también consoló al verdadero pueblo de Dios que esperaba en el Señor hablándoles del día de la restauración y el reino de Dios. (Sofonías 1:7)
Debemos prepararnos para la venida del Señor, porque el juicio del Señor es cierto, firme, inminente y universal. Es certísimo porque el Señor lo ha hablado por sus profetas. Es firme porque lo ha hablado muchas veces y de diferentes maneras, sobre todo lo dijo por medio de Su Hijo Jesucristo. Es inminente, porque en el momento en que partamos a la eternidad, en el día de nuestra muerte, no queda otra cosa que el juicio (Hebreos 9:27).
Es universal, porque todos daremos cuenta. Los que no se arrepintieron, irán a la condenación eterna, y los que fueron redimidos por la sangre del Cordero, tienen la vida eterna asegurada, pero también darán cuenta por cómo usaron sus dones (I Corintios 3:15). Esto nos enseña que debemos estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Juan 3:1-3).
El juicio traerá como resultado el establecimiento del reino de Dios. “Cuando pedimos venga tu reino, estamos pidiendo juzga a los impíos” porque el reino no vendrá sin que antes el justo juicio de Dios se derrame sobre la tierra y el Señor demande cuentas a cada una de sus criaturas. El profeta Sofonías muestra que la rebelión contra Dios trae consecuencias sobre el ser humano.
Por el gran amor de Dios, después de su juicio, llegará el día de consolación para aquellos que pacientemente esperan en el Señor. Los jóvenes tendrán la oportunidad de entender el día del Señor como un tiempo de esperanza en Dios y en la restauración del ser humano. Su pueblo se llenará de gozo y alegría porque Dios estará en medio de él para restaurarlo.
Tenemos la alternativa de vivir provechosamente esperando con gozo el tiempo en que Dios se manifestará o podemos vivir en una forma mediocre. La mediocridad hace que nos alejemos de Dios. La esperanza nos hace vivir con propósito y nos lleva al crecimiento en nuestra relación diaria con Dios. La mediocridad espiritual puede alejarnos de Dios tanto como la rebelión abierta contra Él.
Juan (Marcos 1)
Las Escrituras nos ofrecen muchos datos acerca de San Juan, "el discípulo amado", autor del Cuarto Evangelio, tres Cartas y el Apocalipsis. Pescador de Betsaida, hijo de Zebedeo, hermano de Santiago, discípulo del Bautista y apodado "hijo del trueno", participó con Pedro y Santiago de los episodios más significativos de la vida de Jesús, y en la Última Cena recostó su cabeza en el pecho del Señor.
Estuvo con María "junto a la cruz" (Juan 19: 25-27), y fue testigo junto a Pedro del sepulcro vacío: "vio y creyó" (Juan 20: 8). Los Hechos lo nombran nuevamente junto a Pedro, y San Pablo lo menciona entre las "columnas de la Iglesia" (Gálatas 2: 9). Es llamado "el Teólogo" por la profundidad de su Evangelio, que difiere en no pocos aspectos de los sinópticos.
El apóstol y evangelista San Juan fue hijo de Zebedeo y Salomé, era natural de Betsaida en Galilea. Su padre y hermanos eran pescadores y parece que estaban en buena situación. En el carácter de Juan se mezclaban admirablemente la dulzura y la energía. El retrato que la Biblia hace de él tiene un encanto especial, por resaltar en él tanta paz, humildad, caridad y amor fraternal.
Su carácter afectuoso, meditabundo y espiritual, tenía también los elementos de vigor y decisión. Aunque amable, era firme y valeroso. Él y Pedro siguieron a Cristo cuando fue aprehendido por los judíos, en tanto que los otros discípulos huyeron, y presenció la escena de la crucifixión del Salvador, que él describe como testigo ocular.
Fue uno de los primeros que acudieron al sepulcro de Jesús y después de la ascensión de su Señor proclamó osadamente el Evangelio en Jerusalén, aunque fue apresado, azotado y amenazado con la muerte. Se distinguió por su adhesión al Maestro y esto fue quizás, tanto como su ambición o la falsa idea que tenía del Reino de Cristo, lo que lo indujo a solicitar un lugar a su mano derecha.
Se supone que era el más joven de los apóstoles. Había sido discípulo de Juan el Bautista; pero al ser dirigido a Jesucristo, se le adhirió de inmediato. Por algún tiempo volvió a su oficio a orillas del mar de Galilea, pero en breve fue llamado a dejarlo todo y a acompañar al Salvador. Cristo tenía particular simpatía por este cariñoso y celoso discípulo.
En la última cena estuvo reclinado cerca de su Maestro. Cuando Jesús estaba próximo a morir encomendó su madre a su cuidado. En unión de Pedro y de Santiago, presenció la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración y la agonía en el jardín. En otros acontecimientos también estuvo asociado con Pedro. Con Pedro y Santiago dieron la bienvenida a la iglesia y le encargaron una comisión.
Juan tomó parte en el primer concilio de Jerusalén y por muchos años siguió residiendo en esa ciudad, donde fue reconocido como una de las principales columnas de la iglesia. Parece que no se encontraba en Éfeso cuando Pablo hizo su última visita, el año 60 D.C. Y ninguna de las epístolas hace mención de él en Éfeso, en donde pasó la mayor parte del último período de su vida.
Después de la muerte de San Pablo, sin embargo, estuvo en Éfeso dirigiendo la difusión del Evangelio en el Asia Menor, en donde por muchos años ejerció su gran influencia personal y apostólica. Por el año 95 D.C. fue desterrado, probablemente por Domiciano, a la isla de Patmos, donde tuvo las visiones descritas en el libro de Apocalipsis.
Después regresó a Éfeso, en donde vivió hasta edad avanzada, tanto que ya no podía asistir a la asamblea cristiana sin ser llevado por sus discípulos. No pudiendo ya pronunciar largos discursos, tomó por costumbre decir en todas las reuniones "Hijitos, amaos los unos a los otros" y cuando se admiraban de su frecuente repetición de esta concisa exhortación, su respuesta era: "Esto es lo que el Señor os manda; y esto, si lo hacéis, es suficiente".
Crisóstomo, Clemente y Eusebio refieren que habiendo visto el anciano apóstol que un joven que prometía mucho, a quien él había encomendado al cargo de pastor de un lugar cercano, se había descarriado, y había organizado una cuadrilla de ladrones, le buscó en las guaridas que tenía en las montañas, y bendiciendo a Dios por su intrepidez y la fidelidad de su amor, libró su alma de la muerte.
San Juan murió en Éfeso en el tercer año del reinado de Trajano, el año 100 D.C., teniendo entonces, según Epifanio , 94 años de edad. Fue sepultado cerca de aquella ciudad y varios de los padres de la Iglesia mencionan el hecho de que allí estaba su sepulcro. Además del valiosísimo Evangelio y del Apocalipsis que llevan su nombre, tenemos tres cartas de su autoría.
La primera es una carta universal, escrita, según parece, para ir con su Evangelio, y refutar ciertos errores de los gnósticos en cuanto a la persona de Jesucristo; pero también y principalmente para edificar la Iglesia en la verdad, en la gracia y especialmente en el amor. La segunda epístola se dirige a la "Señora elegida" o "la excelente Kuria", que era probablemente alguna mujer cristiana eminente por su piedad y servicios.
La tercera se dirige a Gaio, el Caio latino, a quien Juan alaba por su fidelidad y hospitalidad, y lo exhorta a perseverar en todas las buenas obras. Fuentes muy antiguas -algunas legendarias- señalan que vivió primero en Antioquía y luego en Éfeso. San Ireneo, hacia 175, escribe: "Juan, el discípulo del Señor, el mismo que descansó sobre su pecho, publicó también el evangelio cuando se encontraba en Éfeso".
Luego viajó a Roma, donde por orden del emperador Domiciano, fue echado (ya cerca de los noventa años de edad) al aceite hirviendo cerca de la Puerta Latina, martirio del cual salió indemne y fue deportado a la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis, y murió a finales del siglo I. Se cree generalmente que Juan escribió su Apocalipsis y sus epístolas en Éfeso, por el año 96 o 98 D.C.
Dichas piezas son los últimos libros del canon del Nuevo Testamento, a cuyo establecimiento el apóstol contribuyó grandemente. En la iconografía casi siempre se lo representa como un joven sin barba y de pelo largo; sin embargo, sobre todo en Oriente, aparece a veces como un anciano de larga barba blanca, a causa de haber sido el apóstol que alcanzó una edad más avanzada.
Muchas veces lleva una pluma o un rollo en que se lee, generalmente, el comienzo de su Evangelio , y está acompañado por un águila, que es su atributo en tanto que evangelista, por el alto vuelo de su pensamiento y porque su Evangelio comienza justamente ´arriba´, ´en el cielo´, "junto a Dios" (Juan 1:1- 2). El atributo del águila es muy antiguo, y el más común de los que identifican a Juan.
Juan suele ser representado en los numerosos episodios y circunstancias que lo tienen como protagonista en los Evangelios y en los Hechos, muchas veces junto a Pedro. De modo particular, son muy populares sus representaciones en la Última Cena apoyándose en el pecho de Jesús (Juan 21: 20) y junto a María al pie de la cruz de Jesús (Juan 19:25).
La vida de San Juan es un ejemplo de compromiso absoluto con el Maestro. Él supo amarle y entregar toda la vida a su causa, como Jesús entregó Su propia vida por él y por toda la humanidad. Una vida tiene sentido cuando es capaz de trascender a los intereses personales y temporales y proyectarse hacia el desarrollo de toda la sociedad y dejar un mensaje a las generaciones futuras.
Es lo que este gran apóstol hizo. Aún hoy su enseñanza y palabra están vivas y tienen poder para convertirnos a Jesús. Rinda hoy su vida a Jesucristo y, como Juan, recuéstese en el pecho del Maestro, poniendo toda su confianza en Él.
Pedro (Juan 1)
Una persona común para el mundo se convierte en especial para Dios, cuando Él le llama a realizar su obra. ¿Siempre hemos sido congruentes con nuestro llamado? ¿Cuántas dificultades nos ha implicado el no serlo? Veamos a grandes rasgos el comportamiento del discípulo y apóstol de Jesús llamado Simón, hijo de Jonás y sentiremos que en algo o en mucho somos como él.
Esto debe animarnos a ser fieles seguidores de Cristo Jesús. En el primer encuentro de Pedro con Jesús (Juan 1: 40-42), el maestro le pone por sobrenombre Cefas. De este pasaje observamos que Pedro es uno que espera al Mesías; esta convicción no cualquiera la tenía y, más que hablar de un erudito de las Escrituras, se puede hablar de uno que tiene fe.
Un detalle importante a notar: en las notas originales, los textos de la duda al caminar sobre las aguas y de la declaración de Jesús como el Cristo estaban intercambiados en su referencia bíblica. Los he corregido en su correspondiente lugar (Mateo 14 para la duda en el agua y Mateo 16 para la revelación del Padre).
Se puede ver en este pasaje el llamado formal de Jesús a Pedro y la respuesta inmediata del mismo (Mateo 4:18-20). Podemos distinguir aquí a uno que es llamado y obedece. Aquí está un Simón Pedro casado (Mateo 8:14-15), no sabemos si él le propuso a Jesús acudir a su casa o si Jesús, que conoce las necesidades de todos, lo decide, pero se puede ver a un hombre que se preocupa por la salud de su suegra, eso habla de uno que es responsable y de buen testimonio.
Cuando estamos en el inicio de una prueba, nos podemos sentir con fortaleza suficiente para afrontarla, sobre todo si creemos que en cualquier momento se terminará, pero si el tiempo avanza y la prueba no termina, entonces comenzamos a sentir desesperación y es cuando verdaderamente nuestra fe es probada. Si nos sentimos desfallecer, entonces clamamos con angustia al que todo lo puede, pero la misma angustia viene en parte por nuestra falta de fe. Eso le ocurrió a Pedro, por lo tanto, vemos aquí a uno que duda (Mateo 14:25-31).
Por esta lectura, sabemos que el Padre revela a Pedro que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16-17). ¿Hablará el Padre con cualquiera? No, solamente con los que tienen comunión con su Hijo. Se ve a Pedro como uno que tiene comunión con Dios.
El hecho de confirmarle el sobrenombre de Pedro, revela la trascendencia del llamado de Pedro, de su carácter y de las grandes cosas que Dios hará con éste como apóstol. Pedro tiene la tarea de superioridad sobre los otros apóstoles (actuar primero que ellos), pues como se ve en el Libro de los Hechos, capítulos 1 y 2, el arranque es de Pedro, pero eso no lo hace superior a los otros, sino que representa un principio de orden (y Pedro lo comprenderá más tarde).
Encontramos en la Biblia, apenas cuatro versículos después, que Pedro está recibiendo los epítetos de Satanás y de tropiezo (Mateo 16:21-23). Al enemigo de las almas le interesa sobremanera hacer caer a los que dependen más de Dios, porque éstos son los que menos caen, pero a veces ocurre y entonces aquel se solaza. Esto le pasó a Pedro y esto nos ha pasado a nosotros.
Aquí está representado uno que cae en la tentación del diablo. En el pasaje de la transfiguración (Mateo 17:1-2), Jesús escoge a algunos discípulos de confianza (entre ellos Pedro), para transfigurarse en su presencia y darles una prueba de lo que es ver su preeminencia y la gloria de Dios. Aquí Pedro es uno que es privilegiado por Dios. La afirmación de Pedro denota decisión; la pregunta puede reflejar el anhelo sincero de saber, por lo tanto, en él se ve a uno que es decidido y sincero (Mateo 19:27).
Jesús anuncia la negación de Pedro y éste responde: "yo nunca me escandalizaré y aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré" (Mateo 26:31-35) y, en el pasaje paralelo de Juan 13: 35-38 (Juan 13:35–38) dice "mi vida pondré por ti". Como sabemos que Pedro era sincero, estas afirmaciones le salían verdaderamente del corazón; su intención era seguir a su maestro aún hasta entregar su vida por Él.
Aquí encontramos a uno que es comprometido. El Señor toma aparte a Pedro, Jacobo y Juan en Getsemaní y comienza a entristecerse. Pedro es entre otros, uno que es de confianza. Sin embargo, ese discípulo de confianza no pudo velar una hora y se constituye en uno que se cansa (Mateo 26:36-40). Pedro defiende a Jesús en su arresto y demuestra que es uno que es valeroso (Juan 18:10-11).
Pedro niega a Jesús la primera vez y se nos presenta como uno que es miedoso (Juan 18:17). Niega la segunda vez y se muestra como uno que es incongruente (Juan 18:25-27). Niega a Jesús la tercera vez y se revela como uno que niega a su Salvador. El gallo canta (Mateo 26:75) y dice que Pedro lloró amargamente y entonces se ve a uno que se ha arrepentido.
Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada (Juan 21:1-3).
Dos veces se ha aparecido Jesús a sus discípulos después de haber resucitado. En espera de que suceda algo (Lucas 24:49 / Mateo 28:19), el líder Pedro decide ir a pescar (regresar a su oficio) y es seguido por otros, pero no tienen éxito esa noche, algo tiene que suceder conforme a las instrucciones de Jesús. Pedro es uno que tiene esperanza. Jesús se ha aparecido por tercera vez a sus discípulos.
Pedro es uno que está avergonzado, se ciñe cuando se da cuenta que es Jesús (Juan 21:4-7). ¿Me amas más que éstos?, ¿indica un lugar de privilegio de Pedro con respecto a los demás? ¿Es nombrado líder de los otros? ¿Por qué él? ¿No hay otro con más virtudes? Por la respuesta de Pedro, Jesús le da una instrucción. ¿Quiénes son los corderos?
Pedro es uno que es llamado por Dios (Juan 21:15-19). La insistencia de Jesús por segunda vez, tiene un énfasis diferente (aunque son las mismas palabras). ¿A quién le gusta que le repitan una instrucción? Pero, ¿quién obedece a la primera vez?, ¿no hay casos en los que por años se ha solicitado algo bueno a una persona y no lo hace?, ¿nosotros hemos obedecido de inmediato?
Hay un rigor y una lección en la insistencia del Señor. Pedro es uno con el que Dios tiene paciencia. Tres veces Pedro negó a su Señor y tres veces Jesús le pregunta: ¿me amas? La respuesta: tú lo sabes todo. La instrucción: apacienta mis ovejas. ¿Cuántas veces hemos negado de palabra o con nuestros actos al Señor en quien creemos? ¿Tres veces?, ¿setenta veces? o ¿setenta veces siete?, ¿será posible esto?
Pedro es uno que es confrontado con Dios. Pedro es uno que entendió la lección. Según la tradición Pedro murió por causa del evangelio, crucificado de cabeza, pues no se consideró digno de morir como su maestro. El Señor le había dicho la segunda vez que se entrevistaron venid a mí y ahora le dice: sígueme. Se constituye Pedro en uno que es reivindicado.
Por último, Pedro llega a pensar que es el único imprescindible, pero la lección final es que son muchos los que trabajan en la obra, y todos con un mismo propósito; hay igualdad. Tú sígueme son las últimas palabras de Jesús a Pedro (Juan 21:20-22); entendió que de allí en adelante debía depender de Dios sin distraerse, al mismo tiempo Él trabaja con otros.
Pedro aprendió entonces que él era importante para Dios, así como otras personas también lo son. Pedro se nos muestra como uno que obedece a Dios. Podríamos preguntarnos por qué Jesús no escogió a una persona menos difícil que Pedro, pero sabemos la respuesta; somos como él, tan comunes como cualquiera, pero tan especiales cuando Cristo Jesús nos salva y nos envía a realizar su obra.
Ha depositado en cada uno virtudes y dones que prevalecen sobre nuestros defectos: A veces nos conducimos con fe y a veces en obediencia. En ocasiones con responsabilidad, con buen testimonio o con duda. En plena comunión con Dios. Pero también caemos en tentación. Pero Dios no nos quita los privilegios. A veces actuamos con amor al próximo, con decisión, compromiso, confianza.
Después, en nuestro transitar en la vida cristiana hemos sentido cansancio y luego valor o miedo. Hemos llegado a ser incongruentes, negando en acciones a nuestro Salvador. Pero después nos hemos arrepentido, porque somos de Él, y hemos experimentado vergüenza. Pero luego nos acordamos del llamado de Dios y de su paciencia para con nosotros, cuando Él nos ha confrontado. Llegamos al entendimiento y somos reivindicados y entonces obedecemos. Así somos, pero no nos conformemos; pidamos a Dios fortaleza para ser mejores.
Santiago (Santiago 1)
La Epístola de Santiago ha sido llamada la sabiduría del Nuevo Testamento. Santiago siempre llega directamente al grano del asunto y nos hace recordar la naturaleza práctica de los Proverbios del Antiguo Testamento. En cuanto a la naturaleza humana y las luchas que enfrentamos cada día Santiago es increíblemente actualizado.
¿Quién era Santiago y a quiénes escribió su epístola? Aunque no todos los eruditos bíblicos están de acuerdo, aquí presentaremos lo que generalmente ha sido entendido y aceptado como la ocasión de esta epístola. El Nuevo Testamento nos habla de por lo menos 3 personas que se conocían como Santiago o Jacobo (el mismo nombre en hebreo).
Uno era el discípulo Jacobo, hijo de Zebedeo y hermano de Juan (Mateo 4:21). Otro era Jacobo hijo de Alfeo, también apóstol de Jesús (Mateo 10:3). La última posibilidad bíblica es la de Jacobo, hermano de Jesús y Judas (Mateo 13:55). Aunque éste último no creía antes de la muerte del Señor, lo encontramos entre los fieles en Hechos y vemos cómo llegó a ser uno de los líderes principales de la iglesia de Jerusalén.
La mayoría de la evidencia señala que la última opción, Santiago el hermano de Jesús, es la correcta. Santiago escribe con mucha autoridad y no parece que había ninguna duda con respecto a su identidad cuando escribió. Sus enseñanzas también son muy semejantes a las de Jesús y reflejan un conocimiento profundo de ellas.
Además de todo esto el hermano de Jesús probablemente era el único Santiago tan conocido que no tenía que decir más nada de sí mismo. Por estas razones concluimos que el autor de Santiago era Santiago el hermano de Jesús y Judas. Santiago murió en el año 62 d.C. Puede ser que algunos de sus discípulos compilaran sus escritos después de su muerte, haciendo de ellas esta epístola, pero la materia de la epístola originó muy temprano en la vida de la iglesia cristiana.
Creemos que la mayoría del contenido de esta epístola fue escrita entre los años 45 y 49 d.C. Así entendida la epístola representa la vida de la iglesia unos 15 años después de la resurrección de Jesucristo. Las iglesias que supervisaba Santiago se reunían en hogares y sinagogas. Tenían ancianos y diáconos, y enfrentaban muchos de los mismos problemas que enfrenta la iglesia de hoy.
Es interesante y, en cierto sentido triste y lamentable, ver cuán poco la iglesia ha cambiado en 2,000 años. Sería difícil dirigirse a un grupo menos específico o menos identificado que las doce tribus que están en la dispersión. Sabemos que los destinatarios en su mayor parte eran judíos, pero así era toda la iglesia en los primeros años de su existencia.
Se deja entender que el mensaje de esta carta era intencionalmente universal y que el autor quería que toda la iglesia de aquel tiempo se aprovechara de su contenido. El hecho de que la iglesia en el tiempo de Santiago vivía envuelta en problemas y pruebas se manifiesta en el tipo de consejos que el apóstol le ofrece. Sobre todo Santiago aconsejaba paciencia.
En el capítulo 1 nosotros vemos que la paciencia en tiempo de pruebas produce una obra completa (Santiago 1:4). Por medio de nuestra paciencia Dios puede hacer de nuestras vidas lo que Él quiere (Santiago 1:12). La paciencia es tan difícil porque requiere tanta fe. Acostumbrados, como estamos, a mucha acción, es difícil esperar que Dios haga su voluntad. Es difícil muchas veces dejar que Dios sea Dios. Nosotros queremos tomar las riendas de nuestra vida aun cuando no sabemos qué hacer con ellas.
Santiago, en su propio estilo, repite la sabiduría del salmista, estad quietos y conoced que yo soy Dios (Salmos 46:10). Santiago concluye su epístola en la misma manera que la había comenzado, hablando de la paciencia (Santiago 5:7-8).
En el mundo en que vivía Santiago una de las divisiones más fuertes entre la gente era la que existía entre los ricos y los pobres. Otra vez notamos cuán poco las cosas han cambiado. Para Santiago era ofensiva la idea de que una persona rica merecía más honor que la persona pobre. Primero, dice Santiago, no se deben hacer distinciones entre personas (Santiago 2:4). Segundo, si hay que hacer distinciones son los ricos que merecen menos honor. Dios ha elegido a los pobres para ser ricos en fe y herederos del reino. Además son los ricos que oprimen a los pobres del mundo. Excluir al pobre para dar preferencia al rico está muy lejos de la voluntad de Dios (Santiago 2:5-6).
La mayoría del capítulo 4 trata también actitudes comunes para personas que viven en un ambiente egoísta. Orgullo, codicia, deseo y contención caracterizaban los pensamientos y las actitudes de muchos. Santiago aconsejaba humillación y sumisión. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará (Santiago 4:10).
Y en la primera parte de capítulo 5 Santiago levanta su voz en contra de los ricos y sus prácticas opresivas. Les informa que la riqueza que tienen ahora no durará para siempre. Siempre práctico, Santiago consideraba el resultado primero.
Si algo no daba resultado, si no producía ningún fruto, no tenía valor. Su consideración de fe sin obras en el capítulo 2:14-26 es de esta naturaleza. Aparentemente Santiago había escuchado una distorsión de la doctrina paulina de salvación por fe. Para Santiago las palabras "yo creo" tenían muy poco valor si no iban acompañadas por buenas obras.
Martín Lutero consideraba que la obra de Santiago era una "epístola de paja". Paja porque él consideraba que el corazón del evangelio era la doctrina de salvación por gracia. Santiago, para Martín Lutero, no entendía bien la naturaleza de nuestra salvación gratuita. Era legalista y su doctrina de salvación defectuosa. Por esto Lutero argumentó que no se debía incluir Santiago en el canon del Nuevo Testamento.
¿Hay un conflicto verdadero entre Santiago y Pablo? ¿Niega Santiago lo que afirma Pablo? Realmente, no. Hay dos perspectivas diferentes, pero no es necesario concluir que se presentan dos doctrinas distintas de la salvación. En Santiago 2:14-26 el autor está mirando la salvación de un punto de vista avanzado en la vida de la persona salva.
Mirando hacia atrás sobre el paisaje de la vida después de la salvación Santiago pregunta, "¿Si no veo buenas obras en esta vida, puedo concluir que fue una vida cristiana?". Pablo estaría de acuerdo con Santiago en su respuesta negativa. Además, fe para Santiago significaba aquí solamente una afirmación intelectual. Por esto podía hablar hasta de la fe de los demonios.
Para Santiago creer o tener fe en este sentido no iba mucho más allá que saber. Para Pablo la fe era algo mucho más completo. No era sencillamente creer sino el entregar de la vida basado en esta creencia. La fe verdadera, recibida de Dios, siempre producía su fruto. Mientras Santiago consideraba la salvación desde el punto de vista de su resultado, Pablo trataba de describir e identificar lo que causa o produce la salvación.
Así nosotros podemos afirmar lo que enseñaba Pablo en cuanto a la salvación por fe y aceptar también la perspectiva de Santiago, que la fe sin obras está mu**ta.
En el capítulo 3:1-12 (Santiago 3:1-12) encontramos el famoso pasaje que habla de la lengua. Comienza con la recomendación que no muchos lleguen a ser maestros y termina con el proverbio, ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.
Una vez más vemos que Santiago tiene un conocimiento íntimo del corazón humano. Quizá no fuera un teólogo de la calidad de Pablo, pero sí conocía la situación humana y cómo aplicarle la voluntad de Dios a ella.