04/04/2026
🙏 Ha comenzado el silencio de , Tú eres y permaneces la “Virgo fidelis” y nos obtienes la “consolación” Madre Nuestra.
¿Qué nos dices, Madre del Señor, desde el abismo de tu sufrimiento? ¿Qué sugieres a los discípulos desorientados?
Me parece que tú nos susurras una palabra, semejante a la que un día pronunció tu Hijo: “¡Si tuvieran fe como una semilla de mostaza...!” (Mt 17,20).
¿Qué quieres comunicarnos? Tú querrías que nosotros, partícipes de tu dolor, participáramos también de tu consolación. Tú sabes, en efecto, que Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que también nosotros podamos consolar a los que están en toda clase de aflicción con la consolación con la cual nosotros somos consolados por Dios” (2Cor 1,4).
¿Qué nos dices aún, Madre, desde el silencio que te envuelve? Te escucho repetir, como un suspiro, la palabra de tu Hijo: “Con su perseverancia salvarán sus vidas” (Lc 21,29).
La palabra “perseverancia” puede traducirse también con “paciencia”. La paciencia y la perseverancia son las virtudes del que espera, de quien aún no ve y sin embargo continúa esperando: las virtudes que nos sostienen frente a los “burlones y sarcásticos, que gritaban: `¿Dónde está la promesa de su Venida? Desde el día en que nuestros padres cerraron los ojos todo permanece como al principio de la creación” (2Pe 3,3-4).
Tú, Madre, has aprendido a aguardar y a esperar. Has aguardado con confianza el nacimiento de tu Hijo proclamado por el ángel, has perseverado creyendo en la palabra de Gabriel aún en los períodos largos en los que no pasaba nada, has esperado contra toda esperanza bajo la cruz y hasta el sepulcro, has vivido el Sábado santo infundiendo esperanza a los discípulos perdidos y desilusionados. Tú obtienes para ellos y para nosotros la consolación de la esperanza, la que se podría llamar “consolación del corazón”.
Tú, Madre de la esperanza, has tenido paciencia y paz el Sábado santo y nos enseñas a mirar con paciencia y perseverancia aquello que vivimos en este sábado de la historia, cuando muchos, incluso cristianos, están tentados de no esperar más en la vida eterna y ni siquiera en el retorno del Señor.
Nosotros te pedimos, Madre de la esperanza y de la paciencia: ruega a tu Hijo que tenga misericordia de nosotros y nos venga a buscar en el camino de nuestras fugas e impaciencias, como lo ha hecho con los discípulos de Emaús.
En este momento, María, arriesgo una última pregunta: ¿Qué sentido tiene tanto sufrimiento tuyo? ¿Cómo puedes permanecer mientras los amigos de tu Hijo huyen, se dispersan, se esconden? ¿Cómo logras dar sentido a la tragedia que estás viviendo? Me parece que tú nos respondes de nuevo con las palabras de tu Hijo: “Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24).
El sentido de tu sufrimiento, María, es por tanto la generación de un pueblo de creyentes. Tú el Sábado santo te nos presentas como madre amorosa que engendra sus hijos a partir de la cruz, intuyendo que ni tu sacrificio ni el de tu Hijo son vanos.
La consolación con la que Dios te ha sostenido el Sábado santo, en la ausencia de Jesús y en la dispersión de sus discípulos, es una fuerza interior de la cual debemos ser conscientes, pero cuya presencia y eficacia se mide por sus frutos, por la fecundidad espiritual. Y nosotros, aquí y ahora, María, somos los hijos de tu sufrimiento.
Tú, Madre Nuestra, eres la Madre del dolor, tú eres la que no cesa de amar a Dios a pesar de su ausencia aparente, y la que en Él no se cansa de amar a sus hijos, cuidándolos en el silencio de la espera. En tu Sábado santo, Madre, eres el ícono de la Iglesia del amor, sostenida por una fe más fuerte que la muerte y viva en la caridad que supera todo abandono.
¡Madre, consigue para nosotros el consuelo profundo que nos permita amar aún en la noche de la fe y de la esperanza y cuando nos parece que ya ni siquiera se ve el rostro del hermano!
Oh Doloroso e Inmaculado Corazón de María, morada de pureza y santidad, cubre mi alma con tu protección maternal a fin de que siendo siempre fiel a la voz de Jesús, responda a Su amor y obedezca Su divina voluntad. Quiero, Madre mía, vivir íntimamente unido a tu Corazón que está totalmente unido al Corazón de tu Divino Hijo. Átame a tu Corazón y al Corazón de Jesús con tus virtudes y dolores. Protégeme siempre. Amén
🛐 ✝ Milagros de Fe
¡Reafirma Tu Fe Católica!