28/08/2026
En el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de diez jóvenes que esperan la llegada del esposo con sus lámparas encendidas.
Todas esperan. Todas tienen una lámpara. Pero solamente cinco llevan aceite suficiente.
Cuando el esposo tarda, todas se quedan dormidas. La diferencia aparece cuando llega el momento de levantarse: unas estaban preparadas y las otras descubren que sus lámparas se están apagando.
También nosotros tenemos una lámpara: nuestra fe.
Pero esa lámpara necesita aceite.
La oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios, el perdón, las obras de amor y nuestra relación personal con Jesús son ese aceite que alimenta poco a poco nuestra vida interior.
No podemos vivir solamente de la fe de otros ni esperar hasta el último momento para construir nuestra amistad con Dios. Hay cosas del corazón que se van cultivando cada día.
Y hoy, al recordar a San Agustín, encontramos un ejemplo precioso de que nunca es demasiado tarde para volver a Dios.
Su vida tuvo búsquedas, errores y caminos equivocados, pero su corazón nunca dejó de buscar aquello que pudiera llenarlo verdaderamente. Cuando finalmente encontró a Dios, comprendió que Él había estado esperándolo siempre.
Ayer contemplábamos la perseverancia de Santa Mónica; hoy vemos también el fruto de aquella oración en la vida de su hijo.
Esto puede darnos mucha esperanza: quizá nosotros todavía no veamos el resultado de tantas oraciones, pero Dios sigue trabajando en los corazones y tiene sus propios tiempos.
Que, como María, mantengamos encendida nuestra lámpara y vivamos con un corazón siempre dispuesto a encontrarse con Jesús.