23/08/2026
XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-23
En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región, de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le Respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.
Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del in****no no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor.
REFLEXIÓN PBRO. OSWALDO ALEJANDRO SÁNCHEZ SOTO, PÁRROCO
Estamos a punto de comenzar la tercera parte del Evangelio de San Mateo, la cual, será abierta precisamente con el diálogo-anuncio del Evangelio de hoy. En efecto, Jesús ha concluido su vida itinerante y prácticamente ha cerrado su etapa misionera yendo incluso a tierra de paganos o gentiles: ya curó a muchos enfermos, ya realizó signos admirables (dos multiplicaciones de los panes, pesca milagrosa, calmar la tempestad, resucitar mu***os, expulsar demonios, convertir el agua en vino), ya predicó el Reino inaugurado por la Nueva Alianza que Él viene a inaugurar, certificando sin lugar a dudas que todos estos hechos en su conjunto avalan las palabras salidas de su boca como verdaderas y que Él es el Mesías que habría de venir.
Ahora ha llegado la hora sublime, la Hora (con mayúscula) de Jesús en la que se manifestará el esplendor de la gloria del designio misericordioso del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo para con la humanidad: el Hijo de Dios extenderá sus brazos en la cruz para abarcar a todo el universo (todo lo creado), el abismo que es el Hades en griego, el Sheol en hebreo, que es el país de los quietos, de los mu***os, de los inertes que paralizados no pueden ir hacia el otro, no pueden amar a nadie ni a sí mismos, el lugar de la desesperación que no ha creado Dios sino es la morada que los mismos demonios rebeldes al amor, a la verdad y al bien, adversarios de Dios, se han construido y como amargados por antonomasia que son, quieren arrastrar a todos los hombres a su amargura, tal y como hace el envidioso que no aprovecha su vida: «si yo no soy feliz, nadie de mi alrededor y quien esté a mi alcance lo será»; y abarcará el cielo, que es el estado de la existencia en donde todo es comunión, alegría, donación amorosa en un eterno presente, lo cual, es la vida eterna.
Por lo tanto, ha llegado el momento de que el Mesías revele la obra más sublime de su ministerio, la que manifestará su infinita e inefable majestad, ha llegado la Hora de mostrar el esplendor (belleza) del designio amoroso de Dios: el Misterio Pascual de Cristo en su Pasión, Muerte en la Cruz, su gloriosa Resurrección y Ascensión al Cielo y el envío del Espíritu Santo para a su vez enviar a los Apóstoles a proclamar hasta los confines del mundo que no estamos huérfanos, que el amor está vivo, que nuestra vida no acabará en el sepulcro, que caminamos hacia la vida eterna si aceptas a Cristo como Kyrios (Señor) de tu vida.
Es imposible que esta obra inefable e inaudita, no sólo la comprenda, sino que ni siquiera la descubra el pensamiento y saber humanos, va más allá de nuestras capacidades, tiene que ser revelado al corazón desde lo alto, tal y como sucedió con Pedro, quien habiendo visto las obras admirables de toda la misión que Jesús había realizado, no tiene dudas en afirmar que Jesús es el Hijo de Dios. Efectivamente, Jesús hace un alto para hacer la pregunta que pretende abrir la mente de los Apóstoles ante el Misterio que están por contemplar pero que, irónicamente la respuesta a esa pregunta les descorazonará, pues siguen aferrados a la pretensión de un Mesías político y triunfalista acorde a sus miras estrechas, a sus pensamientos insustanciales y a las glorias caducas de este mundo: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Los Apóstoles saben que la gente se equivoca cuando dicen que Jesús es la reencarnación de Juan el Bautista, Elías camuflado en otra forma, Jeremías o algún otro profeta. Ellos ya han sido testigos que Jesús es más grande que todos ellos y ante la interpelación directa de Jesús hacia ellos, Pedro toma la palabra –siempre tomará la palabra pues fue el que mejor supo entender a Jesús aunque no del todo como veremos– y dijo solemnemente: «Tú eres el Hijo de Dios vivo».
Al ver Jesús que el Espíritu Santo ya había comenzado a abrir las mentes de sus Apóstoles, Jesús les muestra la meta ya mencionada que anhelan sus corazones sin saberlo pues les dará la vida eterna, cosa que ningún poder de este mundo, ni la carne ni la sangre lo puede dar ni revelar: el Misterio Pascual. No se menciona en el Evangelio de hoy, pero el pasaje inmediato (Mateo 16, 21-23) manifiesta que no obstante esta sentencia maravillosa de Jesús, Pedro –y con él los Apóstoles– pasan del gozo al desconcierto, y hasta el desánimo, y aunque Jesús ya anuncia su victoria sobre la muerte, la humillación de su Maestro en la Cruz les escandaliza, les es insoportable: «¡No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti!». Diciéndole Jesús enseguida a Pedro: «¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!».
¡Pobre Pedro! Del éxtasis pasa a morder el polvo, de la elevación al hundimiento en el desconcierto, pero Jesús lo hace a posta, pues quiere sacudir su conciencia y la de los Apóstoles, para que comiencen a comprender que el plan De Dios no tiene nada qué ver con los pensamientos y mezquindades humanas (cf.Is 55, 8-10), sobre todo porque si Pedro iba a ser la Roca –la roca aquí es signo de la fortaleza inexpugnable que será la Iglesia y que por ende ni el mismo poder del in****no podrá con ella–, e iba a ser el custodio de las llaves del Reino teniendo el poder de atar y desatar –“atar” y “desatar” eran términos propios del lenguaje rabínico referidos primeramente a la expulsión o excomunión de un judío de la asamblea. Atar significaba “condenar” y desatar “absolver” a alguien, que ahora será prohibir y permitir lo que esté acorde o no con lo enseñado por el Maestro–, Pedro no podía apacentar la Iglesia de Cristo sin tener el pensamiento De Dios, de lo contrario, la Iglesia no sería Sacramento Universal de Salvación. Así, Pedro será el testigo más cualificado de la Palabra, la Obra y la Misericordia de Cristo, Pedro velará por la unidad, la disciplina, la recta fe de la Iglesia de Cristo, para que ella, cual esposa de la Nueva Alianza, sea fiel a su Esposo y Salvador, tan grande será el ministerio petrino que sus decisiones serán ratificadas por Dios, porque es el garante de todas las confianzas del Mesías, pues efectivamente, “el apártate” nos muestra que la Iglesia sería Mysterium Lunae, Misterio de la Luna que no tiene luz propia sino que refleja la luz del Sol, de Jesucristo su Maestro, que no transmitirá criterios humanos ni una simple nueva doctrina que no salva, sino las palabras, los sentimientos, los pensamientos, en una palabra, los designios de salvación de Dios para la humanidad.
Y ya habiendo tenido el diálogo que inauguraba la etapa final del ministerio de Jesús en la majestuosa ciudad de Cesarea de Filipo (al norte de Galilea, ya en tierra de paganos como signo que prefiguraba la Evangelización), Jesús se dirige a Jerusalén, no sin advertir que no logró arrancar el escándalo de la Cruz en sus Apóstoles surgiendo en ellos una fuerte resistencia interna, un combate interior que les hacía plantearse fuertemente si seguir o no con el Maestro. Por esta razón, a mitad del camino a Jerusalén, Jesús se Transfigurará para mostrarles la gloria que estará por venir y que él es el cumplimiento de la ley y los profetas, y en donde el Padre mismo habla para enfatizar a Pedro, Santiago y a Juan que Pedro no se había equivocado en su profesión de fe, que efectivamente Jesús es el Mesías, el Hijo amado del Padre, exhortándoles incluso con autoridad: “¡Escúchenlo!”
Jesús sigue interpelando a sus discípulos de cada generación, y también te interpela a ti: ¿Quién soy yo para ti? ¿Qué lugar ocupo en tu vida? La respuesta a esta pregunta es la misma que ésta ¿Has tenido un encuentro profundo y personal con Jesucristo? ¿Te ha salvado de algo? ¿Tienes un dios de oídas? ¿Sigues a un dios conceptual? Y la respuesta a éstas parte de estas otras ¿Te has acercado a Jesús por curiosidad, a ver si cumple tus deseos? ¿Has abierto el oído, el corazón y la mente para que irrumpa en tu vida y la transforme con su Pasión, Muerte y Resurrección? De lo contrario tu respuesta será la misma que la generación de Jesús: él es un profeta, un iluminado como buda, un filósofo, un dios de conceptos o a la medida de tus ideas: «¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres!». Todavía hay que responder a otra pregunta ¿Cómo puedo conocer a Cristo? Solamente se puede conocer a Cristo entrando en comunión con el misterio de la sabiduría de la Cruz: no busques a Cristo en las parafernalias del mundo, búscale en tu cruz, su gloria brilla con mayor intensidad en esa situación que le sacas la vuelta, en tus absurdos, pues allí te espera con los brazos abiertos para llevarte a su Resurrección (cf. Flp 3,10-11). Y ese encuentro aunque es personal no es solitario, Cristo crucificado y resucitado te apacienta en un rebaño, la Iglesia, allí también está Cristo esperándote con los brazos abiertos, en los sacramentos, allí resuena con toda su fuerza su Palabra, allí, en la familia de Cristo, en el rostro de los hermanos verás su rostro y el del Padre «quien me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14,9)». ¡Hazme saber, Amado de mi alma, dónde apacientas el rebaño! para que yo no ande vagabunda detrás de falsos dioses y mesías (Cantares 1,2-8).