28/05/2026
FIESTA, JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 22, 14-20
En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.
Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”.
Palabra del Señor.
REFLEXIÓN PBRO. OSWALDO ALEJANDRO SÁNCHEZ SOTO, PÁRROCO
Al celebrar hoy la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no podemos dejar de dar gracias a Dios porque ha provisto todo para nuestra salvación ¡Cuántos bienes nos ha dado el Señor! ¡No ha dejado ningún cabo suelto! ¡No hay pretexto para no acercarse a él confiadamente pues él nos ha buscado primero: ha diseñado un plan de salvación, nos ha enviado a su Hijo para aniquilar el pecado y la muerte, nos ha transformado en sus hijos enviándonos al Espíritu, nos ha dejado en alimento el Pan de la Vida y, al celebrarla, manifestamos que nuestro Sumo Sacerdote no es inaccesible, es compasivo y misericordioso abarcándolo todo: como Buen Pastor ha accedido hasta lo más profundo de nuestras miserias y ha accedido hasta el Cielo para llevarnos consigo hasta la presencia del Padre, y hasta su segunda venida, sigue estando con nosotros e intercediendo por nosotros y por eso exclamamos con gozo, en la Eucaristía, después de la Consagración: «anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ¡Ven Señor Jesús!». También hoy es imprescindible referirse a los sacerdotes que participan del Sumo Sacerdocio de Cristo –presbíteros y obispos–. Somos sacerdos in aeternum, sacerdotes hasta la eternidad, porque el sacerdocio de Cristo –y él mismo– no pasarán jamás: él es eterno junto al Padre desde siempre y para siempre y habiendo resucitado y ascendido al Cielo, muestra constantemente sus llagas gloriosas al Padre, intercediendo por nosotros hasta que vuelva. Así, participando del Sacerdocio que no pasa nunca, los sacerdotes lo seremos aún después de la muerte ¡Oh qué gran don! Rebasa cualquier conocimiento y expectativa humana. Evidentemente el sacerdocio es para el servicio, donde los fieles deben dejarse servir, dejarse apacentar, corregir, guiar, sanar por su sacerdote, por eso, no es arrogancia ni contradicción lo siguiente: conviene a los fieles querer a su sacerdote y respetarlo aunque a veces su humanidad no deje brillar como debiera el don que lleva dentro –llevamos un tesoro en vasos de barro– a mí eso me ha salvado la vida desde niño: yo no sería sacerdote si no me hubiera dejado guiar y hasta corregir por mi sacerdote de mi parroquia además de quererlo. Cuando te apacienta tu sacerdote es el Sumo Sacerdote mismo quien te apacienta. Gran tragedia cuando en algunas parroquias o grupos parroquiales piensan que pueden prescindir del sacerdote «¡bah, ese va de paso, uno es el que se queda! ¡bah! ¿Por qué nos riñe el padre, si no tiene mayor importancia lo que dice?» ¿no te has puesto a pensar que él, por su unción, ve lo que necesita tu alma aunque tú no lo veas? Recordemos todos: sin sacerdocio no hay Eucaristía, sin Eucaristía la Iglesia no camina, no hay Iglesia, pues la Iglesia vive de la Eucaristía, de los sacramentos y de la Palabra que los sacerdotes nos sirven, así como de su oración.
También es justo y necesario decir lo siguiente: hago una solemne y más sincera petición de perdón por las flaquezas de mí mismo y de mis hermanos y suplico a Dios misericordia para que ella nos convierta, para que ella nos haga cada vez más semejantes al Buen Pastor. Pido por los fieles que se han decepcionado de su sacerdote y de la Iglesia ¡que el Buen Pastor les tome sobre sus hombros y les conceda ver más allá de los pecados de uno de los suyos y encuentren a muchos otros que sí dan la vida por las ovejas!
Eleva hoy una plegaria por la santificación de los sacerdotes que conoces y por los del mundo entero. Y no te olvides te esto: «Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna (Heb 4,14-16)».