Oswaldo Alejandro Sánchez Soto

Oswaldo Alejandro Sánchez Soto Sacerdote Católico de la Arquidiócesis de Monterrey, Doctor en Derecho Canónico

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO ALectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-23En aquel tiempo, cuando ll...
23/08/2026

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-23
En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región, de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le Respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.
Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del in****no no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor.

REFLEXIÓN PBRO. OSWALDO ALEJANDRO SÁNCHEZ SOTO, PÁRROCO

Estamos a punto de comenzar la tercera parte del Evangelio de San Mateo, la cual, será abierta precisamente con el diálogo-anuncio del Evangelio de hoy. En efecto, Jesús ha concluido su vida itinerante y prácticamente ha cerrado su etapa misionera yendo incluso a tierra de paganos o gentiles: ya curó a muchos enfermos, ya realizó signos admirables (dos multiplicaciones de los panes, pesca milagrosa, calmar la tempestad, resucitar mu***os, expulsar demonios, convertir el agua en vino), ya predicó el Reino inaugurado por la Nueva Alianza que Él viene a inaugurar, certificando sin lugar a dudas que todos estos hechos en su conjunto avalan las palabras salidas de su boca como verdaderas y que Él es el Mesías que habría de venir.
Ahora ha llegado la hora sublime, la Hora (con mayúscula) de Jesús en la que se manifestará el esplendor de la gloria del designio misericordioso del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo para con la humanidad: el Hijo de Dios extenderá sus brazos en la cruz para abarcar a todo el universo (todo lo creado), el abismo que es el Hades en griego, el Sheol en hebreo, que es el país de los quietos, de los mu***os, de los inertes que paralizados no pueden ir hacia el otro, no pueden amar a nadie ni a sí mismos, el lugar de la desesperación que no ha creado Dios sino es la morada que los mismos demonios rebeldes al amor, a la verdad y al bien, adversarios de Dios, se han construido y como amargados por antonomasia que son, quieren arrastrar a todos los hombres a su amargura, tal y como hace el envidioso que no aprovecha su vida: «si yo no soy feliz, nadie de mi alrededor y quien esté a mi alcance lo será»; y abarcará el cielo, que es el estado de la existencia en donde todo es comunión, alegría, donación amorosa en un eterno presente, lo cual, es la vida eterna.
Por lo tanto, ha llegado el momento de que el Mesías revele la obra más sublime de su ministerio, la que manifestará su infinita e inefable majestad, ha llegado la Hora de mostrar el esplendor (belleza) del designio amoroso de Dios: el Misterio Pascual de Cristo en su Pasión, Muerte en la Cruz, su gloriosa Resurrección y Ascensión al Cielo y el envío del Espíritu Santo para a su vez enviar a los Apóstoles a proclamar hasta los confines del mundo que no estamos huérfanos, que el amor está vivo, que nuestra vida no acabará en el sepulcro, que caminamos hacia la vida eterna si aceptas a Cristo como Kyrios (Señor) de tu vida.
Es imposible que esta obra inefable e inaudita, no sólo la comprenda, sino que ni siquiera la descubra el pensamiento y saber humanos, va más allá de nuestras capacidades, tiene que ser revelado al corazón desde lo alto, tal y como sucedió con Pedro, quien habiendo visto las obras admirables de toda la misión que Jesús había realizado, no tiene dudas en afirmar que Jesús es el Hijo de Dios. Efectivamente, Jesús hace un alto para hacer la pregunta que pretende abrir la mente de los Apóstoles ante el Misterio que están por contemplar pero que, irónicamente la respuesta a esa pregunta les descorazonará, pues siguen aferrados a la pretensión de un Mesías político y triunfalista acorde a sus miras estrechas, a sus pensamientos insustanciales y a las glorias caducas de este mundo: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Los Apóstoles saben que la gente se equivoca cuando dicen que Jesús es la reencarnación de Juan el Bautista, Elías camuflado en otra forma, Jeremías o algún otro profeta. Ellos ya han sido testigos que Jesús es más grande que todos ellos y ante la interpelación directa de Jesús hacia ellos, Pedro toma la palabra –siempre tomará la palabra pues fue el que mejor supo entender a Jesús aunque no del todo como veremos– y dijo solemnemente: «Tú eres el Hijo de Dios vivo».
Al ver Jesús que el Espíritu Santo ya había comenzado a abrir las mentes de sus Apóstoles, Jesús les muestra la meta ya mencionada que anhelan sus corazones sin saberlo pues les dará la vida eterna, cosa que ningún poder de este mundo, ni la carne ni la sangre lo puede dar ni revelar: el Misterio Pascual. No se menciona en el Evangelio de hoy, pero el pasaje inmediato (Mateo 16, 21-23) manifiesta que no obstante esta sentencia maravillosa de Jesús, Pedro –y con él los Apóstoles– pasan del gozo al desconcierto, y hasta el desánimo, y aunque Jesús ya anuncia su victoria sobre la muerte, la humillación de su Maestro en la Cruz les escandaliza, les es insoportable: «¡No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti!». Diciéndole Jesús enseguida a Pedro: «¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!».
¡Pobre Pedro! Del éxtasis pasa a morder el polvo, de la elevación al hundimiento en el desconcierto, pero Jesús lo hace a posta, pues quiere sacudir su conciencia y la de los Apóstoles, para que comiencen a comprender que el plan De Dios no tiene nada qué ver con los pensamientos y mezquindades humanas (cf.Is 55, 8-10), sobre todo porque si Pedro iba a ser la Roca –la roca aquí es signo de la fortaleza inexpugnable que será la Iglesia y que por ende ni el mismo poder del in****no podrá con ella–, e iba a ser el custodio de las llaves del Reino teniendo el poder de atar y desatar –“atar” y “desatar” eran términos propios del lenguaje rabínico referidos primeramente a la expulsión o excomunión de un judío de la asamblea. Atar significaba “condenar” y desatar “absolver” a alguien, que ahora será prohibir y permitir lo que esté acorde o no con lo enseñado por el Maestro–, Pedro no podía apacentar la Iglesia de Cristo sin tener el pensamiento De Dios, de lo contrario, la Iglesia no sería Sacramento Universal de Salvación. Así, Pedro será el testigo más cualificado de la Palabra, la Obra y la Misericordia de Cristo, Pedro velará por la unidad, la disciplina, la recta fe de la Iglesia de Cristo, para que ella, cual esposa de la Nueva Alianza, sea fiel a su Esposo y Salvador, tan grande será el ministerio petrino que sus decisiones serán ratificadas por Dios, porque es el garante de todas las confianzas del Mesías, pues efectivamente, “el apártate” nos muestra que la Iglesia sería Mysterium Lunae, Misterio de la Luna que no tiene luz propia sino que refleja la luz del Sol, de Jesucristo su Maestro, que no transmitirá criterios humanos ni una simple nueva doctrina que no salva, sino las palabras, los sentimientos, los pensamientos, en una palabra, los designios de salvación de Dios para la humanidad.
Y ya habiendo tenido el diálogo que inauguraba la etapa final del ministerio de Jesús en la majestuosa ciudad de Cesarea de Filipo (al norte de Galilea, ya en tierra de paganos como signo que prefiguraba la Evangelización), Jesús se dirige a Jerusalén, no sin advertir que no logró arrancar el escándalo de la Cruz en sus Apóstoles surgiendo en ellos una fuerte resistencia interna, un combate interior que les hacía plantearse fuertemente si seguir o no con el Maestro. Por esta razón, a mitad del camino a Jerusalén, Jesús se Transfigurará para mostrarles la gloria que estará por venir y que él es el cumplimiento de la ley y los profetas, y en donde el Padre mismo habla para enfatizar a Pedro, Santiago y a Juan que Pedro no se había equivocado en su profesión de fe, que efectivamente Jesús es el Mesías, el Hijo amado del Padre, exhortándoles incluso con autoridad: “¡Escúchenlo!”
Jesús sigue interpelando a sus discípulos de cada generación, y también te interpela a ti: ¿Quién soy yo para ti? ¿Qué lugar ocupo en tu vida? La respuesta a esta pregunta es la misma que ésta ¿Has tenido un encuentro profundo y personal con Jesucristo? ¿Te ha salvado de algo? ¿Tienes un dios de oídas? ¿Sigues a un dios conceptual? Y la respuesta a éstas parte de estas otras ¿Te has acercado a Jesús por curiosidad, a ver si cumple tus deseos? ¿Has abierto el oído, el corazón y la mente para que irrumpa en tu vida y la transforme con su Pasión, Muerte y Resurrección? De lo contrario tu respuesta será la misma que la generación de Jesús: él es un profeta, un iluminado como buda, un filósofo, un dios de conceptos o a la medida de tus ideas: «¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres!». Todavía hay que responder a otra pregunta ¿Cómo puedo conocer a Cristo? Solamente se puede conocer a Cristo entrando en comunión con el misterio de la sabiduría de la Cruz: no busques a Cristo en las parafernalias del mundo, búscale en tu cruz, su gloria brilla con mayor intensidad en esa situación que le sacas la vuelta, en tus absurdos, pues allí te espera con los brazos abiertos para llevarte a su Resurrección (cf. Flp 3,10-11). Y ese encuentro aunque es personal no es solitario, Cristo crucificado y resucitado te apacienta en un rebaño, la Iglesia, allí también está Cristo esperándote con los brazos abiertos, en los sacramentos, allí resuena con toda su fuerza su Palabra, allí, en la familia de Cristo, en el rostro de los hermanos verás su rostro y el del Padre «quien me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14,9)». ¡Hazme saber, Amado de mi alma, dónde apacientas el rebaño! para que yo no ande vagabunda detrás de falsos dioses y mesías (Cantares 1,2-8).

SANTA MARÍA REINALectura Del santo Evangelio según san Mateo 23, 1-12En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes y a su...
22/08/2026

SANTA MARÍA REINA
Lectura Del santo Evangelio según san Mateo 23, 1-12
En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente. Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros’. Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen ‘maestros’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es solo el Padre celestial. No se dejen llamar ‘guías’, porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Palabra del Señor.

REFLEXIÓN PBRO. OSWALDO ALEJANDRO SÁNCHEZ SOTO, PÁRROCO

Usar la religión para edificar un ídolo de sí mismo es lo más perverso que puede haber y, peor aún, no contento con eso, ya no seguir los preceptos de Dios y, usurpando su autoridad y su nombre, ponerse a enseñar cosas nacidas de sus ocurrencias, en la soberbia de creer que todo lo que se le venga en mente Dios se lo inspira para imponerlo a los demás: los fariseos usurpan la cátedra de enseñanza (cátedra de Moisés) no para llevar a las personas a Dios sino al culto del ídolo de su propia persona; no les interesa la salvación de las personas sino simplemente tener prosélitos, en definitiva, es una vanidad y soberbia supinas muy bien camufladas. Jesús nos advierte de este peligro: cuidado con aquella gente que se dice muy católica y bajo esta justificación se sientan en la cátedra que no les corresponde enseñando como supuesta y rectamente católico lo que en realidad son ocurrencias suyas, beaterías (exageraciones) y escrúpulos estúpidos, siendo tales actitudes fruto de ya sea simple ignorancia o de neurosis o de traumas o de una vanidad supinas o de todo junto y que no se quieren reconocer. Cuando tengas duda sobre la fe divina y católica, no consultes a la gente o a la señora "muy católica" de la parroquia que nada más anda de metiche, pues el muy católico de verdad no anda regodeándose, sino que más bien se preocupa por llevar una vida acorde al Evangelio; acude directamente a los documentos del Papa, de la Santa Sede, del Magisterio y el Catecismo de la Iglesia Católica (vatican.va; mercaba.org; aletheia; vaticannews o la página de tu diócesis), pues incluso los sacerdotes no debemos enseñar lo que se nos ocurra y debemos fundamentar en el Magisterio (Papa y Obispos), en la Tradición (cuya síntesis está en el Catecismo) y en el Derecho de la Iglesia (cuyos cánones no se hicieron de la noche a la mañana asumiendo todo el bagaje de la fe divina y católica) lo que interpretamos del tesoro de la doctrina y lo que explicamos a la gente, sobre todo cuando hay polémicas. Mejor habrá de preocuparse de revisar el corazón, no sea que el Señor te diga: «tú me quieres alabar con tu lengua pero tu corazón está lejos de mí (cf. Mt 15,8)». Por lo tanto, el sacerdocio se ejerce en la Iglesia no porque los mismos sacerdotes se hayan postulado a sí mismos o el pueblo los haya promovido como jefes, guías, maestros o padres de la fe sinonporque Dios los ha llamado a servir a sus hermanos pues, actúan no a nombre propio como los fariseos sino in representatio Christi (en representación de Cristo) y en lo más sublime de su ejercicio sacerdotal, en los sacramentos, actúan in persona Christi (en la persona de Cristo); es Cristo mismo sirviendo con su santísima humildad, enseñando y santificando a sus hermanos en la persona del sacerdote «que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido», y así como él no dijo nada por su cuenta, sino todo lo que le escuchó al Padre (cf. Jn 12,49) así también nosotros debemos ser fieles transmisores de la fe; los sacerdotes somos siervos de la verdad, no dueños de ella, somos siervos para servir el buen Pan de la Palabra y los Sacramentos y para lavar los pies de los siervos de nuestro Señor (1 Sam 25,41). En definitiva, conociendo profundamente tu fe camina en obediencia al Papa y a los Obispos, camina en comunión con la Iglesia tal y como lo quiere Cristo.

Les recuerdo algunas fuentes al respecto.

DERECHO CANÓNICO

Canon 212 § 1. Los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana, todo aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia.

Canon 223 § 1. En el ejercicio de sus derechos, tanto individualmente como unidos en asociaciones, los fieles han de tener en cuenta el bien común de la Iglesia, así como también los derechos ajenos y sus deberes respecto a otros.
§ 2. Compete a la autoridad eclesiástica regular, en atención al bien común, el ejercicio de los derechos propios de los fieles.

Pensamos que las posturas que establecen una rivalidad clérigos-laicos, simplemente no han comprendido en absoluto la eclesiología de comunión. Por lo tanto, el esplendor de la eclesiología de comunión es precisamente el ejercicio de los derechos y obligaciones de cada fiel en la coparticipación en la misión de la Iglesia: «quiero un laicado que no se muestre arrogante, duro en su lenguaje, quisquilloso, sino unos hombres que conozcan su religión, que penetren en ella, que sepan exactamente cuál es su lugar, que conozcan el alcance de lo que afirman o de lo que rechazan, que comprendan su credo tan perfectamente como para dar cuenta de él, que conozcan tan a fondo la historia como para saber defenderla» (COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, El sensus fidei en la vida de la Iglesia, Móstoles: BAC, 2014, 56 -citando a San John Henry Newman-).

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO ADel santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28En aquel tiempo, Jesús se retiró a ...
16/08/2026

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
Del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. Ella se acercó entonces a Jesús, y postrada ante Él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija. Palabra del Señor.

REFLEXIÓN PBRO. OSWALDO ALEJANDRO SÁNCHEZ SOTO, PÁRROCO

El relato del Evangelio de hoy es fortísimo, tanto por las circunstancias descritas –una extranjera excluida de la salvación y la dureza de las palabras de Jesús– como por su maravillosa conclusión: la extranjera logra “arrebatar” un milagro a Jesús, no obstante no tener “derecho” a ello, irrumpiendo en el pueblo elegido con una fe más grande que ni los mismos que conformaban ese pueblo de la Alianza e incluso más grande que muchos de los que estaban con Jesús cotidianamente, quien inaugura la nueva Alianza, resultando este milagro concedido a la extranjera un signo elocuente del cumplimiento de que el Mesías ha llegado ya: Él viene a reunir a todas las naciones (Is 66,18), viene a acabar con las divisiones y a recordar que el pueblo elegido no era para ser una especie de casta VIP, por encima de los demás pueblos sino que el pueblo elegido es un servicio a las naciones, en cuanto a estar llamado a dar a conocer al verdaderísimo Dios por quien se vive, tal y como lo hará la Iglesia al ser ella signo visible del llamado universal a la salvación, semilla del Reino, Sacramento Universal de Salvación.
Así, con este milagro, Jesús declara no sólo que en la nueva Alianza ya ningún pueblo, ni raza, ni lengua o nación serán excluidos de ella, sino que tampoco ninguna persona será considerada indigna, impura, nadie será discriminado, tal y como nos lo ha hecho ver la primera lectura de hoy en donde se nos relata que ni los extranjeros ni los eunucos serán excluidos del culto del Templo, si practican la justicia y respetan el sábado (en este tercer Isaías cap 55-66, se resalta la vuelta del exilio y cómo mientras vivían en Babilonia, al no tener templo, no dejaron de practicar el sábado con la lectura de la Torá y los profetas, no sólo como signo de rebeldía ante el opresor sino como un ancla de fidelidad a la Alianza, naciendo así la sinagoga).
En efecto, en este hermosísimo Evangelio, Jesús nos hace ver que la pertenencia al pueblo de la nueva Alianza no es cuestión de linajes, sino de una fe recta y sincera, es cuestión de circuncidar el corazón de los falsos dioses (el yo narcisista con amor desordenado hacia sí mismo, el dinero, los afectos no equilibrados, etc.) y de abrir los ojos del espíritu para que viendo los signos con los que nos habla Jesús en la historia cotidiana, podamos tener la certeza de su poder y con ello, darle un voto de confianza identificándolo como el Mesías-Adonai, (que es el circunloquio para no usar el nombre de Dios –Yahvé– que en griego se traduce como Kyrios, en latín Dominus, en español Señor). De hecho, la fe grande de la mujer de hoy contrasta con la incredulidad de Pedro y los Apóstoles en el episodio de la tormenta del Domingo pasado. Solamente desde esta confianza y abandono es como se demuestra si tienes fe o no, pues si la fe consistiera en poder controlarlo y entenderlo todo, si la fe consistiera en lo que pueda alcanzar la mente y la voluntad humanas ¿tú crees que sería fe? ¿No sería más bien una más de nuestras limitadas capacidades humanas? ¿Te salvaría un "dios" chiquito que entre en tus esquemas, un "dios" achichincle (sirviente) como el genio de la lámpara que te diga «lo que desees amo»? Por eso, la fe de la mujer pagana del Evangelio viene en nuestra ayuda. Fíjate bien cómo el Señor hasta le manifiesta el desprecio que los judíos sienten por los paganos, no porque el Señor la desprecie, sino porque quiere que brille su fe para darle una lección a sus discípulos que eran judíos y que se supone deberían ser los primeros en creer y que lamentablemente no le llegaban ni a los talones a la fe de dicha mujer. Ella no ceja en su insistencia, va haciendo el ridículo gritando atrás de los discípulos haciendo que éstos sientan vergüenza ajena y aunque el Señor la rechaza dos veces: «yo no vine por ti; no le voy a dar el alimento de los hijos a los perros (tal mención del alimento de los hijos puede ser un guiño a los bienes del Reino y también a la Eucaristía)», la mujer movida por su amor de madre y porque no dudó ningún instante de que sólo Jesús podía curar a su hija, le dice con suma humildad: «dame siquiera una de tus migajas, Señor, con eso me bastará, no te pido más»... «mujer ¡qué grande es tu fe!». Muchos de nosotros a la primera hubiéramos desistido por soberbios diciendo quizá «¿por qué tengo que aguantar esto?». Así, la Palabra hoy nos exhorta con fuerza a no tentar a Dios como hizo el pueblo rebelde en el desierto. Si hay una situación de sufrimiento que no entiendas, que te angustie, no te enojes con Dios, ora insistentemente como hizo esta mujer, da el paso a la fe que es confiar en el poder de Dios ¡recuerda los memoriales que ya ha hecho el Señor por ti! ¡Recuerda tantas situaciones de las que ya te ha sacado! ¿Acaso no te sacará de ésta? ¿Acaso el brazo de Dios se cansa como tú? Pide una fe grande como la de esta mujer, y no eches la duda por delante, pues Dios respetará tu palabra diciéndote: «si tú dices que no se puede aunque yo sí pueda –cosas imposibles, soluciones divinas–, pues bien, respeto tu palabra, que se haga como dices, pero si das el paso a la fe, calmaré la tormenta y haré obras grandes por ti».

LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍALectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 39-56En aquellos días, María se e...
15/08/2026

LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 39-56
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.
Entonces dijo María:
“Mi alma glorifica al Señor
y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador,
porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.
Santo es su nombre
y su misericordia llega de generación en generación
a los que lo temen.
Ha hecho sentir el poder de su brazo:
dispersó a los de corazón altanero,
destronó a los potentados
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió sin nada.
Acordándose de su misericordia,
vino en ayuda de Israel, su siervo,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a su descendencia,
para siempre”.
María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa.
Palabra del Señor.

REFLEXIÓN PBRO. OSWALDO ALEJANDRO SÁNCHEZ SOTO, PÁRROCO

En la exaltación de los humildes celebramos nuestra victoria y nuestra esperanza. En efecto, en María, la más humilde, el Poderoso ha hecho obras enormes. Ella la llena de gracia no podía experimentar la corrupción del sepulcro. Ella, la que anhelando estar con su Hijo, murió de amor durante un instante pero resucitó con un cuerpo glorioso semejante al de su Hijo, pues ella, la primera discípula, es la primera en seguir las huellas del Maestro y siendo la Shekinab de Dios en la Tierra –Habitáculo terrestre de la Gloria del Eterno, Tabernáculo, Custodia Santísima de Aquél que no puede ser contenido por el Universo– ahora entra en el Cielo para interceder por sus hijos, para que nunca nos separemos de ella y un día lleguemos a la Casa del Padre ¡Oh Jesús! Así como viniste tú mismo a buscar a tu Madre para llevarla contigo ¡por tu bendita Madre ven a buscarnos el día de nuestra muerte! ¡Oh Madre! Tú que has derrotado al Maligno con tu pureza y humildad, obténnos la gracia de una muerte santa, de un corazón puro para ver como tú, para ver como Dios ve, para ver a Dios. Que al despertar del sueño de este mundo, nos saciemos del semblante del Padre (Salmo 16). ¡Oh María! Que por tu gloriosa Asunción, pongamos nuestro corazón en las cosas del Cielo. Amén.

ASÍ MURIÓ LA VIRGEN MARÍA SEGÚN SAN JUAN DAMASCENO, DOCTOR DE LA IGLESIA

«La Madre de Dios no murió de enfermedad, porque ella por no tener pecado original no tenía que recibir el castigo de la enfermedad. Ella no murió de ancianidad, porque no tenía por qué envejecer, ya que a ella no le llegaba el castigo del pecado de los primeros padres: envejecer y acabarse por debilidad. Ella murió de amor. Era tanto el deseo de irse al cielo donde estaba su Hijo, que este amor la hizo morir.
Unos catorce años después de la muerte de Jesús, cuando ya había empleado todo su tiempo en enseñar la religión del Salvador a pequeños y grandes, cuando había consolado tantas personas tristes y había ayudado a tantos enfermos y moribundos, hizo saber a los Apóstoles que ya se aproximaba la fecha de partir de este mundo para la eternidad.
Los Apóstoles la amaban como a la más bondadosa de todas las madres y se apresuraron a viajar para recibir de sus maternales labios sus últimos consejos, y de sus sacrosantas manos su última bendición.
Fueron llegando, y con lágrimas copiosas, y de rodillas, besaron esas manos santas que tantas veces los habían bendecido. Para cada uno de ellos tuvo la excelsa Señora palabras de consuelo y de esperanza. Y luego, como quien se duerme en el más plácido de los sueños, fue Ella cerrando santamente sus ojos; y su alma, mil veces bendita, partió a la eternidad.
La noticia cundió por toda la ciudad, y no hubo un cristiano que no viniera a llorar junto a su cuerpo , como por la muerte de la propia madre. Su entierro más parecía una procesión de Pascua que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme esperanza de que ahora tenían una poderosísima Protectora en el cielo, para interceder por cada uno de los discípulos de Jesús.
En el aire se sentían suavísimos pero fuertes aromas, y parecía escuchar cada uno, armonías de músicas muy suaves. Pero, Tomás Apóstol, no había alcanzado a llegar a tiempo. Cuando arribó ya habían vuelto de sepultar a la Santísima Madre.
Pedro – dijo Tomás- no me puedes negar el gran favor de poder ir a la tumba de mi madre amabilísima y darle un último beso a esas manos santas que tantas veces me bendijeron. Y Pedro aceptó.
Se fueron todos hacia el Santo Sepulcro, y cuando ya estaban cerca empezaron a sentir de nuevo suavísimos aromas en el ambiente y armoniosas músicas en el aire.
Abrieron el sepulcro y en vez de ver el cuerpo de la Vírgen encontraron solamente…una gran cantidad de flores muy hermosas. Jesucristo había venido, había resucitado a Su Madre Santísima y la había llevado al cielo.
Esto es lo que llamamos La Asunción de la Vírgen María.
¿Y quien de nosotros, si tuviera los poderes del Hijo de Dios, no hubiera hecho lo mismo con su propia Madre?».

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO ADel santo Evangelio según san Mateo 14, 22-33En aquel tiempo, inmediatamente de...
09/08/2026

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
Del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-33
En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba Él solo allí. Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!”. Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Palabra del Señor.

REFLEXIÓN PBRO. OSWALDO ALEJANDRO SÁNCHEZ SOTO, PÁRROCO: “LA TEOFANÍA EN MEDIO DE LA TORMENTA”

¿Por qué los discípulos no habían entendido el episodio de los panes? Porque seguían a Jesús desde sus expectativas humanas ¿quizás por anhelar un puesto en un imperio temporal de un mesías político? ¿Por tener asegurado el pan temporal? La enseñanza y mirada compasiva de Jesús, así como la multiplicación de los panes muestran que de verdad él es el Mesías, pero que se dará como alimento de vida eterna a la humanidad, siendo esto infinitamente más grande que un reino de este mundo. Por lo tanto, pasar a la fe es reconocer a Jesús como Kyrios, pero este reconocimiento debe ser una Teofanía, esto es, una manifestación de Dios en medio de nuestros miedos, tempestades y pecados, pero paradójicamente, tal manifestación es calma, brisa suave. En efecto, nosotros somos un amasijo tormentoso de ansiedades y Él es calma, brisa suave, alivio y consuelo. Tal brisa suave solamente es posible experimentarla en la oración, tal y como nos lo hace ver el Evangelio de hoy desde un principio: «(Después de hacer que sus discípulos subieran a la barca y de despedir a la gente) subió Jesús al monte a solas para orar». Precisamente, no podemos reconocer al Mesías ni comprender su designio de arte amoroso e inefable para con nuestras vidas si no subimos a la soledad del monte que, en nuestro caso, sería el santuario de nuestro interior, en una visita al Santísimo o al menos entrar en nuestra habitación: «Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (significado en el Monte Sinaí de la primera lectura; cf. Mt 6,6)». Y así, acallados nuestros ruidos, sin distracciones, podamos hablar con el Padre y si ya llevamos tormenta adentro poderle decir como el salmo: «¡Hazme caso Señor y respóndeme! ¡Me agitan mis ansiedades! (Sal 55,2)».
En efecto, en la primera lectura podemos identificar todas nuestras crisis en la crisis que estaba pasando el profeta Elías: apesadumbrado y sin querer vivir ya, por la incredulidad del pueblo a pesar del éxito que tuvo en el monte Carmelo (1 Re 18), e incluso perseguido por Jezabel, busca con ansias, acudiendo al monte Horeb, al Dios compasivo y misericordioso, al único y verdaderísimo Dios por quien se vive, tal y como lo hicieron Moisés y el pueblo durante el éxodo. Allí, «el hombre de Dios descubre que no está solo, y siente a su lado una presencia activa pero discreta, “el susurro de una brisa suave (v.12)”, que necesita un oído “espiritual” especialmente fino para detectarla. No tenemos que vincular nuestra experiencia de Dios con grandes acontecimientos o cataclismos. Dios se hace presente frecuentemente en nuestra vida por su ausencia (silencio). Solo un oído espiritual afinado puede percibir en ese silencio el “susurro” de la presencia divina (José Antonio Badiola Sanz de Ugarte)».
Justamente esta experiencia de intimidad, de apertura del corazón y de la mente, de silencio dialogante –como el silencio de María– de acallar las tormentas interiores para escuchar la sinfonía del amor de Dios en nuestras vidas, es como podemos discernir las Teofanías o manifestaciones de Dios en nuestra historia concreta de cada día. Precisamente por eso Jesús manda a sus discípulos a subirse a la barca todavía eufóricos por el signo que acababan de ver. Quizás Jesús sabía que ya venía la tormenta y a propósito embarca a sus discípulos para sacudir sus mentes y sus corazones, los metió en crisis para purificarles de sus cortas miras humanas y descubrieran que él no sólo es el Mesías sino que Es-El-Que-Es, pronunciando el nombre de Dios revelado a Moisés en Éxodo 3,14: «¡Ánimo ¡Soy Yo!», pues caminando sobre las aguas y amainando la tormenta les hizo ver que él es Aquél-Único que puede caminar sobre las aguas de la muerte y vencerlas. Pienso que Dios no sólo permite muchas de nuestras crisis, sino hasta nos mete en ellas para sacarnos del embotamiento de nuestras mentes, es decir, para abrir nuestros ojos porque siempre queremos enmendarle la plana a Dios, decirle qué, cómo y cuándo tiene que hacer, no dejamos a Dios ser Dios, queremos torcer su proyecto maravilloso a nuestras cortas miras humanas, a las cosas efímeras con las que nos queremos contentar. Por eso, las crisis son uno de los signos más grandes de la misericordia de Dios «me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos (Sal 119,71)» porque si somos siquiera un poco dóciles y humildes, descubriremos que la crisis nos purifica de lastres y nos libra de la vida mezquina y frustrante con la que nos queríamos contentar, es más, hasta los sufrimientos, las enfermedades, los fracasos y humillaciones son ocasiones para crecer en la fe y la caridad, pues, si estamos unidos a Cristo en el amor, vencemos juntos la muerte, resultando entonces que «para los que aman a Dios, todo concurre y coopera para su bien (Rom 8,28)» y solamente en este sentido es como se pueden entender las palabras del filósofo Martin Heidegger: «Todo lo grande está en medio de la tempestad».
¡Ánimo! Es verdad, muchas veces esta vida es dura y difícil, tal y como como decía Santa Teresa de Ávila: «esta vida es una mala noche en una mala posada». De ahí que el dolor compartido con los hermanos y con los amigos se lleve mejor ¡Con cuánta mayor razón cuando el Amigo es el mejor de los amigos! ¡El único que nos ha amado hasta el extremo! ¡Cuánto se echa de menos al Amado! ¡Cuánto se extraña al Amigo! ¡Cómo consuela su palabra y su presencia! Por eso se comprende que los discípulos tuvieran miedo al verse aparentemente solos en medio de la tormenta. No obstante, Jesús sale a su encuentro para rescatarles de su angustia y para sellar en su corazón que no hay tempestad que sea más fuerte que Él.
Por eso, el otro mensaje fundamental de este Evangelio es el discernimiento, pues muchas veces vivimos presos del miedo confundiendo al Señor con nuestros fantasmas, los cuales, evidentemente no existen, son fruto de nuestras cavilaciones, de los castillos en el aire que nos construimos cuando no somos capaces de ver que aunque haya tormentas, aunque vayamos por valle oscuro, no hay que tener miedo, Él va con nosotros. Precisamente, no podemos tener el discernimiento que disipa nuestros fantasmas si no tenemos sellado en el corazón el poder de la fe, que nos hace caminar por las aguas de nuestras muertes existenciales, pues precisamente la fe es semilla de vida eterna, es la garantía de la vida que no puede ser extinguida. Y así como la tierra necesita ser dócil y ser abierta en surcos para acoger la semilla, así también nuestros corazones tienen que ser dóciles, abrir sus puertas a la acción del Espíritu para que los valores del Reino aniden en nosotros: justicia, paz, gozo en el espíritu, la caridad de Cristo; vivir como hijo de Dios, como hijos de la Luz pues Dios es Luz y Amor (1Jn 1,5-7); verdad, claridad, transparencia, descubrir por dónde se debe caminar, es decir, tener discernimiento para identificar lo que conviene, esto es, vivir en la verdad, en el bien y en el amor.
¿Estás aterrado por un fantasma? No temas, los fantasmas no existen, son fruto de nuestra imaginación, son tentaciones del demonio que nos quiere aterrar, pues ya lo sabes: Dios de los males saca bienes, Dios te quiere hacer caminar sobre las aguas como a Pedro y si sientes que ahora te estás hundiendo por dejar de mirar a Cristo y mirarte el ombligo creyendo que lo que hacías dependía de tus solas fuerzas ¡que el miedo no te paralice! ¡El miedo no viene de Dios sino del príncipe de las tinieblas! ¡Grita como San Pedro: «¡Señor Sálvame!». Mas no te tardes en gritar, no vale la pena ser orgulloso ni tratar de demostrar que estás bien, tal soberbia es inútil y ridícula, simplemente acude con la sencillez de un niño al Buen Pastor que da la vida por ti. Así que no dudes, no te tardes en llamar, que el Señor responde enseguida, no es tardo ni perezoso en rescatarte ¡Confía, estira la mano y él la tomará! ¡Eleva tus lágrimas y tu corazón herido! ¡Arrójate a sus brazos! ¡No vaciles, no desconfíes! No sea que el Señor te diga al final de tu vida: “¡hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? ¿No viste que yo andaba a tu lado? ¿Se te olvidó todo lo que yo he hecho por ti? ¿Por qué no habría de seguirte ayudando? ¿Por qué habría de cansarme en socorrerte? ¿Crees que soy como tú o como cualquier ser humano cuyo amor es como el rocío de la mañana que rápido se evapora y queda en nada?
No hay más que decir, si hoy estás en medio de tormentas, no grites de pánico por los fantasmas de tus angustias. Que tu grito sea de fe, para que el Señor te conceda salir de la tormenta y en la calma tomar tus decisiones, pues bien decía San Ignacio de Loyola: «en tiempos de tormenta, no hay que hacer mudanza». Encuéntrate con el dulce amor de Cristo que ha dado la vida por ti, escucha la voz del Padre en la brisa suave del Espíritu y así camines con discernimiento en tu historia de cada día.

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