09/09/2026
Una noche tuve un sueño. Soñé que caminaba por una playa junto a Dios. Frente a nosotros aparecían escenas de mi vida, una tras otra, como recuerdos proyectados sobre el cielo. Al mirar hacia atrás, sobre la arena podía ver nuestras huellas. Durante gran parte del camino había dos pares: uno era mío y el otro era de Dios. Pero entonces noté algo que me inquietó. En algunos tramos del camino solamente había un par de huellas. Y precisamente esos tramos coincidían con los momentos más difíciles de mi vida: cuando tuve miedo, cuando perdí a personas que amaba, cuando me sentí derrotado, cuando lloré en silencio y cuando pensé que ya no tenía fuerzas para continuar. Entonces miré a Dios y le pregunté: —Señor, tú me dijiste que si decidía caminar contigo nunca me abandonarías. Pero ahora veo que, precisamente durante los momentos en que más sufrí, solamente hay un par de huellas en la arena. No entiendo por qué me dejaste solo cuando más te necesitaba. Dios me miró y respondió: —Hijo mío, yo nunca te abandoné. Te amo y estuve contigo en cada momento de tu vida. Miré nuevamente aquellas huellas solitarias. Y entonces comprendí. —En aquellos momentos en los que solamente ves un par de huellas —me dijo—, no estabas caminando solo. Eran mis huellas. Porque cuando ya no tenías fuerzas para seguir caminando, yo te llevaba en mis brazos.