12/08/2026
HOMILÍA – 30 AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL
10 de agosto de 2026
“Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto”.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quisiera comenzar exactamente donde debemos comenzar siempre: en la Palabra de Dios que acabamos de escuchar.
Jesús, no nos habla hoy de éxitos. Nos habla de un grano de trigo. Y quizá pocas imágenes pueden expresar mejor lo que significa una vida entregada. El grano es pequeño, no hace ruido, tiene que aceptar desaparecer bajo la tierra, tiene que romperse, tiene que morir a algo de sí mismo para que pueda comenzar una vida nueva. Y después de treinta años de sacerdote puedo decir que algo de esto ha sido mi historia.
Hoy no quiero hacer un balance de éxitos y fracasos. Quiero hacer un balance de gracia. Porque si algo he aprendido en estos años es que Dios ha sido inmensamente más fiel conmigo de lo que yo he podido ser con Él. San Pablo nos ha dicho hoy: “El que siembra escasamente, cosechará escasamente; el que siembra con largueza, cosechará también con largueza”. Treinta años después comprendo mejor esas palabras. La vida es una siembra. El sacerdocio es una siembra. Cada Eucaristía celebrada, cada absolución pronunciada, cada enfermo visitado, cada niño bautizado, cada pareja acompañada hasta el altar, cada joven escuchado, cada funeral celebrado, cada lágrima compartida, cada homilía preparada, cada hora de cansancio, cada proyecto iniciado y aun aquello que parecía no haber dado resultado, todo ha sido semilla. Y solamente Dios conoce la cosecha.
Por eso hoy quiero decir una palabra que quizá resume todo: gracias. Gracias, Señor, por haberme llamado. Gracias por haber puesto desde muy pequeño en mi corazón aquel deseo de ser sacerdote, un deseo que comenzó casi como un juego de niño y que con el paso de los años se fue convirtiendo en la realidad de mi vida. Gracias por aquellas experiencias que fueron despertando la vocación y, de manera especial, por la figura de san Juan Pablo II, que marcó profundamente mi juventud y despertó en mí el deseo de entregar mi vida a Cristo y a la Iglesia.
Gracias por aquel 10 de agosto de 1996. Gracias por el cardenal Adolfo Suárez Rivera, que impuso sus manos sobre mí y me incorporó al presbiterio de esta Iglesia de Monterrey. Y gracias por cada una de las comunidades que han sido capítulos de esta historia.
Gracias por la Parroquia del Rosario, mi primer destino como vicario. Ahí comenzaron muchas cosas. Llegaba con entusiasmo, seguramente también con inexperiencia, con muchas ideas y muchísimo por aprender. Allí empecé a descubrir que el sacerdocio que uno estudia en el seminario se aprende verdaderamente cuando comienza a caminar junto al pueblo de Dios.
Gracias al Santuario de San Judas Tadeo, donde fui capellán durante dos años y donde me tocó recibir el nuevo milenio. Allí aprendí mucho de la religiosidad popular. Aprendí a contemplar esa fe sencilla y profunda de tantas personas que llegan ante Dios con una vela, una petición, una fotografía, una preocupación, una lágrima o simplemente con la esperanza de que Dios no las ha olvidado.
Después vino Jesús Divino Maestro, mi primera parroquia como párroco. Seis años fundamentales en los que, de alguna manera, se cimentó fuertemente mi sacerdocio. Ahí comprendí que ser párroco no significa solamente administrar una parroquia, sino entregar la vida por una comunidad.
Después llegó San Juan Bosco. Siete años que me enseñaron algo que sigo considerando indispensable: la alegría de la fe. Don Bosco entendió que la santidad no tiene por qué tener rostro triste. Y entre jóvenes, familias, proyectos y desafíos fui aprendiendo que el Evangelio se anuncia mejor cuando primero se nota que uno está feliz de pertenecer a Cristo.
Luego San Francisco de Asís, con experiencias muy particulares, responsabilidades diferentes y momentos difíciles para todos, especialmente aquellos años marcados por la pandemia. Ahí volvimos a descubrir algo elemental: somos frágiles.
Creíamos tener muchas cosas aseguradas y, de repente, el mundo entero tuvo que detenerse. Cuántas pérdidas, cuántos enfermos, cuántas familias golpeadas. Cuántos sacerdotes tuvimos que aprender nuevas maneras de estar cerca cuando físicamente no podíamos estar cerca. Y también allí Dios permaneció.
Después vino San Luis Gonzaga: otra comunidad, otros rostros, otros aprendizajes, nuevas experiencias, nuevas personas que llegaron a formar parte de mi historia. Y ahora el Señor me ha traído a la Parroquia del Señor de la Misericordia. Y no deja de parecerme significativo llegar a esta etapa de mi sacerdocio precisamente a una comunidad que lleva ese nombre: Misericordia. Porque después de treinta años uno comienza a entender que al final todo se resume en eso. No estamos aquí porque seamos perfectos. Estamos aquí porque Dios ha tenido misericordia de nosotros.
El Señor me ha permitido además vivir una dimensión muy especial de mi ministerio: el trabajo en los medios de comunicación. También allí he querido sembrar. Porque los medios cambian, las plataformas cambian, las tecnologías cambian y las maneras de comunicarnos cambian vertiginosamente, pero hay algo que no cambia: el Evangelio necesita ser comunicado. Cristo necesita seguir entrando en las casas, en las conversaciones, en las preguntas y hasta en las pantallas de nuestro tiempo. Si una palabra dicha ante un micrófono, frente a una cámara o a través de algún medio ha ayudado a una persona a acercarse un poco más a Dios, entonces también allí cayó una semilla.
Pero sería falso presentar treinta años de sacerdocio como una sucesión ininterrumpida de momentos felices. No. Ha habido alegrías y dolores, esperanzas y temores, avances y retrocesos, momentos de claridad y momentos en los que uno se pregunta por dónde seguir. Ha habido proyectos que prosperaron y otros que no resultaron como esperaba. Personas que llegaron y personas que se fueron. Amistades que permanecieron y otras que siguieron caminos diferentes. Ha habido reconocimientos, pero también incomprensiones; momentos de entusiasmo y también cansancio.
Porque el sacerdote no deja de ser hombre cuando recibe la ordenación. También se cansa, también extraña, también se equivoca, también tiene preguntas, también necesita que alguien le diga alguna vez: “Ánimo, aquí estoy”.
Y en esos caminos Dios me regaló algo maravilloso: amigos que dejaron de ser simplemente amigos para convertirse en hermanos, en familia. Personas con quienes ya no hace falta explicar demasiado. Personas que han estado en los momentos luminosos, pero sobre todo en aquellos en que las luces parecían apagarse. A ustedes, gracias.
Y hoy inevitablemente aparecen también las ausencias. Porque treinta años son suficientes para comprender que la vida también consiste en aprender a despedirse. Hay personas que estuvieron aquel 10 de agosto de 1996 y que hoy ya no están físicamente aquí. Y entre esas ausencias hay dos que ocupan un lugar muy especial en mi corazón: mis papás.
Cuánto quisiera poder mirarlos hoy. Cuánto quisiera abrazarlos y decirles: “Han pasado treinta años”. Ellos conocieron al niño, al joven, al seminarista y después al sacerdote. Ellos estuvieron en el origen de muchas cosas que quizá entonces ni siquiera comprendíamos completamente. Hoy no están sentados aquí, pero la fe me dice que no han desaparecido. Quiero creer que desde el cielo siguen acompañando este camino.
Hay dolores que el tiempo no borra, pero la fe los transforma. Y llega un momento en que uno descubre que recordar ya no significa solamente llorar por lo que perdió, sino agradecer profundamente haberlo tenido. Por eso hoy también doy gracias por ellos y por tantos sacerdotes, familiares, amigos, colaboradores y miembros de las comunidades que han partido a la Casa del Padre. Esta Eucaristía también es por ellos.
Y aquí vuelve a resonar el Evangelio: “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto”. Ahora entiendo mejor estas palabras que hace treinta años.
Porque seguir a Cristo implica aprender a morir muchas veces. Morir al ego, morir a querer tener siempre la razón, morir a la necesidad de reconocimiento, morir a proyectos personales para aceptar los proyectos de Dios. Morir cuando te cambian de una comunidad que amas. Morir cuando tienes que comenzar otra vez. Morir cuando las fuerzas ya no son las mismas. Morir cuando alguien querido se va. Morir cuando descubres tus propias limitaciones. Morir cuando tienes que reconocer: me equivoqué.
Pero cada una de esas pequeñas muertes, vividas con Cristo, puede convertirse en fecundidad. Porque Dios tiene una manera sorprendente de trabajar: hace brotar vida precisamente de aquello que nosotros creíamos perdido.
Hoy me he preguntado mucho: ¿qué significa cumplir treinta años de sacerdote? No significa haber llegado. No significa haber terminado. No significa tener todas las respuestas. Quizá significa algo mucho más sencillo: haber comprobado que Dios cumple sus promesas.
Treinta años son suficientes para mirar hacia atrás y reconocer que muchas cosas que en su momento no entendí, hoy comienzan a tener sentido. Por eso hay una palabra de la Escritura que me ha acompañado profundamente durante mi vida: “Sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios”. Romanos 8,28.
No dice que todo sea bueno. Hay cosas que duelen. Hay acontecimientos que jamás hubiéramos elegido. Hay pérdidas que hubiéramos querido evitar. Pero Dios puede tomar incluso aquello que nos hirió y convertirlo misteriosamente en parte de nuestra historia de salvación. Lo he visto. Lo he experimentado. Por eso puedo decirlo hoy no solamente porque está escrito en la Biblia, sino porque lo he experimentado en mi propia vida: todo puede contribuir para bien cuando ponemos nuestra vida en las manos de Dios.
Y ahora aparece una pregunta inevitable: ¿qué sigue? Treinta años han pasado. ¿Cuántos quedan? No lo sé. Nadie lo sabe. Quizá esa sea precisamente una de las grandes lecciones que da el tiempo. Cuando uno es joven piensa que tiene muchísimo tiempo. Después descubre que el tiempo no se posee: el tiempo se recibe. Y cada día es un regalo que no vuelve.
Por eso mi pregunta ya no es solamente: “Señor, ¿cuánto tiempo me queda?”. La pregunta que quiero hacerle es: “Señor, ¿qué quieres que haga con el tiempo que me queda?” Porque importa menos cuánto queda que cómo lo voy a vivir. Si son muchos años, que sean para Él. Si son pocos, que sean para Él. Pero que ninguno sea desperdiciado.
No quiero simplemente sumar aniversarios. Quiero seguir dando fruto. No quiero instalarme. No quiero vivir solamente de los recuerdos. No quiero convertirme en alguien que diga continuamente: “antes hacíamos”, “antes era”, “en mis tiempos”. Porque mientras Dios nos dé vida, nuestro tiempo sigue siendo éste.
Hay todavía Evangelio que anunciar. Hay jóvenes que necesitan descubrir una vocación. Hay matrimonios que necesitan acompañamiento. Hay familias heridas. Hay personas solas. Hay pobres y enfermos. Hay quienes se alejaron de la Iglesia. Hay nuevas generaciones que quizá hablan un lenguaje diferente y a las que tendremos que aprender a escuchar. Hay una sociedad que necesita recuperar esperanza. Hay mucho que hacer.
Por eso, después de treinta años, no quiero pedirle al Señor una vida cómoda. Quiero pedirle algo mucho más exigente: que no permita que me acostumbre a ser sacerdote. Que no celebre nunca la Eucaristía como rutina. Que no escuche una confesión mecánicamente. Que no mire el dolor de alguien con indiferencia. Que no predique una Palabra que primero no haya intentado escuchar. Que no pierda la capacidad de sorprenderme ante la gracia. Que no deje de aprender. Que no deje de servir. Que no pierda la alegría.
San Pablo nos lo ha dicho hoy: “Dios ama al que da con alegría”. Qué hermosa consigna para la siguiente etapa. No solamente dar: dar con alegría. Porque se puede servir cansado. Se puede cumplir sin amar. Se puede trabajar sin pasión. Incluso se puede ejercer un ministerio sin permitir que el corazón esté verdaderamente involucrado. Yo no quiero eso. Quiero que los años que Dios quiera regalarme sean años de una entrega quizá más serena, más madura, más consciente, pero también más alegre y más generosa. Tal vez a los treinta años de sacerdocio uno ya no corre igual que a los primeros cinco, pero espero que sepa mejor hacia dónde corre.
Y hoy quiero decirles algo a todos: esta celebración no habla solamente de mi vocación. Habla de la vocación de cada uno. Porque todos somos ese grano de trigo del Evangelio. A quienes están pensando en casarse: no tengan miedo de entregar la vida. A quienes están esperando un hijo o comenzando la aventura de formar una familia: no tengan miedo de amar generosamente. A los jóvenes que sienten que Dios podría estar llamándolos al sacerdocio o a la vida consagrada: no tengan miedo de decir sí. No esperen tener todas las respuestas. Yo tampoco las tenía hace treinta años. Uno no entrega la vida porque conoce todo lo que ocurrirá. La entrega porque confía en Aquel que lo llama. Y cuando uno pone verdaderamente su vida en las manos de Cristo, Él hace cosas que jamás hubiéramos podido planear.
Alguno podría preguntarme: “Después de todo lo vivido, si pudieras volver al 10 de agosto de 1996, sabiendo lo que vendría —las alegrías, los problemas, las pérdidas, los cambios, los cansancios, los desafíos—, ¿volverías a decir que sí?”. Y mi respuesta es: sí.
Con más conciencia, con menos ingenuidad, conociendo mejor mis fragilidades, sabiendo que habría lágrimas, pero también sabiendo todo lo que Dios me permitiría vivir, volvería a decir que sí. Porque ha valido la pena. No porque todo haya sido fácil, sino porque Cristo ha permanecido.
Y hay otras palabras de Jesús que han acompañado profundamente mi sacerdocio: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes… porque separados de mí nada pueden hacer”. Quizá ésta sea finalmente la respuesta a la pregunta sobre el futuro. ¿Qué sigue? Permanecer. Permanecer en Cristo. Permanecer cuando haya entusiasmo y cuando haya cansancio. Permanecer cuando lleguen reconocimientos y cuando lleguen críticas. Permanecer cuando haya frutos visibles y cuando parezca que no ocurre nada. Permanecer. Porque el secreto del sacerdocio no está en hacer muchas cosas. Está en no separarse de Cristo.
Si permanezco en Él, habrá fruto. Si me separo de Él, podré tener proyectos, actividades, reuniones, medios, estructuras y agendas llenas, pero faltará lo esencial.
Hace treinta años puse mi vida en las manos de Dios. Hoy quiero hacerlo otra vez. Pero hoy llevo conmigo treinta años de historia. Traigo nombres. Traigo rostros. Traigo parroquias. Traigo amigos. Traigo hermanos sacerdotes. Traigo alegrías. Traigo equivocaciones. Traigo cicatrices. Traigo sueños cumplidos y sueños todavía pendientes. Traigo a quienes están aquí y traigo también a quienes hoy solamente puedo abrazar con la memoria.
Todo eso quiero ponerlo sobre este altar y decir: Señor, gracias. Gracias por lo que entendí y gracias también por aquello que todavía no comprendo. Gracias por lo que me diste y por aquello de lo que tuve que desprenderme. Gracias por las puertas que abriste y, aunque alguna vez me haya costado entenderlo, gracias también por las que cerraste. Gracias por las personas que llegaron. Gracias por las que permanecieron. Gracias por las que siguieron otro camino. Gracias por las lágrimas. Gracias por las risas. Gracias por estos treinta años.
Y ahora, Señor, aquí estoy otra vez. No sé cuánto falta. Pero lo que quede, es tuyo. Que todavía pueda sembrar. Que todavía pueda servir. Que todavía pueda aprender. Que todavía pueda escuchar. Que todavía pueda consolar.
Que todavía pueda anunciar tu Evangelio. Que todavía pueda celebrar con asombro la Eucaristía. Que todavía pueda acercar a alguien a tu misericordia. Que todavía pueda gastar mi vida por ti.
Y cuando llegue el momento de que el grano termine definitivamente de caer en tierra, concédeme mirar hacia atrás no preguntando cuánto hice, sino simplemente confiando en que Tú hiciste algo con lo poco que puse en tus manos.
Treinta años después, Señor, no tengo una vida perfecta que ofrecerte. Tengo simplemente mi vida. La que Tú llamaste. La que Tú has sostenido. La que Tú conoces mejor que nadie. Y la que hoy quiero volver a entregarte.
Porque si algo he aprendido durante estos treinta años es esto: vale la pena darle la vida a Cristo. Vale la pena amar. Vale la pena servir. Vale la pena sembrar aunque otro recoja. Vale la pena comenzar de nuevo. Vale la pena gastar la vida por aquello que permanece para siempre.
Por eso hoy no quiero terminar mirando hacia atrás. Quiero terminar mirando hacia adelante. Con treinta años más de historia, sí, pero con el mismo deseo de aquel día: seguir a Cristo. Y mientras Él me conceda un día más, una Eucaristía más, una persona más a quien servir, una palabra más que anunciar, quiero seguir diciendo:
Aquí estoy, Señor. Todavía puedes contar conmigo.
Y al contemplar todo lo vivido, a quienes estuvieron, a quienes están y a quienes ya nos esperan en la Casa del Padre, quiero hacer mías las palabras de María, porque quizá ninguna otra oración puede expresar mejor lo que hoy llevo en el corazón:
“MI ALMA GLORIFICA AL SEÑOR, Y MI ESPÍRITU SE LLENA DE JÚBILO EN DIOS, MI SALVADOR”.
Amén.