14/08/2026
«Ya es hora, dice el Señor, de que te lleve conmigo, Madre mía. Como has colmado de alegría a la tierra y a sus habitantes, oh llena de gracia, así ahora alegra a los habitantes del Cielo.
La muerte no se gloriará para nada en ti, porque tú has llevado en tu seno a la Vida. Has sido como un recipiente para mí; nada podrá romperlo, ninguna tiniebla podrá llevarte a la oscuridad. Ven a tu Hijo con buen ánimo, que quiero hacerte feliz como sólo puede conseguirlo un buen hijo. Quiero recompensarte por haberme hospedado en tu seno, deseo premiarte por la leche que me diste como alimento, por haberme criado; quiero testimoniar ante todos que eres mi Madre.
Ven, feliz. Abre el paraíso que Eva, tu madre, compañera de tu raza, había cerrado. Ven a participar del gozo de tu Hijo. Deja la Jerusalén terrena y corre hacia la celestial. Extiéndete en el sepulcro de Getsemaní, que no te dejaré sola por mucho tiempo. Vendré a ti, apenas serás sepultada, no para que me concibas de nuevo, sino para que seas mi compañera. Acuesta confiadamente tu cuerpo en Getsemaní, como Yo, antes de la Pasión, postré mis rodillas en aquel mismo lugar. Del mismo modo que Yo, desde el sitio en el que me arrodillé, marché con libertad a la muerte vivificadora de la cruz, así tú, tras la deposición de tu cuerpo, serás llevada a la Vida».
San Germán de Constantinopla (siglos VII-VIII). Homilía en la fiesta de la Asunción.