19/08/2026
La altivez es una actitud peligrosa porque muchas veces no comienza con grandes acciones, sino con pequeños pensamientos:
“yo sé más”, “yo no necesito consejos”, “yo puedo solo”, “nadie tiene que decirme qué hacer”.
La Biblia dice en Proverbios 16:18: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.” Esto significa que la altivez muchas veces aparece antes de la caída. El problema no es que una persona tenga capacidades, conocimiento, autoridad o éxito; el problema comienza cuando deja de reconocer que todo lo que tiene proviene de Dios.
Un ejemplo muy fuerte lo encontramos en el rey Uzías. La Escritura dice que cuando llegó a ser fuerte, “su corazón se enalteció para su ruina” (2 Crónicas 26:16). Uzías comenzó buscando a Dios y experimentó prosperidad, pero cuando tuvo éxito, su corazón cambió. Esto nos enseña que no solamente debemos aprender a confiar en Dios cuando estamos pasando necesidad; también debemos aprender a permanecer humildes cuando Dios nos bendice. Hay personas que saben depender de Dios cuando no tienen nada, pero cuando reciben posición, dinero, reconocimiento o autoridad comienzan a pensar que ya no necesitan de Él. La bendición nunca debe hacernos olvidar de aquel, que nos bendijo.
Nabucodonosor también tuvo que aprender esta lección. Mirando la grandeza de Babilonia dijo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con la fuerza de mi poder?” (Daniel 4:30). Él comenzó a atribuirse toda la gloria. Dios tuvo que mostrarle que el poder humano tiene límites. Y esa misma tentación puede aparecer hoy: podemos decir “yo trabajé”, “yo estudié”, “yo lo construí”, “yo llegué hasta aquí”, pero debemos recordar que Dios fue quien nos dio vida, fuerzas, inteligencia, oportunidades y puertas abiertas. Puedes reconocer tu esfuerzo sin robarle la gloria a Dios.
La altivez también se manifiesta cuando rechazamos la corrección. Una persona humilde puede escuchar: “Estás equivocado”, y aunque le duela, puede examinarse. Pero el corazón altivo responde: “¿Quién eres tú para decirme eso?”. No toda crítica es correcta, pero una persona sabia aprende a escuchar y examinar. Incluso Dios puede utilizar a alguien para mostrarnos algo que nosotros no queríamos ver. Por eso, si ya no puedes recibir consejo, pedir perdón, reconocer tus errores o aceptar que otra persona también puede tener razón, debes detenerte y revisar tu corazón.
Jesús nos mostró el camino contrario. Aunque tenía toda autoridad, escogió humillarse y servir. Filipenses 2:5-8 presenta a Cristo como nuestro ejemplo de humildad. El mundo enseña: “Sube para que los demás te sirvan”, pero Jesús nos enseña: “Humíllate y sirve.” La verdadera grandeza delante de Dios no consiste en estar por encima de los demás, sino en tener un corazón dispuesto a servir aun cuando nadie te reconozca.
Por eso debemos preguntarnos: ¿puedo recibir corrección?, ¿puedo reconocer cuando me equivoco?, ¿puedo pedir perdón?, ¿puedo alegrarme cuando Dios utiliza a otra persona?, ¿puedo servir sin recibir reconocimiento?, ¿sigo dependiendo de Dios después de recibir la bendición? La humildad no significa pensar que no vales nada. Significa reconocer que tus capacidades no te hacen superior a los demás y que tu vida sigue dependiendo de Dios.
No esperes que Dios tenga que quebrantarte para enseñarte humildad. Si Dios te está levantando, permanece humilde. Si Dios te está bendiciendo, permanece humilde. Si Dios te está usando, permanece humilde. Porque el verdadero peligro no es llegar alto; el verdadero peligro es llegar alto y olvidar quién te levantó.
“La altivez hace que el hombre mire hacia abajo a los demás; la humildad hace que levante los ojos y recuerde quién está arriba.” Dios.