20/05/2026
“LA MAYOR FUERZA EQUILIBRANTE DEL UNIVERSO”.
H. Ovilla.
¿Cómo se entiende la fe y el carácter de una persona?
Aunque no siempre es coherente, pero puede serlo, es cuando alguien confiesa, expone y explica sus ideas, revelando asi su fe y su carácter.
Jesucristo, lo manifiesta en un momento relevante de su magisterio —¿Cuál es el mandamiento más importante de la fe divina?— fue la pregunta lanzada con suspicacia hecha por los expertos religiosos de los tiempos de Cristo—
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos”—
Tal fue la respuesta de Jesús, que no solo revela su fe y carácter, también deja sin argumentos a los inquisidores, pero sí termina recibiendo la aprobación de los mismos, aunque el Maestro no lo requería.
Cristo da respuestas a la solicitud de sus interlocutores mostrando su carácter humilde, y aprovecha con la confesión de su fe y conocimiento, la oportunidad para enseñar, aunque no siempre estuvieran dispuestos a recibir su instrucción.
¿Qué tan trascendente es la confesión de Cristo, al grado que revele la esencia de la Divinidad?
Sin duda que expone sin ambigüedad la esencia espiritual y moral de la divinidad —y omitimos a propósito, humanidad, porque cuando alguien es parte de la naturaleza de Dios, deja de predominar lo humano, y se transforma en lo divino— en tres palabras: ”Dios, yo, otros”.
Lo extraordinario, es que tal unidad muestra no solo la fe y el conocimiento de Cristo, además expresa el principio cósmico que rige el universo, ”el amor“.
Se entienda o no, la profundidad del amor divino, es la esencia y naturaleza rectora de todo lo que existe.
La confesión de Cristo suaviza, anima, y levanta el corazón humano a la verdadera razón de la existencia al grado que lo desafía a ser bueno, generoso, humilde.
¡El amor todo lo ennoblece!
Principalmente, porque el desafío procede de Dios. Dicho mandamiento muestra la naturaleza de quien viene el mandamiento: Si Dios lo dice, entonces, Dios es igual.
Si Dios habla de amor, es porque el amor lo define a sí mismo, de una manera tan maravillosa como La Escritura lo revela con un la brevísima expresión, “Dios es amor”.
El amor es proposición, y más que eso, es congruencia con práctica, y demostración.
El amor no queda en palabras.
Dios no solo se interpreta a sí mismo en palabras, se vierte en acciones reales.
¿Cómo se puede reconocer a Jesucristo, quien confiesa el amor, sino que lo haya vivido en su propia realidad, y asegurar que así fue, y no caer en una mera superficialidad religiosa, ni en una afirmación teológica?
La biografía explícita de Cristo en su humanidad, principalmente durante su magisterio, es narrado en los 4 Evangelios canónicos de Mateo, Marcos, Lucas, y Juan, quienes afirman que su carácter y actitud son mostrados con hechos, reflejando así el carácter mismo de Dios.
Así es como se menciona. No de manera ostentosa sino de manera normal, pero contundente:
“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?”.
Juan 14:9.
Debe aclararse que Cristo era divino, revestido de carne, sangre, y hueso, es decir, era humano, y vivía como uno.
Por lo tanto, no es exagerado mencionar que el Hijo del hombre, Cristo, no solo tenía amor; era y es amor.
Cabe mencionar que la esencia del amor de Cristo, determina su carácter piadoso, y no solo eso, de la misma manera determina su misión principal con su encarnación que lo lleva al sacrificio en la Cruz,
“Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”.
Mateo 20:28.
¿Si de Dios mismo brota el imperativo del amor, es porque su naturaleza y obra eterna es el amor concreto?
El misterio más grande del amor, es revelado con la demostración más grande del don y el sacrificio.
Casi siempre el amor es representado por el corazón. Lo es, porque significa veracidad, y afecto profundo.
Este, el amor, es una emoción febril incontenible por el objeto que se ama para hacerle el mejor bien posible, sin miramientos, ni condiciones.
El afecto puro. Esto es lo que transforma y cambia la imagen que de Dios se tiene tradicionalmente.
Porque aunque haya guerras, hambre, dolor, y muerte, Dios es amor.
¿Qué es más fácil para Dios, darle pan y vestido a los hambrientos, o dar y enviar a su propio Hijo a nacer en Belén, para que al final lo entregue en sacrificio para que con su sangre se salve todo aquel que crea y lo acepte?
En este mismo momento que escribimos esto, hay casi 8 mil millones de humanos que están comiendo alrededor del mundo.
Y ademas, Dios hace salir el sol, y hace llover sobre justos e injustos, eso es pura bondad.
Pero, que Dios, haya dado en sacrificio a su propio Hijo en la Cruz, y se lo ofrezca resucitado al mundo entero, es puro amor.
Que Dios alimente a su creación, es bondad. Pero que Dios ofrezca a su Hijo Jesucristo para que se salve cada uno de los 8 mil millones, es puro amor.
Cristo mismo lo menciona un poco de tiempo antes de morir en la Cruz por los pecadores:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.Juan 3:16.
¿Si el amor de Dios, salva a la humanidad, entonces, ese amor operando en los humanos salvados y en unidad con Dios, los transforma, al grado de pasarlos del nivel meramente humano, a un nivel superior de poseer la naturaleza divina del amor, y vivir sanos, libres, y en plenitud?
Así como el amor trae libertad de la oscuridad, el pecado, y la condenación, de la misma manera transforma para una vida sana, longeva, y feliz, por la fe y la gracia.
Si primero, como ya se mencionó, se recibe el amor Salvador, se recibe al mismo Dios de amor, y la capacidad de amar.
Ya que Dios no solo da el imperativo del amor, El mismo ha mostrado el amor Salvador por medio de su Unigénito Hijo Jesucristo.
Una vez que alguien ha sido salvo, por conocer ese amor, se encuentra en capacidad de amar a Dios, que está dentro de las tres categorías del mandamiento.
¡Es que se puede amar realmente a Dios, por el gran impulso de ese amor!
Amar a Dios, es, en esencia, un afecto profundo que inunda el corazón al grado que se pueda vivir para El de forma total, e incondicional.
No se trata de un esfuerzo moral basado en la propia humanidad. Es la expresión de la divinidad que lo saca de la estrechez de sí mismo.
No tanto basado en el cumplimiento moral, sino en hacer de Dios el principal motivo de la vida.
El amar a Dios, es la disposición de vivir para El, y tenerlo como el valor más importante.
Y sí, esto mismo llevará al ser salvado tratar de agradarlo en todo, y evitar ofenderlo en todo: Dios no espera perfección.
Dios espera disposición de amor, y esfuerzo de amor.
No siempre haciendo todo lo que Dios dice que es correcto. Sino tratar sanamente en hacer todo.
Quien ama a Dios, pone a Dios en todo. La primera motivación es Dios. La razón para no hacer algo malo, es Dios, y la razón para no hacer lo malo, es por amor a Dios.
En base a estas premisas, amar a Dios no es imposición, ni una demanda imposible; es trascendencia, y motivación.
Se tratar de vivir en la alegría del amor, en una conducta de gracia, como correspondencia, pero no puede ser en la aflicción mortal del legalismo riguroso.
Es como si Dios dijera, “Yo te amo con todo lo que puedo; tú ámame con todo lo que puedas”.
¿Al tener el amor de Dios, y amarlo a él como correspondencia, es como se puede aprender a amarse a sí mismos, como una premisa de salud y felicidad?
¡Es increíble que sea Dios mismo que ordene que el humano se ame a sí mismo!
En vez de parecer una contradicción amarse a sí mismo, es un fundamento en armonía con Dios.
¿Cuál es la diferencia entre la egolatría que produce el mal voluntarioso, y el amor divino con fe y gracia que impulsa el bien?
De una manera accesible, y sin complicaciones, que así como el amor a Dios es tratar de no hacer algo que le desagrade, de la misma manera, el hilo rector es el mismo, quien se ama a sí mismo de forma sana, se valora a la luz del amor de Dios, con la disposición propia de no hacerse mal a sí mismo, en cambio hacerse el mayor bien en conducta, pensamiento, y palabra.
En el ego predomina la tendencia a lo autodestructivo. El amor por sí mismo, conserva y protege.
La valoración suprema comienza por el amor de Dios; y se interioriza en el corazón humano valorándose a sí mismo.
En otras palabras, el amor propio es un producto sagrado, no es algo meramente humano. El humanismo no alcanza una verdadera trascendencia porque termina en orgullo y maldad.
El tercero de los factores del gran mandamiento del amor, es el amor al prójimo, pero partiendo del amor propio.
Se podría decir que el amor al prójimo es la prueba de los anteriores.
Solo es congruente decir que se ama a Dios, afirmándose en el amor por sí mismos, y esto se proyecta hacia los otros.
El amor al prójimo, es un renglón que sí pone a prueba el amor en sus tres sentidos.
La misma Biblia cuestiona la inexistencia del amor, si este no trasciende al prójimo, primero, por los lazos de la fe en Jesucristo, y segundo, por la hermandad a la iglesia a la que se pertenece, y después, a los semejantes, a los que no son cercanos por empatía y altruismo, no de hermandad:
“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano”.
1 Juan 4:7, 20-21.
El meollo es, que en la medida que haya un amor personal, lo habrá por los hermanos; el bien que se usa para sí mismos, será semejante al que se tenga por otros.
El amor por el hermano, refleja la salud emocional y espiritual, que se tiene por sí mismo, ya que si no se extiende en los otros, es que no existe.
Para que pueda ser llamado amor, debe trascender, de otra manera el amor, no es amor, sino mentira.
Y no solo es mentira, además, es una patología llamada egoísmo, en vez de amor.
El egoísmo es dañino, por lo mismo no se puede definir como amor propio, más bien como odio propio.
Por lo tanto, el desafío más grande para una vida sagrada, divina, así como de salud y grandeza, primero, es conocer el amor Salvador de Dios en su Hijo Jesucristo; segundo, es la correspondencia que lleva a amar a Dios; tercero, es el amarse a sí mismos; y cuarto, sellando el círculo, es amor a los hermanos.
¿Cuál es la medida de amar a los hermanos?
Es a partir de la medida con la cual uno mismo se ama.
Este tipo de amor, no discrimina, no propina mal alguno, y procura, cuando hace falta, dar el mayor servicio y sacrifico por ellos.
Qué maravilloso es que la misma Biblia resume la Ley moral de Dios, por el amor, no por el humanismo:
“El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”.
Romanos 13:10.