24/05/2026
El canto del Gloria en la celebración Eucarística es uno de los himnos más antiguos de la liturgia cristiana y tiene su fundamento en el canto de los ángeles en el nacimiento de Jesús (Lc 2,14). La Iglesia lo ha conservado como una gran doxología, es decir, una alabanza solemne a Dios Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. De acuerdo con la Instrucción General del Misal Romano (n. 53), el Gloria es un himno “antiquísimo y venerable” con el que la Iglesia, reunida en el Espíritu Santo, alaba a Dios y le da gracias por su inmensa gloria. Asimismo, el Misal Romano establece su lugar dentro de la Misa, después del acto penitencial.
Ahora bien, el hecho de que el Gloria se cante en algunos tiempos y en otros no, responde a una lógica propia del año litúrgico. Según las mismas normas litúrgicas, se canta en los domingos del tiempo ordinario y en solemnidades y fiestas, pero se omite en Adviento y Cuaresma. Esta omisión no es casual, sino pedagógica; en Adviento, la Iglesia vive un tiempo de espera sobria y vigilante ante la venida del Señor, en Cuaresma, un tiempo penitencial marcado por la conversión y el recogimiento.
Por eso, el silencio del Gloria en estos tiempos no significa ausencia de alabanza, sino una forma de intensificarla. Al no cantarse durante semanas, la Iglesia crea un contraste que permite que, cuando vuelva —especialmente en Navidad y de manera solemne en la Vigilia Pascual—, suene con mayor fuerza y exprese con más plenitud la alegría del misterio celebrado. En este sentido, el Gloria funciona también como un signo litúrgico; su presencia o ausencia ayuda a los fieles a entrar en el ritmo espiritual de la Iglesia.
Por Jenaro Pulido Rivera A.A.
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