17/05/2026
La Ascensión es, por así decirlo, el culmen de la presencia de Jesús resucitado en medio de sus discípulos y, al mismo tiempo, el inicio de una nueva experiencia para la Iglesia que continua su camino con una presencia distinta de su Salvador.
Galilea, el inicio del seguimiento. El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Podemos decir con certeza que Galilea es el primer amor, el momento del primer encuentro con Jesús de Nazaret.
Perdemos la memoria del encuentro con Cristo, quizás porque lo hemos convertido en una teoría más que en un encuentro vivo. La Ascensión nos recuerda cómo inició todo y que quien continúa la misión, es Cristo en nosotros.
La mirada y el caminar del discípulo. Los discípulos acuden a la cita de Jesús, se postran y titubean. Lo ve y, no obstante, les confía su misión. La mirada ya no se pierde en el cielo, sino que se concentra en la tierra, buscando el cielo a nuestro alrededor.
¿Qué significa ser discípulos? La identidad del cristiano es el seguimiento del Maestro, y cada uno desde su realidad vocacional, estado de vida, trabajo o misión, está llamado a ser discípulo “en salida”, es decir, que haga vida lo que aprendió de su Maestro.
¿Quiénes son los destinatarios de la misión? Aquellos que no conocen a Cristo, ni al evangelio, ni la vida o, incluso ahora, podemos decir que también es para aquellos que lo han olvidado y que necesitan volver para permitirse ser sanados, restaurados, por el amor de Dios.
Presencia real. No se entiende como un abandono, sino como una nueva forma de presencia. Jesús no escapa de la tierra o de nosotros, asciende para que, una vez más, se encuentren el cielo y la tierra, la unidad de Cristo que une nuestra vida con la de Dios.
Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono y con Él, nuestra esperanza de reunirnos nuevamente con Él. Caminando con la mirada en la tierra, pero la esperanza en cielo, siguiendo al Maestro con miedo, pero sin titubear, porque Él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Arde el amor de San Agustín, por siempre en nuestros corazones.